A propósito de El libro de mi madre, de Albert Cohen, la columnista decía que, siendo un libro duro y nada sentimental, le había provocado un sorpresivo ataque de llanto, y como nadie la estaba mirando, en vez de ir rápido a mojarse la cara aprovechó de llorar un ratito sin que nadie la molestara: “De la mitad en adelante lloré sin parar, lloré por mí, por mi mamá y por todas las madres de la Tierra, por las histéricas y por las fruncidas, por las arribistas y por las distraídas, por las castradoras y por las débiles, por las solas y por las mal acompañadas, por las sabias y por las medio estúpidas, que somos la mayoría, y lloré en tanta compañía porque todas las madres aman a sus hijos como pueden, como mejor les sale; porque los hieren sin querer, porque los marcan sin remedio, porque les legan sus taras, porque nuestro cometido es tan supremo como incierto su destino”.

Esa columnista era yo con cabros chicos. Tengo los mismos hijos que entonces, pero ya no son esos apéndices llenos de dulzura y piel de damasco y preguntas fáciles de contestar; ya no son esos muñecos tibios oliendo a emulsionado Simmond’s que genéticamente te predisponen a amarlos y cuidarlos toda tu vida porque, más allá del conocimiento racional del lazo de sangre, son irresistibles. Hoy me miran desde su altura de adolescentes bien alimentados del nuevo siglo, y si quisieran, fácilmente me podrían botar al suelo de un mangazo. Podrían confabularse y no hablarme más. Podrían amanecer levantiscos y oponerse a todas y cada una de las reglas de la casa, y posiblemente no ganaran, pero tirarían a la mesa argumentos suficientes para armar un debate televisado. Podrían hacer como que no me entienden ni un poco. Podrían actuar como si no oyeran el típico “esta casa no es un hotel”, que también yo oí en su minuto.

Podrían destruirme con un par de palabras crueles bien administradas. Podrían salir en la mañana y no volver.

Yo ya no tengo el poder —¿lo tuve?—, y esta circunstancia a las madres nos desconcierta su poco, qué te voy a decir. No me refiero por supuesto al poder de decidir cada paso del día de los hijos, como cuando tienen cinco años, porque en una relación sana esa pérdida del poder tiránico es para todas las partes un alivio. Hablo de ese poder aun más peligroso de ejercer, el de ir poco a poco depositando en ellos el sedimento de nuestras propias ideas, taras, heridas y dudas. Un poder involuntario y amoroso casi siempre, pero que instintivamente nos desconcierta perder. Como nos desconcierta —y divierte, emociona o preocupa— que los hijos crecidos tengan ideas, taras, heridas y dudas propias. Como las rueditas de la bicicleta, nos acostumbramos a ser guías incluso cuando ya no hay que guiar. Y ahora aquí estamos, felices, aterradas, con las rueditas en la mano, rogando que salgan al mundo pero que quieran siempre volver.