Hace un tiempo conocí a una persona que trabajó en Monsanto, cuando me lo comentó me sorprendí mucho, algo en mi cara delató cierto malestar porque me preguntó si sabía sobre la empresa- le dije claro- y le consulté si realmente ella “conocía” la empresa. Respondió que sí, no me pude aguantar y le pregunté que si no le importaba trabajar en una empresa que producía transgénicos. Su respuesta fue de infarto: ¡qué son los transgénicos!

No hice plop como Condorito porque hace un par de años no era mucha la gente que conocía la palabra. Tampoco eran tantos los que odiaban a Monsanto. Hoy ambos grupos han crecido y en parte tiene que ver con la ley que lleva su nombre y que se discute en el Congreso de nuestro país. De hecho el proyecto que regula derechos sobre obtenciones vegetales se verá este martes 4 de marzo a las 16:oo hrs. Una hora y media más tarde (en calle Victoria) se realizará una manifestación de rechazo. Sus detractores exigen una “moratoria a los cultivos transgénicos” así como el etiquetado obligatorio de alimentos con insumos genéticamente manipulados, entre otras cosas.

La Ley Monsanto ingresó al parlamento en enero del 2009  y busca “impulsar la investigación y el desarrollo de nuevas variedades vegetales y mejorar la productividad agrícola nacional”. El tema es que esta compañía nacida en Estados Unidos y cuyo primer producto fue la sacarina – que dicho sea de paso endulzó por aquellos años a Coca Cola- hoy produce mayormente herbicidas y transgénicos, o sea semillas genéticamente alteradas. Según la empresa, “dicho proyecto de ley no tiene ninguna incidencia particular sobre el negocio ni las operaciones de nuestra empresa en el país, sino que responde a compromisos adquiridos internacionalmente por Chile relacionados con el respeto de la propiedad intelectual en el ámbito agrícola”.

Inspiradores o no, el punto es que hay aspectos en juego como la propiedad intelectual de la semilla a la que se le ha aplicado tecnología, la que de alguna manera deja de ser patrimonio de la naturaleza, y de paso de los pequeños campesinos, para ser un producto exclusivo de un determinado grupo empresarial. Ese es uno. Otro es que al comer una semilla alterada no sabemos qué nos alimenta, porque no existe un etiquetado que detalle sus contenidos.

Los que preferimos lo orgánico (sin pesticidas, herbicidas ni alteraciones genéticas) no lo hacemos, al menos en mi caso, por capricho. Si se desconoce los verdaderos componentes de un alimento corremos riesgos de ingerir algo nocivo para nuestros cuerpos. Los años de pesticidas también parecen hacer lo propio.

Al menos el temor ya se está expandiendo. De muestra un botón. Hace unos días, de visita en el campo escuché una conversación del cuidador de una parcela con otro de los invitados. Le decía que en la zona había muerto mucha gente de cáncer y culpaban a los tóxicos usados en las plantaciones, lo que no deja de ser relevante tratándose de una zona agrícola. Las leyes deben protegernos y el estado debe velar porque las empresas no entreguen productos dañinos, aunque sea potencialmente, a los consumidores.

En situaciones así imposible no recordar a Hipócrates “Que la comida sea tu alimento y el alimento tu medicina”.

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