Que las mujeres regias saquen pica, parece ser la última tendencia, la moda, lo que ‘la lleva’.




La ex top model Elle Macpherson, por ejemplo, cumplió cincuenta años y la muy sádica subió una foto a su cuenta en Instagram con un cuerpo que ya se quisiera una de veinte. Aquí, en Chile (y guardando las proporciones, claro), tenemos a la pintoresca Fran Undurraga y a otras starlets mostrando a diestra y siniestra lo suyo, sobre todo ahora que el sol comienza a calentar y la ropa se pone ligera.




¿Y quiénes son los que más miran la última selfie, ya sea voluntaria o hackeada estilo Jennifer Lawrence, donde todo parece en su sitio y no hay lugar para imperfecciones? El sentido común diría que se trata de una abrumadora mayoría de hombres, digamos que el 80 por ciento. Pues entérese de que no es tan así.




Las agencias de marketing y de publicidad saben que un número importante de quienes consumen estas imágenes son mujeres. Sí, mujeres que miran a otras mujeres. Y, ojo, que no estamos hablando aquí de observar con lascivia, sino más bien de juzgar, criticar y —en el más noble de los casos— copiar algún estilo.




Lo más fácil y a la mano es echarles la culpa a los medios por imponer estos modelos de belleza inalcanzables. Sin embargo, detrás de este fenómeno existiría una explicación darwiniana, donde en vez de la supervivencia del más fuerte, lo que manda es la supervivencia de la más linda, regia, estupenda y —¡qué odioso!—, de la más joven.




En un reciente artículo publicado por Psychology Today, el profesor y sicólogo Noam Shpancer advierte que si entre los hombres la competencia reproductiva es reconocidamente directa y agresiva, “las mujeres también enganchan en una carrera hostil a su propio modo con el propósito de conseguir una pareja que les asegure recursos para su prole”.




Tres décadas atrás, el reconocido sicólogo evolucionista David Buss ya había comparado las estrategias usadas por el sexo masculino y por el femenino en la batalla por transmitir sus genes de generación en generación. Así, Buss llegó a la conclusión de que los primeros gastan sus recursos en exhibir fuerza bruta y/o estatus social, mientras las mujeres en resultar sexualmente atractivas a través de la autopromoción y de la descalificación (a veces humillación) de sus congéneres.




Puede que las tácticas femeninas para neutralizar a una potencial rival no sean tan brutales como las masculinas donde la humillación es directa y declarada. Pero ¿somos por eso menos crueles? No estoy tan segura considerando nuestra atávica preferencia por burlarnos de la apariencia y edad (lo dice Buss) de las semejantes y que explicaría la costumbre de mirar fotos y cuerpos de otras mujeres sin ningún afán lujurioso, aunque igual arriesgamos caer en un pecado todavía más feo como es la envidia verde y ponzoñosa.




Lo peor es que esta cadena de mala onda no termina en las simples miradas sino que suele seguir con críticas y condenas en un mundo donde peligramos convertirnos en nuestras peores enemigas al dictar normas de cómo vernos y comportarnos.




Por eso la humanidad exige a gritos un salto en la cadena evolutiva, dejar atrás a la Neanderthal que llevamos dentro y terminar de una vez con esta lucha fratricida. Una guerra donde en un bando militan las que miran y enjuician (generalmente casadas, maduras y con el consuelo de llevar una vida virtuosa), mientras que en el otro cierran filas las dedicadas a la autopromoción y a sacar pica.