Una de las disyuntivas que más me complica es esa lucha interna entre tomar la foto o simplemente detenerme y mirar. Que ese recuerdo quede en mi corazón —y mi memoria— hasta que se desvanezca. Instagram tampoco me ha simplificado la respuesta.

En ningún caso me declararía “fotógrafa”. Decirlo sería un acto de arrogancia imperdonable. No tengo el talento ni la sensibilidad, pero muchas veces me siento una espectadora privilegiada y —esto no tengo problema en reconocerlo— tremendamente afortunada. He tenido la suerte de viajar, ya sea como turista y por razones de trabajo, y el azar me ha llevado a lugares increíbles y a ser partícipe de eventos únicos e inolvidables junto a personas sensacionales.

He sentido tanto placer y fascinación que no quiero olvidar nada ¡Pero también quiero vivirlo todo! Soy parte de una familia que se inclina por guardar los recuerdos en el corazón. El vikingo, medio en broma medio en serio, suele decirme que tomo algo de su alma cada vez que le hago una foto. Yo sólo pienso en la alegría que sentiremos al ver esa imagen al año siguiente y conversar sobre ese momento que ya estará en la historia vivida y pasada.

Imaginarán que tengo a mi familia “documentada” desde aquellos tiempos en Seúl, hasta hoy. Pero veo que la intensidad ha cambiado porque la experiencia te hace cambiar. Entendí que no necesito darle al botón de foto en cada risa de mis hijas, sobre todo cuando me dicen: “¡Mamá, deja el teléfono y disfruta CON nosotros!”.

Recuerdo la primera vez que estuve en el Louvre, cuando tras mucho deambular al fin encontré a la Mona Lisa. A primera vista me pareció pequeña, pero me dí el tiempo de estar allí contemplándola y ¡oh, maravilla! mirando en detalle el paisaje que la acompaña. La última vez que estuve allí con mis sobrinos, hace dos años, me impresionó la masa humana con un brazo levantado dándole al click de fotos de sus smartphones. Pensaba en cuántos de ellos se habrían fijado de que hay un fondo, que tiene miles de detalles y que si ya la vez pequeña “en vivo y en directo”, en la pantalla del teléfono se ve sencillamente minúscula. Entonces ¿por qué mejor no mirarla, admirarla y disfrutar de su misterio?

Lo que todavía no puedo es dejar mis fotos de exquisiteces gastronómicas, no necesariamente algo sofisticado, sino aquellos platos que son un “gustillo” para mí, como podría ser una “humita” que como una vez al año, con suerte. Ya me dijeron que están out, pero no lo puedo resistir y mi mejor esfuerzo está ahora en usar el sentido común para elegir lo que comparto. Buena idea ¿no?

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