Durante los últimos días he estado particularmente intolerante con mi prójimo. Suena a inicio de confesión pechoña y mamona en extremo. Pero que nadie se equivoque, es una observación científico/técnica: mi capacidad de empatizar o, mejor dicho, para sobrellevar aquello que en idioma anglozajón llaman “bullshit” está al borde del límite –sin duda en virtud de la regla del rendimiento decreciente– y debo hacer grandes esfuerzos para recordar que cada uno tiene su infierno, qué nada de lo que hacen los otros tiene que ver con nada más que su propia neuro-programación, por lo que uno no se debe tomar nada personalmente, ni hacer suposiciones, etc. Consciente como estoy de que la mayor parte de la energía síquica homo sapiens está invertida en los llamados mecanismos de defensa –que tienen la particular función de “proteger” al yo de la realidad– por lo general experimento más conmiseración que molestia frente a la penosa falta de autocrítica, el protagonismo del ego y la tan chilena costumbre de responsabilizar a otros y victimizarse para eludir consecuencias o personalizar los conflictos, además de toda suerte de descalificaciones, desprecios, traiciones y ordinarieces del alma.

Ciertamente no pretendo justificar lo anterior al decir que, bueno, difícil que fuera de otro modo si en los últimos días el espectáculo ha sido desolador. Y cuando pensaba que ya había alcanzado su pináculo en las dos primeras, particularmente en la segunda, de entrevistas que Mario Kreutzberger hizo en el noticiero de Canal 13 –como intento de responder a la pregunta que titula esta columna–, entonces vino el cambio de gabinete y el monólogo surrealista de Rodrigo Peñailillo. Y luego, como si algún Dios burlón quisiera demostrar que siempre se puede ser aún más patético, la delirante y fugaz (roguemos) aparición de la ex jefa de gabinete de Sebastián Dávalos, cuyo nombre me niego a reproducir.

Como si de una epidemia maléfica se tratase de pronto me pareció descubrir tal patrón de conducta en todas partes. Nada nuevo, me dirán, el chaqueteo, el ninguneo, la soberbia, el sarcasmo agotador del chileno (que ahora además tiene a su disposición Twitter), esa enfermedad que impide encontrar algo bueno en nada y permite descubrirle algo malo a todo. Pero estoy convencido de que esto es algo peor, como el inicio la fase irreversible de un mal incurable. Tal vez el inconsciente colectivo, intimidado por el nefasto futuro que todos sabemos que nos aguarda (gracias a la gestión de quienes supuestamente son los más inteligentes, nuestros líderes, economistas, científicos y académicos) habrá activado un mecanismo tipo “sálvese quien pueda”.

Aquellos anhelos de fraternidad y hermandad genuina, de paz y armonía, equidad, amor, libertad y justicia (¿seguro que es justicia lo que quieren?, pareciera advertirnos doña Pacha Mama con su voz volcánica) que supuestamente distinguen a nuestra especie, chocan con el más atávico impulso de agarrar lo que se pueda mientras se pueda del banquete que pretendemos que es la vida, apurar la copa del placer como sucedáneo “peoresná” de la felicidad y terminar los días como cierto jerarca nazi que antes de enfrentar el ajusticiamiento dijo “al menos viví bien algunos años”, o mejor dicho “lo comido y lo bailado no me lo quita nadie”.

Esto es, me atrevo a sentenciar, lo que le pasa a Chile. Y al mundo. A la civilización primate, ya que estamos. No a usted, lógicamente, faltaba más…

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