La noche del miércoles 28 de mayo, el sacerdote Gerardo Joannon Rivera se sentía devastado. Había regresado a la casa provincial de la congregación de los Sagrados Corazones, en la comuna de Ñuñoa, donde reside. Apenas tenía fuerza: por la tarde había declarado en calidad de imputado durante tres horas frente a la fiscal Erika Vargas, que investiga 12 casos de adopciones ilegales producidas en Chile en las décadas del ’70 y ’80. Y como el religioso le comentó a un familiar que lo llamó por teléfono, el interrogatorio lo dejó exhausto.

Han sido semanas intensas para el cura de 77 años. El 11 de abril CIPER destapó la noticia de los niños dados por muertos que Joannon dio para adopción. Madres solteras de familias de elite y abuelos que entregaron a los recién nacidos, con la ayuda de sacerdotes y ginecólogos, engañando en ocasiones a los padres biológicos. “No ayudé en muchos (casos), serán en total unos cuatro, cinco… No sé. No recuerdo”, señaló a CIPER.

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La familia Joannon, cuyo abogado es Eduardo Novoa, ha cerrado filas con el religioso: aseguran que su participación está circunscrita a tres adopciones. Una de ellas se produjo en el verano de 1983 y se trata del caso con mayor connotación pública y que involucra a este hombre con 50 años de sacerdocio. Una niña nacida el 1 de febrero de ese año (ahora tiene 31) que fue dada por muerta al nacer en la Clínica Santa María. Se le mintió a Andrés Rillón Reyes, padre de la criatura (hijo del comediante Andrés Rillón, conocido por su personaje de Don Pío), que  recién encontró a su hija en 2004, cuando ella ya tenía 21. La Fiscalía investiga el nivel de participación de la madre, que según consta en las declaraciones judiciales y eclesiásticas efectuadas por Andrés Rillón, se trataría de Carolina Celedón Cariola; sicóloga de la Universidad Católica que durante 40 años y hasta hoy mantiene un vínculo muy cercano con Joannon: es su amiga y más estrecha colaboradora.

La congregación de los SS.CC. nombró al canonista salesiano David Albornoz para investigar a Joannon. A su vez, lo cesaron de sus funciones como párroco en La Anunciación, la iglesia de la plaza Pedro de Valdivia de la que se hizo cargo en 2009. Sin embargo, sigue realizando labores como religioso: oficia misas en su comunidad de calle Faustino Sarmiento y celebra bautizos.

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El lunes 26 de mayo llegó al funeral de una de sus primas más queridas, Lucía Joannon Riesco, en la catedral castrense de Los Leones. En su círculo informan que fue un momento especial para él: la familia se reencontró en pleno, y parientes de todas las edades se acercaron para darle su apoyo. A la espera de las resoluciones de la justicia civil y religiosa, ha intentado llevar una vida normal: visita la casa de sus tres hermanos —Raquel, María Elena y Eugenio— y lee textos del Papa Francisco. Pero sobre todo, dicen, reza. 

Esta es la historia menos pública de un sacerdote influyente que nunca pasó inadvertido.

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Gerardo Joannon proviene de una familia de la oligarquía chilena. Nacido el 12 de enero de 1937, fue el segundo de los cinco hijos que tuvo el ingeniero civil Luis Joannon Infante y María Teresa Rivera Marambio. El padre trabajó gran parte de su vida en Salinas y Fabres, aunque se jubiló de la Sociedad Constructora de Establecimientos Educacionales. La madre se dedicó a la crianza de los niños y a su hogar, ubicado en avenida Pocuro, entre Amapolas y Tobalaba, y que aún está en poder de la familia. En esa residencia se criaron los Joannon Rivera. En los veranos acostumbraban a pasar largas temporadas en la casa de campo que tenían en avenida Pajaritos 404 de Maipú, un lugar de encuentro con los abuelos, tíos y primos.

Era una parcela de veraneo con historia: con un enorme campanario que avisaba las horas de comida, la construyó el abuelo del sacerdote, Eugène Joannon Crozier, un afamado ingeniero y arquitecto francés nacido en Lyon en 1860 que llegó a Chile en barco a los 29 años. Contratado por el gobierno junto a un grupo de profesionales, se instaló en Santiago durante el mandato de José Manuel Balmaceda para llevar adelante una serie de edificaciones en pleno auge del salitre, sobre todo hospitales y escuelas. Luego fue contratado en la Dirección de Obras Viales de la Municipalidad de Santiago y, posteriormente, se dedicó a sus proyectos privados. Era un hombre sumamente creyente —tenía fuertes convicciones cristianas y devoción por la Iglesia— la que traspasó a sus hijos y éstos a sus nietos. Dicen que era estricto y de una moralidad intachable: en la familia recuerdan que, como no hablaba con fluidez el castellano, acostumbraba a escribirles pequeñas notas a sus hijos con el objetivo de guiarlos por el camino espiritual.

Fue uno de los fundadores de la Facultad de Arquitectura de la UC y en 1911, monseñor Juan Ignacio González lo nombró arquitecto del Arzobispado de Santiago. Ese cargo, que desempeñó por 25 años, fue el que le permitió convertirse, probablemente, en el hombre que más iglesias ha construido en Chile, como se señala en el libro biográfico que escribió su nieto arquitecto Eugenio Joannon Rivera. Entre las decenas de obras importantes que diseñó —iglesias, parroquias, sus torres y fachadas, basílicas, colegios católicos, capillas, hogares de ancianos— llevó adelante en 1901 la edificación del colegio de los Sagrados Corazones-Padres Franceses, en la esquina de Alameda con calle Carrera. Y estrechó fuertes lazos con la congregación, donde educó a sus siete hijos varones. Entre ellos a Luis Joannon Infante, padre del cura Gerardo, y quien por convicción y tradición también inscribió a sus niños en el mismo colegio. Para sus dos hijas, optó por los Sagrados Corazones-Monjas Francesas.

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Dicen que de pequeño el padre Gerardo era un torbellino de energía: inquieto, simpático, alegre y bueno para los deportes. En la casa de veraneo de Maipú se practicaba el cricket bajo los nogales y, en medio del parque, cerca de la huerta, había una cancha de tenis donde Gerardo no paraba de jugar. Era, además, fanático del fútbol, y como colegial destacó por ser un tremendo arquero. A los nueve años, sin embargo, sufrió un dolor que marcó su vida y la de su familia y, en parte, influyó en su decisión de ser cura: la muerte de su hermano mayor, Luis Eugenio, que tenía sólo un año más que él (10). Era el primogénito de los Joannon Rivera y falleció de tifus. Su partida, tan inesperada, nunca fue del todo superada por sus padres y hermanos, que cada 25 de febrero oficiaban una misa en su recuerdo en la casa de Maipú.

El pequeño era tranquilo, recuerdan, y tenía un carácter muy distinto al de su hermano Gerardo, siempre tan activo. Más de alguien le ha escuchado decir al sacerdote Joannon que, si Luis Eugenio no hubiese muerto, probablemente habría sido religioso. Pero el que terminó ingresando al seminario fue él, el 1 de marzo de 1956, a los 19 años. El 21 de julio de 1963, se ordenó.

Los Joannon cuentan que fue una decisión sorpresiva y que, incluso, estaba pololeando con una muchacha cuando ese verano comunicó, de una semana a otra, que sería religioso. Fue la propia joven quien lo fue a dejar a Los Perales, en la V Región, donde se formaban los sacerdotes de los SS.CC.

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La madre de Gerardo celebró la determinación de su hijo: su hermano Edmundo Rivera era cura diocesano y dedicó gran parte de su vida a levantar centros para enfermos de tuberculosis, en las afueras de Santiago. Su marido Luis Joannon Infante, en cambio, reaccionó diferente; aunque era cercano a la Iglesia —formaba parte de agrupaciones de profesionales católicos y ayudaba a las vocaciones sacerdotales— sentía que nuevamente perdía a un hijo. 

Gerardo Joannon no fue el único que optó por el camino religioso: dos primos hermanos suyos —Pablo y Luis Joannon Infante— se hicieron sacerdotes del Opus Dei.  

Nunca fue un religioso convencional. Algunos sacerdotes que lo conocen hace décadas, relatan que siempre se caracterizó por una vitalidad asombrosa, hasta hoy. Tremendamente ingenioso, solía innovar en las liturgias y misas, algo que llamaba la atención. “Es muy creativo, generoso, pero atolondrado”, dice un influyente religioso de los SS.CC. Ese ímpetu de actuar sin medir las consecuencias, le dio liderazgo. Sin embargo, este estilo también incomodó a fieles más convencionales y le generó detractores, lo que ha sido una constante en su vida.

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De gran atractivo cuando joven, Joannon tenía mucho arrastre entre las mujeres, que no disminuyó aun vistiendo sotana.

Sus partidarios le reconocen que nunca perdió su relación con los más pobres, aunque venía de la oligarquía y hubiese podido hacer una carrera sacerdotal más ligada a las elites. Pero indican que, aunque nunca se alejó de su mundo, intentó unir ambas realidades a través de comunidades juveniles y fundaciones para que interactuaran ricos y pobres.

Su trayectoria ha estado ligada sobre todo a la educación y a los jóvenes. Poco después de ordenarse sacerdote en 1963, fue uno de los fundadores de la parroquia San Pedro y San Pablo, en la villa Brasil de La Granja, con un equipo que dirigía el padre Esteban Gumucio. En forma paralela, comenzó a trabajar en su colegio, los Sagrados Corazones de Alameda. 

En 1970 la congregación dejó los establecimientos educacionales y Joannon siguió haciendo clases en liceos fiscales sin educación religiosa, como el de Aplicación. En 1972 fundó los Centros Pastorales Juveniles (CPJ), comunidades cristianas formadas por estudiantes de enseñanza media. Desde entonces, siempre se le veía acompañado de juventud. Su estilo resultaba atractivo para los adolescentes y universitarios: era poco tradicional, no tenía complejos en usar anteojos oscuros, andar en moto, hablar de todos los temas con sus alumnos y bañarse en la piscina con un llamativo traje de baño rojo. Hasta la actualidad es muy de piel, de abrazar a sus feligreses, no los trata de usted, utiliza más bien un lenguaje coloquial y establece relaciones de amistad con los fieles.

“Era como un amigo: cercano, chacotero, con él podíamos hablar de todo. Diría que era más bien liviano, de poca profundidad y espiritualidad”, recuerda una ex colaboradora cercana. “Si fuera por él, habría andado con jeans, polera, gorro de lana y chalas”, comenta un ex  alumno de los SS.CC.

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La historia de la moto se remonta a agosto de 1972. El sacerdote Joannon estaba en plena creación de los CPJ cuando, junto a su hermano Eugenio y otros dos amigos suyos, formaron la radio Concierto, una de las pocas emisoras FM de la época. El objetivo del grupo —relatan en la familia— era darle a la radio un sentido valórico: en vez de dar la hora, en aquellos años se leía una frase con contenido. En ese contexto, relatan, el empresario radial Julián García Reyes le regaló una moto al sacerdote para que se trasladara por las diferentes zonas de Santiago.

Fue en la época de la parroquia San Pedro y San Pablo, de las clases en los SS.CC. en los ’60, cuando Joannon se acercó a la realidad de los embarazos adolescentes y los abortos, según contó el propio sacerdote a CIPER. En aquellos años, Joannon comenzó a trabajar en el colegio femenino de su congregación, las Monjas Francesas de Providencia, donde llegó a ser el capellán del establecimiento y el guía espiritual de centenares de alumnas, en reemplazo del padre Daniel Moltedo.

Allí conoció a Carolina Celedón Cariola, nacida en 1959, la cuarta de los diez hijos del ingeniero civil Eugenio Celedón Silva, un democratacristiano que fue ministro de Obras Públicas y Transportes de la última etapa de gobierno de Eduardo Frei Montalva y superintendente de Servicios Sanitarios del mandato de Patricio Aylwin. Quienes la conocieron a mediados de los ’70 la describen como una joven brillante, de excelentes notas y gran liderazgo; llegó a dirigir el centro de estudiantes. La recuerdan además muy ligada a la pastoral del padre Joannon y simpre cantando y tocando guitarra en las misas.

La relación entre el sacerdote y la alumna se fundó en aquellos años. Profesoras del establecimiento han señalado públicamente que el padre Gerardo la prefería por sobre sus compañeras: “Todo el tiempo era ella. Y si había que confesarse estaba con ella en una salita, incluso en horas de clases”, señaló en TVN Clemencia Campusano, ex alumna, ex profesora y ex directora académica de las Monjas Francesas. Agregó incluso que Joannon fue desvinculado del colegio femenino, justamente, por los problemas que se generaron a causa de su relación con Celedón.

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Años después, en su época universitaria, Carolina mantuvo el estrecho vínculo con el padre. Siendo una veinteañera fue a vivir por dos años a una casa de La Granja junto a una amiga y algunos llegaron a creer que tenía una vocación religiosa. Además, luego, la muchacha lo ayudó a robustecer los CPJ.

En mayo de 1982, a los 23, quedó embarazada. En el verano de ese año había iniciado en El Tabo una relación con un ex alumno de los SS.CC., Andrés Rillón, hijo de una profesora de Religión de las Monjas Francesas, María Elvira Reyes y del comediante Andrés Rillón.

Y aunque dicen que parecían enamorados, a los seis meses —tras la vuelta de un retiro espiritual de ella— la joven decidió poner fin al pololeo sin mayor explicación. La noticia sorprendió a Rillón, quien por esos días se enteró de que Carolina estaba embarazada. La familia Rillón asegura que desde un principio él manifestó su intención de hacerse cargo de su hijo, pero indican que tanto Carolina como sus padres casi no le permitieron que participara del embarazo.

El parto se produjo el 1 de febrero de 1983 en la clínica Santa María, con el ginecólogo Gustavo Monckeberg. Sin embargo, a las pocas horas del nacimiento, Andrés Rillón recibió un llamado telefónico donde le comunicaban que la criatura, una mujercita, había nacido muerta. Diversas sospechas hicieron que Rillón fuera a encarar al doctor Monckeberg, quien terminó confesándole que la menor estaba viva. Fue la pista que lo motivó a buscar a la niña durante dos décadas. Se encontraron finalmente en 2004, y el vínculo biológico quedó establecido mediante pruebas de ADN.

El padre Joannon reconoció a CIPER su participación en el caso de la hija de Rillón, asegurando que había fallecido. “Esa niña murió. Esa niña murió… Ese fue el primer caso en el que me involucré. Y esa niña murió. Eso fue lo que me dijo el doctor Gustavo Monckeberg”, sostuvo en la entrevista donde se refirió además a las misas que cada 1 de febrero oficiaba en memoria de la menor. “Esa guagua nació un 1 de febrero y yo los 1 de febrero siempre me reunía con su mamá o ella venía al  lugar donde yo celebrara misa, porque le dábamos sentido a ese dolor”. 

En esa entrevista el padre Joannon también explicita las razones que lo motivaron a involucrarse en esos casos de adopciones irregulares: “Yo nunca le pedí a una persona que regalara su guagua. En eso yo no me metía. Lo que hacía era evitar que se matara a esa guagua”, aseguró Joannon. El padre apunta a una práctica de aquellos años, en que muchas familias de elite frente al embarazo de una hija soltera preferían dar ese niño en adopción que incurrir en un aborto. 

Mediante una carta, la familia Joannon señala a CARAS:  “Apoyamos a Gerardo(…) Fue una práctica habitual hace 40 años. La sociedad no puede caer en la hipocresía y el sesgo que implica no reconocer eso. Sin contexto, no habrá verdad”. Esta explicación es la que esgrimen también algunos religiosos cercanos al padre Gerardo —que temen que se transforme en el ícono de los cientos de adopciones irregulares— y ha sido la defensa que el propio sacerdote ha intentado hacer patente en sus declaraciones ante la Fiscalía, aun cuando existe el testimonio de una mujer que asegura haber sido presionada por el párroco para entregar a su hija en adopción. “El habla que lo hacía para salvar vidas, pero se contradice porque nunca pensé en abortar”.

El religioso, en entrevista con CIPER, informó que su papel consistía en hacer el contacto entre las familias y el doctor. En el caso de la hija de Rillón, se trató de Gustavo Monckeberg, un buen amigo de la madre y del padre del cura Joannon. De acuerdo a lo que señalan algunos parientes del religioso, también habría sido profesor de la mayoría de los hijos del médico.

La gran pregunta que cabe en esta historia es: ¿Carolina Celedón sabía que su hija estaba viva? El portavoz de la sicóloga y su actual pareja, Juan Esteban Aballay, aseguró en entrevista con TVN que el único responsable es el ginecólogo, exculpando tanto a Joannon como a Carolina e incluso a los padres de ella: “(Este caso) no tiene que ver con el sacerdote. Nadie quería deshacerse de la guagua”.

Para la familia Rillón, sin embargo, todos estaban enterados de que la criatura se iba a entregar a una nueva familia, inclusive la madre: “Ella es parte del acuerdo. El papá de ella y el padre Gerardo”, dijo en El Informante la hermana de Andrés, María Elvira Rillón.

Es precisamente lo que está investigando la justicia. Lo cierto es que, por razones que no se han revelado, Celedón no quiso fundar un lazo con su hija cuando apareció en 2004. Y hasta la actualidad sigue manteniendo un estrecho vínculo con Joannon. Su amistad no se ha roto en más de 40 años y su convivencia, intensa, se ha traspasado a los cuatro hijos de la sicóloga, que se reflejan incluso en fotografías de vacaciones.

Desde la congregación de los SS.CC. siempre se le pidió a Joannon que fuera prudente en su amistad con Carolina Celedón a quien veían sólo como una estrecha colaboradora en lo profesional: “Siempre ha sido su mano derecha”. Sin embargo, también hay quienes reconocen que ella era algo insistente y solía sacarlo incluso de reuniones si necesitaba urgente hablar con él.

Después de salir de la UC, la joven se enfocó en la sicología comunitaria y educacional y, de la mano de la ex ministra Mónica Jiménez, trabajó en la fundación Participa. Luego se independizó, aunque siempre siguió ligada a las labores que llevaba a cabo su amigo sacerdote. En 1994 crearon juntos la fundación Uniendo Mundos, que tiene como objetivo acercar a los que tienen más con los desposeídos. La sicóloga figura como directora ejecutiva; y el sacerdote, como presidente. En una entrevista concedida por Celedón en 2009 a Emol, ella confirmó su vocación de servicio. “Siempre sentí que construir un mundo más justo era vital, y me siento dichosa cuando rompo el círculo de la pobreza, cuando construyo un puente con el que dos personas, que no tienen ninguna posibilidad de ser amigas, se transfieren sabiduría y experimentan un proceso inspirador para ambos”.

En esa misma entrevista habla de su viudez. Carolina se casó a mediados de los años ’80 con el ingeniero comercial de la Universidad de Chile, Sebastián Olivos Bambach, tres años menor. Se conocieron en el CPJ de Los Castaños en Vitacura. Proveniente de una familia católica y egresado de los Sagrados Corazones de Manquehue, se desempeñaba como gerente general de Puma.

Igual que Carolina, en un comienzo él fue un amigo cercano del sacerdote. No era una relación de religioso a feligrés. Sin embargo, a los pocos años de matrimonio, la presencia de Joannon comenzó a complejizar la relación de la pareja. “Finalmente, era una relación de a tres. Y eso es insostenible… Gerardo fue un factor fundamental en el quiebre de ese matrimonio”, sostuvo a TVN el pediatra Horacio Cox, amigo de Olivos.

La separación se produjo a mediados de 1998 y la pareja alcanzó a tener tres hijos. El 5 de noviembre del 2000, ocurrió el accidente automovilístico en el kilómetro 54 de la ruta 5 Norte, a la altura de Rungue. El ingeniero comercial iba con sus dos hijas mayores. El impacto fue tan fuerte que la segunda de las niñas, de 10 años, quedó 300 metros más atrás del automóvil. Olivos resultó gravemente herido y durante 50 días permaneció internado en la clínica Alemana con un diagnóstico de cuadriplejia. Estuvo consciente y alcanzó a ver a la segunda de sus niñas, hospitalizada en el mismo centro asistencial. El 24 de diciembre murió por una tromboembolia pulmonar masiva. 

Olivos y Celedón estaban separados en aquella época. El cura Joannon, sin embargo, explicó de esta forma su relación con la sicóloga en 2011, en una entrevista concedida a The Clinic: “Hay personas muy queridas que me ha tocado mucho ayudar, porque enviudó y tuvo un accidente terrible en que murió el marido. Me ha tocado mucho ayudarla y ella me ha ayudado mucho a mí también. Somos muy amigos, pero es una cosa que es abierta, totalmente abierta. A mí me da rabia. No tomo ninguna precaución, nada. Indignación porque la gente no se da cuenta todo lo que ha surgido de esta amistad. Entre otras cosas, CPJ y Uniendo Mundos. Ella le ha dado técnicamente forma, ella es una persona muy capaz. Me da risa, como le da risa a la gente que nos conoce. Hay que ser enfermo del mate”.

El sacerdote es prácticamente parte de la familia Celedón y de sus hijos. Viajan juntos y lo conocen con un sobrenombre: ‘El tío mono’.

La sicóloga siempre lo acompaña. El año pasado, cuando conmemoró 50 años de carrera sacerdotal, la congregación y la familia realizaron una misa en su homenaje. Estaban presentes importantes religiosos de diversas congregaciones de Chile, entre ellos monseñor Ricardo Ezzatti, actual arzobispo de Santiago. A pocos metros, en el mismo altar, se ubicaba Carolina Celedón.

La Justicia investiga la responsabilidad de ambos en la adopción irregular de la mujer que ahora tiene 31 años, está casada y tiene dos niños. Un símbolo de que en Chile, lo que antes se permitía y hasta llegó a ser una práctica habitual, en la actualidad resulta intolerable. Un signo de los nuevos tiempos.