Como todos los lunes desperté entre gritos y el desgano de escolares atrasados para el colegio; la alarma insoportable de mi celular cada cinco minutos y un cielo que apenas amanecía. Caminé como zombie a encender la cafetera, mi única amiga en estas situaciones, mientras abría Twitter para saber algo del mundo. Apenas alcancé a llenar mi taza cuando leí el titular: Murió Julita Astaburuaga.

No la veía en la tele todos los días, no la conocí en persona, no estaba informada de cada paso que daba, pero por alguna razón la noticia me puso melancólica. Melancólica porque la amada Julita había partido; pero también por todo lo que se nos fue con ella.

Sentada en el living, alejada del bullicio matutino, media tristona, me quedé pensando…

La farándula chilena, como hartas cosas de este país, está bien podrida. Dedica horas a indagar el precio de las joyas que usan nuestras “celebridades” y calculando cuántas horas pasan en el gimnasio, persiguiéndolos en autos para que digan qué opinan de tal romance o infiltrándose en sus casas para ver qué hacen cuando están solos. De alguna manera, Julita representaba todo lo que la farándula no es: estilo, clase, interés por la cultura, buen gusto, encanto.

Con una vida como socialité que empezó en los años ‘30, ella quedó fuera de la era de las descalificaciones, la ordinariez, las siliconas y los autos deportivos; y por eso la gente nunca dejó de quererla y aplaudirla. Hija de un ministro y de una mujer de alcurnia, casada con un diplomático de las Naciones Unidas, nunca hizo gala ni de su poder, ni de sus contactos ni de su plata (que al momento de su deceso era lo de menos y por eso se hacía llamar una “pituca sin lucas”). Invirtió su tiempo, energía y recursos en apoyar a artistas y jóvenes emprendedores, sin hacer grandes conferencias de prensa para anunciarlo. Era lo que los nuevos ricos de Chile nunca van a ser.

No dejó herederas, no dejó discípulas, nos quedamos huérfanos. ¿Quién va a ocupar el espacio de la señora regia, moderna y simpática en alfombras rojas y eventos sociales plagados de gente prejuiciosa y aburrida?

Esta muerte nos duele porque es de nuestras últimas chilenas elegantes. No por sus carteras compradas en Milán ni sus vestidos obsequiados por nobles europeos. Me refiero a esa elegancia que hoy es tan escasa y que no tienen ni nuestros políticos ni nuestros empresarios: la de brillar sin aspavientos, luciendo lo único que vale y que hoy escasea: el encanto de la sencillez.

Nos vas a hacer falta, Julita.

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