¿Qué les pasa a los hombres por dentro cuando sus mujeres salen a las 8 de la mañana y vuelven, con suerte a las 7 de la tarde? ¿Pena? ¿Rabia? ¿Envidia? ¿Despreocupación? O ¿abandono? Caras encargó a Adimark una investigación sobre este tema. El resultado fue revelador. Porque, aunque la mayoría de los hombres entiende que hoy en día la mujer busca y necesita el desarrollo personal, aún lo quieren todo: una mujer que no se olvide de la casa, ni de los niños, ni de la comida, ni de los panoramas. Y por supuesto, que no los supere en ingresos que recibe por su trabajo ni tenga un cargo más alto que el de ellos.

La idea del estudio fue detectar las impresiones y percepciones del hombre chileno de los grupos medios y medio alto, casado con una mujer que trabaja tiempo completo. La investigación se realizó a través de focus groups que reunieron a hombres entre los 25 y 35 años, y entre los 40 y 50 años.

“No hay nada como una mujer que trabaja: crece personalmente y se convierte en una mejor pareja. Pero no hay nada como una mujer que te tiene la cama calienta cuando llegas del trabajo”. Así confiesan muchos hombres su verdad. Desde los que no ayudan más que en casos de vida o muerte (los mayores), hasta los más jóvenes, que mudan guaguas, hacen compras y trasladan niños. Pero nada de todo eso implica tampoco la aceptación de una verdadera paridad entre marido y mujer. Por el contrario, una independencia muy grande los abruma, los complica, los hace sentir que su mujer es “demasiado libre” y eso, sencillamente, no les gusta.

Es que el grupo interrogado tiene sus privilegios: todos cuentan aún con ayuda doméstica en la casa y tienen plata para contratar algunos servicios que ayudan a sobrellevar la carga. Además -en la mayoría de los casos- la buena voluntad de los abuelos y la capacidad de organización de la mujer han suplido, hasta hora por lo menos, los contratiempos. Como confesó un entrevistado: “Sólo una vez me ha tocado ir a buscar a los niños al colegio, porque fallaron todas las otras instancias“.

En general, señalaron que no se hacían ningún “rollo” porque sus señoras hubieran optado a trabajar -y admitieron, en todo caso, que ellos siempre llegaban más tarde a la casa que ellas-, pero se observaron diferencias en cuándo se tomó la opción. Los más jóvenes contaron que sus mujeres habían tomado la decisión del trabajo a tiempo completo aunque los niños aún fueran pequeños, mientras los mayores coincidieron en que las suyas lo habían hecho “después de la crianza”. Y fue en el grupo de los más jóvenes donde surgió, como una constante, una vaga percepción de que la mujer no está contenta: “De repente siento que está muy preocupada, como aburrida, pero nunca sabe decirme exactamente por qué“, dijo uno de ellos.

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Antes de la boda

Antes del matrimonio todo parece ser lícito. El trabajo, las actividades deportivas, los cursos extra programáticos y hasta las salidas en patotas. Existe, en cierto modo, una aceptación total de los mundos individuales que cada uno de los miembros de la pareja desempeña.

Pero basta que suenen las campanas para que esta tolerancia lentamente comience a desvanecerse. ¿Qué sucede? Según este informe de Adimark, el mundo individual del hombre empieza a primar por sobre el de la mujer, quien sustituye su antigua vida para asumir un nuevo rol de dueña de casa. Esta situación, muy bien descrita por los entrevistados más jóvenes (y poco visualizada en el grupo de más edad), se traduce en que la mujer deja sus actividades anteriores al matrimonio y se dedica exclusivamente a su relación de pareja y, posteriormente, a la familia. “Las mujeres, no sé por qué pero así pasa, si jugaban voleibol, por ejemplo, ya no juegan mas. Se casaron, las guaguas y… dejaron de jugar“, contó uno de ellos.

Surgen así los primeros malos entendidos y, por consiguiente, los sentimientos de culpabilidad. Llega el fin de semana y el hombre, sin siquiera pensarlo mucho, parte muy temprano en la mañana a jugar tenis, fútbol, squash o a su tradicional paseo en moto de los sábados. Como son escasas las mujeres que los siguen, la mayoría se queda en casa con la cara larga y ellos se sienten culpables de haberlo pasado bien. “Te dan permiso, pero te sacan en cara que ellas se quedaron en la casa trabajando (cuidando niños), mientras tú te divertías“.

Así las cosas, cuentan ellos que el marido muy pronto se convierte en el villano y su señora, en una pobre mártir cuya única función en la vida es atender a otros. Primero al marido y luego a los hijos. De este modo, el hombre se transforma, aparentemente, en el gran responsable de la desdicha de su mujer. Sin embargo, ellos advierten que son las propias mujeres las que insisten en llevar esta doble carga: ser primero una eficiente dueña de casa y, después, trabajar externamente en su desarrollo profesional. “Ellas siempre se quejan del trabajo doméstico, pero nunca hacen nada para cambiar la situación“, fue una frase recurrente.

Otra opinión: “Los ratos propios de que ellas debieran disponer siempre tienen obstáculos, ya sean los niños, planificar la casa, y eso yo creo que es una pega adicional que tiene originalmente la mujer. Nosotros no la ayudamos en la vida diaria y, si la ayudamos y somos solidarios, yo creo que nunca es en la dimensión que ellas finalmente dan“. O, como resumió un tercero: “La diferencia, creo yo, entre la vida de soltero y la de casado pasa necesariamente porque uno incorpora ese verbo que uno no hacía cuando era soltero: planificar. Y ser mucho más consensual en tanta cosa que, cuando uno no tenía mayores responsabilidades, no lo era

Doble juego

Una de las conclusiones más claras que arroja el estudio es que los hombres mantienen un doble juego. Por un lado, les encanta que su mujer sea autónoma y que se desarrolle en su trabajo, pero al mismo tiempo les exigen un compromiso muy importante en la casa.

Aunque los dos grupos encuestados coincidían en la premisa de “¡por supuesto que pueden trabajar!“, el tono de las respuestas era distinto. Los mayores de 40 aprecian con algo de orgullo protector lo que sus señoras han logrado demostrar al exigir un trabajo full time. Pero coexiste con esto el temor frente a que no sepan “manejar las reglas del mercado competitivo” y la conciencia nula respecto a tareas domésticas que ellos deberían ser capaces de asumir si la dueña de casa no está en la casa.

Para los jóvenes, en cambio, hay conciencia teórica de que la autonomía implica compartir roles. Y sienten más críticas específicas de sus señoras al respecto. Un ejemplo: “De alguna manera la mujer recrimina muchas veces a su pareja porque, además de la actividad diaria que va teniendo, anexa otras más, que es la organización y planificación de las cosas que pasan en la casa y es una cuestión que nosotros, en realidad, no siempre hacemos con el celo que ellas lo hacen“.

Se suma a eso la diferencia de edad de los hijos (pequeños en el caso de los jóvenes) que posibilita trabajar más tranquilas a las mujeres de más de 40 cuyos hijos son autónomos e independientes. Así y todo, ese consenso en que la mujer puede y debe trabajar pasa por distintas visiones al respecto.

Opiniones positivas de los mayores: “Cuando están en la casa, como que se sienten más apagadas. Se aíslan más del resto“. O: “Pienso que la mujer trabajando se va a realizar bastante y va a tener más comunicación con el marido, va a intercambiar opiniones“. Ambas matizadas con otras de connotación negativa: “Hemos tenido muy metido siempre el asunto de que la familia tiene que estar unida y el hecho de que la mujer no esté en la casa puede significar una ruptura de esto que es como un todo“. O: “Al no saber manejar bien las reglas de afuera y tener tanta libertad, la mujer puede virarse“. Y aquel que opinó que “es más importante el ser que el tener. Y si la mujer empieza a trabajar para tener más cosas, para estar a la moda, para cambiar el auto o para tener una casa más grande y unas vacaciones más encauchadas, desde mi punto de vista, se desvirtúa todo concepto de familia

También aparecieron juicios encontrados: “Yo considero ideal que la persona, como todos, tengan un trabajo, una actividad. Pero siempre los intereses se contraponen. Nunca vas a tener todo, o sea, nunca uno las va a ganar todas“.

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Entre los jóvenes se advirtieron vivencias muy distintas. Aunque ninguno se plantea siquiera no estar de acuerdo con el tema, si ven algo de agresividad poco explícita en la actitud de sus mujeres. “Yo creo que termina siendo una mujer más cansada, más agobiada. Al final, entre el trabajo de la casa y, más encima, el trabajo fuera de la casa, termina siendo una mujer aplastada y, por lo mismo, cuando uno da una idea la mujer acata al tiro, porque ni siquiera tiene tiempo o energías como para ponerse a pensar o buscar alguna alternativa”. Otro participante advirtió: “Las mujeres de repente toman una actitud medio pasiva. No sé si es como cansancio o qué

Sin embargo, aunque ninguno de los entrevistados desconoció la importancia del trabajo en el desarrollo de sus señoras y el aporte que esto genera a la relación de pareja (“en la medida en que la mujer trabaja fuera de casa comprende mejor los problemas del marido” o “la mujer que trabaja se valora a sí misma, genera una buena autoestima y con ello desarrolla mejor los términos de la relación“), los aplausos masculinos están siempre condicionados a que la mujer logre dominar bien su rol de dueña de casa.

Si no lo hacen generan sensaciones de “despreocupación por la casa“, o “excesivo ensimismamiento en sus propias actividades“. Tampoco aparecen claros los límites de cada una de las actividades y funciones que tiene que asumir cada uno de los integrantes de la pareja. Y sí fueron categóricos en que para ellos, el quehacer diario de los hijos y la administración de lo cotidiano, es “función o preocupación de la mujer”. “Es muy importante el rol de la madre“, coincidieron todos.

Uno se atrevió a decir: “Yo creo que tiende más a ser del hombre que uno tenga su libertad y la mujer, lamentablemente, por el hecho de ser mujer, por ser madre, tiende a quedarse más al lado de los hijos

Ese rol ellos lo ven como definido por la naturaleza y por nadie cuestionado. Las siguientes opiniones lo resumen muy claramente. “Es bueno que la mujer trabaje, ya que se pone más deliberante, toma más decisiones, adquiere mayor seguridad; pero sin olvidar la casa, los niños, la comida y la organización del fin de semana“; “ojalá la mujer tuviera un trabajo flexible, que no la haga descuidar sus labores domésticas. Y no necesariamente las tiene que hacer ella, pero sí debe supervisarlas de manera eficiente“.

¿Machistas?

Aunque un entrevistado confesó que “basta ir a la casa de la mamá el fin de semana para que nos demos cuenta de que todos somos machistas” y otro confesó que “nosotros tratamos de imponerle nuestro concepto súper machistoide y… tratamos de achacarlas“, la sensación general es que ellos no son machistas. Al menos, no más que sus propias esposas.

Si el hombre no toma el papel de dueño de casa cuando llega a la casa, es porque la mujer te dice que uno no sabe hacer nada y mejor lo hacen ellas“, contó con franqueza un entrevistado de menos de 25. Según los mayores, hay conceptos errados sobre lo que esta manida palabra significa. “Para una mujer es grato que exista un hombre (llámese papá, pololo, esposo) que la proteja, que la cuide, que la respete, que la enlace. Que la tenga. No hablemos de sobreprotección, pero que la tenga en un lugar privilegiado. Eso resulta que hoy día se está llamando machismo”. 

Otro mayor dijo que “porque la mujer quiere ser autónoma, quiere ser hombre, usar pantalones, si pudiera dejarse barba se la dejaría . Y el hombre anda al revés. Entonces, en el fondo, esta historia del machismo y del feminismo yo no la veo tan clara; o sea, encuentro que sería machismo el no dejar que la esposa de uno hable siquiera con los amigos“.