Nunca me entusiasmaron demasiado los deportistas. O sea, la posibilidad de que fueran buenos amantes.

Por una situación histórica y familiar, siempre sentí debilidad por los intelectuales, flacos y desgarbados, así como medio perdidos en la vida, pero nunca tan malditos como los poetas. Lamento mi sesgo, porque seguro que durante mi loca juventud me perdí de muchas cosas buenas. Salvo un inocente romance de verano con un jugador de hockey del Manquehue (que nunca pasó al área chica), que eso de ‘cuerpo sano, mente sana’ no aplicaba a mi vida sentimental. Menos todavía soñaba con que un jugador famoso se convirtiera en mi príncipe azul. Lo más parecido que recuerdo es al Pato Yáñez  (vayan calculando lo antiguo de todo esto) y los pósters que colgaban en los quioscos de este galán que con sus ‘ojitos de patrón’ mataba entre las colegialas de la época.

Pero los años pasan y hoy, con más arrugas y experiencia, como que he comenzado a valorar un cuerpo joven y tonificado, atlético y prometedor, la fuerza bruta en lugar de las palabras que se lleva el viento. Y me da un poco de vergüenza reconocerlo, pero yo —que podría ser la mamá de los seleccionados— me he pillado mirándolos con los ojos nublados por el pecado.

Además, no sé si los uniformes de ahora son más favorecedores (¿se acuerdan de los shorts matapasiones de Caszely?) o los chicos de esta generación dedican más tiempo a trabajar oblicuos y abdominales. ¿Cómo ignorar las selfies o fotos que suben a las redes jugadores como Mauricio Pinilla o Alexis Sánchez, quien no pierde ocasión en sacarse la polera para disfrute de las hermanas Bolocco?

 Sí, lo admito: últimamente a Arturo Vidal —y con harto patriotismo hasta al mismísimo Gary— les encuentro un ‘qué sé yo…’

¿A qué se debe esta nueva veta de lujuria que descubro en mí? ¿Al paso de los años? ¿A la rutina del matrimonio? ¿O es sólo una trampa del marketing y del capitalismo salvaje que pervierte hasta a señoras respetables?

La respuesta es de todo un poco, aunque hay un clásico de la sicología que explica por qué mujeres bien nacidas comienzan a encontrar algo más que amorosos a futbolistas que, de jugar en los potreros, no pasarían de ser los chicos del barrio.

Se llama el efecto halo. Tal cual. Una especie de luz que envuelve todo potenciando lo bueno, pero que también puede provocar encandilamiento, como las luces altas.

Este efecto es, básicamente, una trampa del cerebro para hacernos creer que la característica dominante de una persona afecta al resto de sus atributos. Así, tendemos a evaluar positivamente rasgos azarosos de un individuo por la opinión general que tenemos de él.

Lo más común es juzgar según el aspecto físico. Abundan los estudios que demuestran cómo la gente piensa que las mujeres y hombres atractivos son además inteligentes, talentosos y buenos. O, al revés, que los menos agraciados tienen menos virtudes. Lo más increíble es que —como lo demostró un experimento de Nisbett y Wilson— a pesar que nos hagan ver que estamos equivocados, preferimos creer que nuestras opiniones no están contaminadas. Una investigación reciente, publicada por el Journal of business and media psychology, descubrió como los inscritos en un sitio de citas románticas online que sabían que las fotos publicadas en los perfiles de sus potenciales parejas eran falsas, insistían en que en la positiva impresión inicial, nada tenía que ver la imagen subida a la web. Esto era aún más evidente en el caso de los hombres para quienes, por una cuestión evolutiva, resulta más tentador elegir a una mujer por su apariencia, especialmente por su belleza y juventud.

¿Y cómo opera esto en el caso de los chicos de la Roja?

Bueno, quienes han estudiado el efecto halo saben que no sólo embruja una buena facha. El poder es otro gancho que otorga un aura de perfección totalitaria. Especialmente el poder que otorga el éxito. Entonces, no resulta nada raro que después de vencer a los uruguayos y de ganar en penales a los argentinos, encontremos que los jugadores de la selección de fútbol están para comercial de Calvin Klein. Y si a esto le sumamos la euforia de sostener la copa, claro, hasta a Sampaoli dan ganas de chasconearlo.

Por favor, que no se entienda esto como un ninguneo a los atributos de los chicos liderados por Claudio Bravo. Muchos están muy, pero muy bien (Pinigol es mi debilidad y hasta goles creo que le he visto marcar) y de sus físicos trabajados ni qué hablar, es cosa de observar a Alexis.

Pero, ojo, de un momento a otro, al primer traspié, el hechizo se puede desvanecer.

Por eso, miremos mientras podamos.