Juan Yarur puede estar un día recorriendo Nueva Zelanda en helicóptero y al otro volar a Grecia, ir de paso por Santiago para seguir a Miami. Mientras, Di Mondo va de Londres a Saint-Tropez y luego a Mónaco. Llevó tiempo juntarlos. Había que encontrar un lugar común y que los representara ciento por ciento. Por eso esta entrevista es más que una conversación con el mecenas y coleccionista de arte Juan Yarur (32) y su primo Di Mondo (32), administrador de empresas, actor y fashionista. Es una propuesta que irrumpe en la ciudad ícono de la libertad de acción y de expresión, donde llamar la atención no es fácil, pero ellos saben cómo hacerlo. En el puente de Brooklyn, el distrito financiero, Columbus Circle y el penthouse del chileno Jaime Martínez, que mira al Central Park, se creó esta realidad paralela de un NY que rompe esquemas.

La reunión fue en el departamento que Di Mondo comparte con su pareja el diseñador Eric Javits, en Chelsea. Allí están las famosas máscaras de brillantes creadas por el dueño de casa, dibujos, pinturas, pocos muebles y grandes clósets.
Juan y Di Mondo bromean todo el tiempo, juegan, se abrazan, incluso intercambian ropa. Para esta portada posan vestidos con trajes idénticos de Dolce & Gabbana, pero en colores diferentes, diseños que compraron por coincidencia. “Siempre comentamos las colecciones apenas salen y muchas veces nos damos cuenta de que tenemos lo mismo sin habernos puesto de acuerdo”, aseguran.

Son primos en segundo grado. Tienen la misma edad. De hecho, cuando Juan nació en Santiago, el 9 de febrero de 1984, estaban bautizando a Di Mondo como Edmundo Huerta Cordero en Texas, donde nació y vivió hasta los 10 años. “Llegué como ángel de la ‘guardia’”, bromea Juan.

Los Huerta Cordero habían partido tras el golpe militar en busca del sueño americano, luego de que Hugo Huerta, el padre de familia, estuviera dos años preso en Marchihue y en Talca por su calidad de dirigente cooperativo. “Mi papá fue aislado, golpeado, torturado…”, cuenta Di Mondo escuetamente.

Pero no fue hasta los ocho años que se encontraron en Chile. “Ahí apareció Juanito con la tía Adriana, y la tía Cora (abuela materna de Juan), a quien dejaron a nuestro cuidado y la volvimos loca”, recuerda Di Mondo.

En EE.UU. se instalaron primero en Nuevo México y más tarde se mudaron a Texas, donde el padre fue administrador de una empresa distribuidora de carne. Allí creció Edmundo junto a su hermano Hugo, diez años mayor. Era un niño bueno para las manualidades, hacer shows y performances para los invitados de sus padres. Comenzó a practicar taekwondo a los tres años y lo hizo hasta los 20, llegando a ser cinturón negro tercer dan. Esta disciplina le dio tanta seguridad que se convirtió en un adolescente independiente y cuestionador. “Mi mamá dice que tenía interés en la moda y que desde muy pequeño empecé a vestirme solo. Era autónomo, Juan en cambio fue siempre absolutamente dependiente”, cuenta.

En paralelo, Juan creció como el menor de seis hermanos (tres por parte de padre y dos por el lado materno). Era en extremo tranquilo. “No tuve una anotación negativa hasta primero medio. Sólo quería estar con mi papá (Amador Yarur)”, agrega.

Los Huerta Cordero volvieron a Chile en 1994 y se instalaron en La Cruz. Durante ese tiempo los primos casi no tuvieron contacto. Hasta que Di Mondo, a los 18 años vio una revista que le llamó la atención. “Era la portada de alguien que me parecía muy conocido. Pensaba: ‘yo lo he visto’, ni siquiera leí el título y de repente me di cuenta de que era mi primo, entonces compré la revista, la llevé a mi casa y dije: ‘esto es increíble’”.
Ahí nació una admiración absoluta.

“En ese momento no teníamos un vínculo cercano, pero yo decía: ‘¡él es demasiado cool’. Para mí se convirtió en referencia de estilo, moda, de todo lo avant garde en Chile. Cuando posaba en photoshoots con autos súper cool, ese twist de querer llevar al país lo que estaba sucediendo en el mundo, porque en ese entonces no había acceso. Colaboraba, por ejemplo, con la revista Papparazzi, hacía sus columnas, hablaba de tendencias… Una maravilla para mí”. Interrumpe Juan: “Era igual que Ivana Trump cuando vendía los trajes Chanel a 20 dólares: ‘I bring to you people this Chanel… Paris’”.

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—DM: Juan ha madurado por supuesto, pero conserva muchos aspectos de entonces, pero los desarrolla con la gente cercana. Ya no le interesa la opinión pública. Está en el arte y ahí ha hecho una labor muy importante que me encanta, sigo admirándolo mucho.

Acostumbrado a mezclar prendas de Givenchy, Pucci, Lanvin… Sorprender con sombreros y tocados únicos, máscaras y chaquetas iluminadas por cientos de cristales —su marca registrada— y zapatos de impacto, Di Mondo armó para esta ocasión sus outfits que ya son parte de galas, inauguraciones y de las fiestas más exclusivas de la Gran Manzana, por algo es el hombre más fotografiado de NY, según The New York Times. Con esa impronta irrumpió en el último verano chileno y se tomó el Festival de Viña del Mar convirtiéndose en uno de los personajes más populares y la revelación en los programas de TV nacionales.

Juan Yarur, por su parte, nos acostumbró a puestas en escena desde adolescente. Creció con algunos escándalos, cumpleaños grandiosos, atuendos que comentaba todo Chile. Pero desde que creó Fundación Ama —hace ocho años—, en honor a su padre, se centró en el arte, convirtiéndose en un mecenas de alto vuelo que lo tiene como el único chileno miembro del comité de adquisiciones de arte latinoamericano del Tate Modern de Londres. Cada año un comité de Ama beca a un artista emergente para realizar una pasantía en Londres, además de organizar muestras como la que el año pasado trajo a Santiago a Lachapelle. De tanto viajar y mirar desde afuera, el año pasado decidió instalarse en Europa. Y aunque ese proyecto no resultó, todavía piensa en marcharse.

“Mi casa está en Santiago, pero no sé por cuánto tiempo más… Allí está mi familia, mis amigos, pero me siento más cómodo en Nueva York, incluso más que en Miami donde tengo departamento. En Manhattan está Di Mondo, siento un núcleo. Pero no tolero el frío”, explica.

—¿Qué te anima a irte?

—Las cosas están pésimo. Mucha inseguridad. A mí no me ha pasado nada, pero a gente muy cercana sí. Hoy vivo un poco asustado. No quiero vivir en un país así. Estoy pensando en irme de Chile.

¿Pero y tu trabajo por el arte?

—Es que me había desencantado del arte…

—¿Qué ocurrió?

—Por 500 cosas que me pasaron al trabajar con ciertas personas… El romanticismo se va a la cresta con el mercado. Pero fíjate que en este viaje me he vuelto a enamorar. Fui a una comida donde al escuchar lo que decía un grupo de artistas muy importantes volví a creer. Me sirvió para recordar por qué empecé a hacer esto.

—¿Por qué tanto desencanto, qué pasó?

—Por una serie de cosas. Mi fundación está hecha con mi plata, no es una empresa. Podría estar invirtiendo en otro lado porque nunca he ganado un peso con el arte. Por eso cuando más encima te patean en la cara todo el rato es: come on! Así que me agotó el asunto. Hoy estoy en reestructuración.

—¿Hacia dónde va esa reestructuración?

—Estoy cambiando, pero no he encontrado la fórmula. La fundación sigue, la beca está, en Gasworks hay una sala que tiene mi nombre… Estoy tomando este año para recalcular bien, por eso este 2016 no hay un becado.

La aparición de Juan en los medios asumiendo su sexualidad fue una inspiración para Di Mondo. “Quizá nunca lo hablamos, pero verlo así fue muy importante para mí. Fue mi referencia de que él podía ser súper cool, pero igual tener su sexualidad, estar bien, ser aceptado. Sin que él lo supiera para mí era un gran apoyo”.

Interrumpe Juan: “¡Qué bueno!, porque mi forma de salir del clóset no fue la más piola. Me vestí de mujer cuando cumplí 18 años”.

—Pero, ¿cómo enfrentaron a los cercanos?

—JY: Nunca estuve escondido. Mi papá y mi mamá no sabían, pero después les conté a todos. Mi susto, al principio, era que supieran mi apellido, entonces me ponía Torres como mi mamá. Porque Yarur es conocido, tenía miedo que alguien contara y se enteraran en mi casa.

—DM: Claro, lo entiendo. En mi caso nunca estuve escondido, pero era algo que no se hablaba. De todas maneras, ni Juan ni yo, nunca pusimos cara de hombre, de macho… No hubo engaño.

—¿Pero lo hablaron con sus papás alguna vez?

—DM: Yo nunca estuve en el clóset, así que cuando les conté ya sabían. Esto lo hice después del cumpleaños 20 de Juan. Me inspiré y ya, hablé.

Fue en esa época en que Juan y Di Mondo se hicieron amigos. “Empezamos a desarrollar la relación y claro… para mí era referente de cómo estar más cómodo con mi sexualidad, de ser como yo quería ser”, agrega Di Mondo.

—¿Sufrieron discriminación?

—JY: No. Es que estamos en una posición privilegiada. De mí podrían decir lo que quisieran, pero por detrás. En la cara nunca me han dicho nada. O sea, en la calle sí me gritaron cosas, pero nunca de frente. Igual en el colegio fue espantoso.

—DM: Cuando vivía en EE.UU., era hijo de latino entonces igual había cierta discriminación y cuando llegué a Chile era ‘el gringo’, pero nunca me sentí parte de un grupo. El bullying no me afectó, nunca me sentí víctima.

—JY: Esa es una de las cosas que más admiro de él, realmente le da lo mismo lo que la gente diga. Además, nunca responde una pesadez. Lo contrario de mi, que si me siento atacado respondo para humillar, pero él dice cualquier genialidad y de manera tan gentil, que la gente no puede contra alguien así. Al final todos lo adoran.

—DM: Yo no ataco porque nunca me he sentido víctima. Desde muy pequeño, como dije, he sido seguro de mí. Da lo mismo lo que me quieran decir o hacer, no me llega. Y en eso me ayudó el deporte de combate que practiqué toda la vida.

Edmundo comenzó a ser Di Mondo hace cuatro años, tras una larga introspección que partió en 2010. Una idea que no compartió con nadie hasta que fue realidad. “En un momento unifiqué todas las experiencias que viví y aprendí. Eso me llevó a entender quién soy y cuál es mi lugar en este mundo, con qué quiero contribuir. Sentí que había llegado un punto en mi vida de madurez y claridad sobre lo que quería y con eso vino el deseo de cambiar a un nombre que me representara”.

Trabajó con un astrólogo-numerólogo para llegar al nombre justo. “Al principio se escribía D Mondo, pero energéticamente por mi numerología de nacimiento faltaba un número, pero si poníamos la ‘i’ daba perfecto, y el sonido es el mismo: Di Mondo. Además, se creaban las dos palabras que en italiano son ‘de este mundo’, que es lo que desde niño sentía que era: de este mundo”.

—¿No te representaba el nombre que te pusieron tus padres?

—No era la misma vibración. Obviamente que había un significado importante porque mi abuelo materno se llamaba Edmundo y por eso me nombraron así, y sin conocerlo yo tenía un lazo muy fuerte con él, porque con mi abuela me escribían cartas y tarjetas de cumpleaños llenas de amor.

Juan se enteró del cambio de nombre junto con todos. “Estaba súper callado, me había comentado que iba a hacer algo importante, pero no tenía idea de qué se trataba. Lo puso en Facebook y ahí cambió todo”, señala Juan.

—DM: El fue uno de los primeros en decir que le encantaba. Para mí fue muy importante eso, me sentí bien y me di cuenta de que estaba todo conectado.

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Hoy está empeñado en mostrar ese espíritu a través de la moda. Y lo ha logrado en Nueva York como invitado a galas, beneficencias y fiestas. A pesar del éxito dice no buscar metas materiales. “Para mí lo esencial desde pequeño fue desarrollar la calidad humana. Me importa más cómo enfoco el cariño hacia las personas que lograr 100 mil nuevos seguidores, comprar un auto nuevo o hacer un viaje. Es una ley natural que todo lo que sucede exteriormente ocurre porque lo atrae un centro interior. Nunca imaginé que en este último viaje a Chile —por ejemplo— me dieran el honor de una gaviota (le entregó La movida de Canal 13). Y no fue por mis cuerdas vocales sino por mi persona”.

—¿Cómo ha sido el ser conocido en Chile?

—Tengo otra mirada de la moda y en el país ahora hay mayor desarrollo en esa área. Las redes sociales hacen que todos vean lo que sucede en el mundo. La gente notó mi sensibilidad en el vestir. Y en mi viaje en el verano pudieron conocer al hombre detrás de la vestimenta. El cariño de la gente me sorprendió, nunca lo esperé.

—¿Cómo piensas capitalizar ese cariño?

—DM: Siempre he sentido que tengo algo que comunicar. Hasta ahora ha sido a través de cómo me visto, lo que se ha convertido en una expresión artística.

—¿Qué quieres comunicar?

—DM: Un sentido de libertad y que uno se tiene que dar el derecho de vivir la vida que desea.

Di Mondo celebró 10 años de convivencia con Eric Javits. Se vieron en una cita organizada por la prima y la mamá de Eric. “Las encontré en Miami en una fiesta. Y a los cinco minutos la prima me dijo: ‘tu eres perfecto para mi primo. Tienes que conocerlo’. Vine por un fin de semana a Nueva York. El bajó desde su departamento a buscarme y fue amor a primera vista. Sentí que era el amor de mi vida, así como de telenovela… Me crean o no, sentí mi corazón latir, nuestros ojos conectaron y ¡pum!”.

El tenía 22 años y Eric 49. Interrumpe Juan: “El es un santo. Un encanto, amoroso, simpático, cariñoso, aparte de él, toda la gente que lo rodea…”.

—DM: Es muy generoso, me protege, me apoya, no existe nadie mejor en realidad…

—JY: ¿Podríamos clonarlo?

—¿Tienen planes de matrimonio?

—DM: Desde un principio hay un acuerdo legal, tenemos todos los derechos de los casados por si nos pasa algo, pero un nexo espirítual no hemos hecho. Por lo menos por mi lado, siento que quiero lograr algunas metas en las que yo sienta que nuestra unión civil y espiritual sea una celebración de todas las experiencias que hemos vivido.

—JY: ¿Entonces seré best man, me vas a vestir con el color más horrendo del planeta?, porque siempre a los amigos los visten de la peor forma, para que el novio se vea mejor…

—DM: No, no sé, en realidad, veremos los dos cuándo sea el momento de casarnos.

Juan, por su parte estuvo a punto de casarse. Tenía casi todo planeado —incluso la ropa— para principios de 2017. Tenía fecha y wedding planner listos. Pero la relación de cuatro años se terminó hace varios meses y se produjo un cambio profundo en él. “Siento tan lejana esa idea, ya no pienso en el matrimonio. Hoy, estoy muy bien con alguien y es chileno”, señala.

—¿Han pensado en tener hijos?

—DM: A mí me encantaría tener muchos niños.

—JY: ¡Yo también!

—¿Hablan de hijos biológicos?

—JY y DM: Sí con un banco de óvulos y vientre de alquiler.

—¿Adoptarían?

—JY: Encuentro que es una gran cosa la adopción, pero me gustaría tener mis hijos.

—¿Lo harías solo o en pareja?

—JY: Solo. No ahora, claro. Al principio pensé que era una condición muy importante estar con alguien, pero creo que ya no. De hecho, siento que es hasta mejor hacerlo solo.

—DM: A mí me gustaría tener hijos de mi propia sangre, y también que fueran biológicamente de mi novio. Entonces nuestros hijos serían medio hermanos. Me encantaría tener cuatro o cinco niños.