Me consta que mis padres criaron a sus hijos para que fueran en lo posible ciudadanos con espíritu crítico, austeros, desprendidos y amables, y lo hicieron con lo que tenían a mano en el Chile de su tiempo: Mampato, la Editorial Aconcagua, Teleduc, misa los domingos, la ropa heredada y el lujo material como algo inexistente en nuestras vidas. Nos alentaban a leer y a recoger florcitas en el campo, como hacían no los hippies sino los católicos progresistas entonces. En Semana Santa no íbamos a la playa sino que pensábamos en la injusticia y en el dolor en el mundo, lo que era fácil porque podíamos ver ambas cosas muy cerca, incluso viviendo en Vitacura: había que querer saber, y se sabía.

En Semana Santa no íbamos a la playa sino que pensábamos en la injusticia y en el dolor en el mundo…

Pero digo que la memoria es una diabla porque después de todo eso, de Mujercitas, de Corazón, de Puck, del desdén por Corín Tellado, el mundo de Bilz y Pap y las ‘mujeres gomero’, de la cero importancia que mi madre daba a la ropa cara, las cremas y los rituales de belleza (quizá porque tenía una linda piel, y todavía), me acuerdo con impresionante nitidez de justamente todo lo que ellos consideraban tontera: las polveras Max Factor, la Miss Chile, la colonia 4711, una falda larga de seda que admiré por años y luego fue mía, lo feliz que estaba cuando aprendí a encresparme las pestañas con la cucharita rasca que se doblaba, los maquillajes y las revistas femeninas.

De esto había muy poco en mi casa, así que aprovechaba las visitas a mis primas para leer turros de Vanidades y probar ese curioso y fascinante artefacto que era el Pop Love de chocolate (¿idea mía o había uno de uva?). Miraba a mis primas dibujarse impecablemente la línea sobre los ojos con delineador Pamela Grant, ponerse rímel y la sombra celeste que se usaba, y rogaba por que algún día se entretuvieran pintando a la prima chica que las seguía hasta el baño para observar ese rito de la tribu conocido como ‘arreglarse para salir’, y que podía durar, sólo para la cara y el pelo, su buena media hora.

Crecí, no soy ‘mujer gomero’ —no tengo cómo— y ya no me interesa la Miss Chile.

Crecí, no soy ‘mujer gomero’ —no tengo cómo— y ya no me interesa la Miss Chile. Sé que la industria de la belleza vive de las inseguridades femeninas, y mi fe la trasladé a la ciencia. Y esta me dice que ni los antioxidantes ni las cremas caras sirven, pero también que es propio de mi especie recordar al milímetro una entrevista a Sophia Loren del año de la pera donde ella dice no hacerle caso a su maquillador, el mejor del mundo, porque ella sabe más de rímel que nadie. La cuestión es obvia pero se olvida, y es así: mi inconsciente admira a Sophia Loren, mi realidad es que tengo hoy un Pop love de chocolate (y sé más de rímel que nadie).