Si algo hace especial este día de San Valentín y cada día que el vikingo está en casa, es mi abrazo de la mañana. Nunca supuso transformarse en un hábito o en una tradición nuestra, pero hace unos años atrás, el día que el vikingo se fue unos minutos atrasado a su oficina y regresó casi instantáneamente para decirme “¡No te di un abrazo!”, mientras me envolvía fuerte con sus brazos y me daba un beso, morí de sorpresa, ternura y pasión.

Y así ha sido cada mañana desde entonces. Sin importar si estamos al filo del reloj o los ánimos hayan estado “encendidos” -y no precisamente de puro amor- nos separamos con un abrazo. Sin ser fatalista, nunca sabes qué va a pasar en el día.

Ahora me doy cuenta de que ese abrazo mañanero fuerte y apretado fue lo que más extrañé durante el año que estuvo en Kabul. El beso mañanero y el de la noche marcan las horas del día con las mini-vikingas, pero el abrazo que recarga energías, que sin palabras te dice “estoy aquí”, ese es del vikingo y lo extrañé. Es cierto, también suspiré mucho pensando en todas las cosas prácticas de las que él se encarga cuando está en casa, pero ese es otro tema.

Tal como en Chile, el día de San Valentín se comenzó a celebrar aquí en los ’90 y la verdad es que nunca ha prendido. Definitivamente, menos que en Chile. A mí me gusta celebrarlo porque creo que no hay que perder oportunidad de hacer algo entretenido y si hay un motivo, tanto mejor. Quienes leen este blog, se habrán dado cuenta de que con frecuencia hay alguna referencia a mi vida personal y créanme que no es fácil. Pero esta vez y a propósito del Día del Amor me gustaría comentarles acerca del oxígeno que creo que ha mantenido vivo el romance a través de los años y las distancias.

Me casé recién cumplidos los 30 y si hay algo que siempre he apreciado con inmenso cariño ha sido la libertad que hemos sabido mantener. Él tiene sus amigos, yo los míos y están también los nuestros. Él ha mantenido casi todas las actividades que tenía de soltero, yo en un país nuevo me inventé las mías y hay otras tantas cosas que hacemos juntos.

Tenemos nuestros espacios comunes y protegemos y respetamos con enorme cuidado nuestros espacios de soledad, privacidad y silencios personales. Las mini-vikingas, a quienes adoramos con el alma, no son nuestra vida sino solo una parte maravillosa e importantísima de ella, porque cuando se vayan de casa -muy a pesar mío- volveremos a ser nosotros dos… ¡como cuando nos encontramos casualmente en Seúl!

Todo eso lo siento resumido en mi abrazo de la mañana y es lo que le da sentido a esos días que no son de dulce sino de agraz, de rabias e histerias temporales en nuestras rutinas cotidianas y a veces neuróticas. Haber estado un año separados no es para celebrarlo con champagne –y se nos viene otro en el futuro cercano- pero ha sido saludable.

Sin duda alguna potencia las pasiones, da mil temas más de conversación alejados de las rutinas domésticas y ponen a tu pareja en una nueva perspectiva. Vuelves a mirar esa sonrisa que imaginabas solo hasta unos días atrás, te vuelven a seducir esos ojos y vuelves a seducir y jugar al misterio con los tuyos, no pones expectativas en ninguna llamada por teléfono, pero el mensaje de texto que viene de su número te vuelve a hacer sonreír.

Esta mañana olvidé mis llaves en casa y ni alcancé a maquillarme porque me apuré para poder irme en el tren con él cuando se iba a la oficina (trabajamos en la misma zona del centro de Copenhague). Ahí sentados en el tren conversando de las aventuras de la vikinga menor en Beijing o de los planes de la mayor para el verano hizo de éste el mejor comienzo de un San Valentín. Y en la estación final, un abrazo para el día, de esos que se sienten a través de las muchas capas de ropa invernal.

Si no lo han hecho, inténtenlo. No hay nada más gratificante que un abrazo bien dado y felizmente recibido.

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