Hace un par de años fui a ver un partido amistoso entre Dinamarca y Chile, aquí en Copenhague. Por raro que suene, parecía que el local era ¡Chile! La manera de cantar y gritar de los chilenos llegados de todo el norte europeo era arrolladora frente a los disciplinados vikingos.

Lo mismo pasó cuando toda la familia fue a un partido de uno de los equipos más importantes, “FC København”: noventa minutos bastante ordenados para un partido de fútbol, con gritos solo durante los goles.

¿Debo contar que mini-vikingas murieron de vergüenza cuando yo lancé un par de “juicios duros” al quehacer del árbitro?

Habiendo participado como voluntaria durante la visita de Juan Pablo II a Chile en abril de 1987, creo que inconscientemente tenía mis expectativas cuando oímos que el Papa Francisco venía a Lund y Malmö (Suecia) —que para nosotros es algo así como “pasadito el puente”— e hicimos planes enseguida.

Pero asumiendo desde el comienzo que como católicas somos minoría absoluta —en Dinamarca representamos aproximadamente un 0,6%, casi todos inmigrantes—, supuse que habría diferencias, pero nunca imaginé cuántas.

Llegar al estadio Swedbank, donde se celebró la misa, no nos costó nada tomando el tren y luego un bus. Cuando llegamos, ni un solo vendedor… ¡de nada! Ni una estampita, ni un rosario… ¡nada! Más allá de la impresión nos dimos cuenta que ese silencio nos ayudaba a mantener la concentración sobre por qué estábamos allí. Como todo en estos días, la imponente seguridad de efectivos de la policía fuertemente armados contrastaba con la cantidad de religiosas, religiosos y feligreses reunidos allí. Una seña de nuestro convulsionado mundo.

En fin, allí estábamos las tres  junto a 15 mil católicos más de esta parte de Europa cuando el termómetro con suerte llegaba a los 0 grados. Cuando el Papa apareció en el estadio el calor recorrió las graderías. Cantos improvisados, aplausos, algunas banderas ondeando, todo vibrante, vehemente, con un entusiasmo desbordante… y  con moderación, muy a la escandinava.

Para mí no ha sido fácil ser católica aquí —de hecho, más que serlo en los años en que estuve en Corea— pero siento que el Papa Francisco está dejando la huella de una visión acogedora y con espacio para todos, sobre la base de intentar ser la mejor persona que puedes ser y respetar integralmente al otro.

Para nosotros como familia “mixta”, en TODO sentido, cuando el vikingo decidió partir a Afganistán y tuvimos qué sucedería si él moría, para mi sorpresa eligió un sacerdote católico amigo de la familia para acompañar sus últimos momentos en esta tierra.

El Papa vino, ni más ni menos, que a participar de la conmemoración de los 500 años del cisma provocado por Martín Lutero y con mis hijas estuvimos ahí. Una vez más Francisco confirmaba esa apertura impensada tiempo atrás y no siempre bien recibida en el mismo mundo católico. Él ha abierto las puertas de la iglesia a los divorciados, ha tenido palabras de acogida para los homosexuales y se ha abierto también al diálogo ecuménico —de musulmanes a protestantes—, que hace algunos años habría parecido imposible.

Pero como lo dijo Francisco: “reconocemos que entre nosotros es mucho más lo que nos une que lo que nos separa” y pensé en el vikingo y en lo que hemos construido con amor y respeto.

La efervescencia fue distinta pero el sentimiento de alegría y celebración fue finalmente el que hace tantos años había vivido en Santiago, en días de mucho calor. Las mini vikingas me preguntaron “¿mamá, así sería si el Papá va Chile?”. Y con una sonrisa les contesté “no, pero el sentimiento y la alegría en el corazón son los mismos”. Y así es todo cuando vives entre dos mundos.

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