“Un pesimista es en realidad un optimista bien informado”, plantea una cita atribuida a Mario Benedetti sobre la que he estado meditando recientemente observando el espectáculo desde el “Caso Penta” hasta la votación en la Cámara de Diputados de la reforma educacional. En tal proceso encontré esta otra frase genial: “Un optimista es el que cree que todo tiene arreglo. Un pesimista es el que piensa lo mismo, pero sabe que nadie va a intentarlo”, del humorista español Jaume Perich. Llevándola al tema en cuestión, bien podríamos decir que el pesimista sabe que cuando los políticos son quienes van a intentarlo, probablemente tal arreglo no será una solución. Más bien un “arreglín”.

Esa manía de los editores de prensa por agrupar asuntos bajo “Caso x” si bien sirve mucho para elaboración de pautas, de cara a la opinión pública termina por desdibujar los hechos, llevándolos a una esfera abstracta superficial, en que las implicancias son desplazadas por el anecdotario. Se presta así un valioso servicio a los interesados en mantener el optimismo general, por cierto que en casi todos los “casos”, sin intención. Contrariamente a lo que piensan muchos, la gran mayoría de los informadores carece de tiempo y herramientas para profundizar, tampoco abundan los reporteros capaces de poner en contexto la noticia, ni menos espacios para desplegar un análisis. Por cada columnista o editorialista, ya sean de verdad independientes, estén al servicio de tal o cual ideología o poder fáctico o pontifiquen desde el propio ego, hay ejércitos de sacadores de cuña, sostenedores de micrófono y redactores de noticias desechables que, si apenas pueden armar una frase correcta con sujeto-verbo-predicado e ignoran el correcto uso de los artículos y conjunciones, mal podrían conscientemente dedicarse a desinformar. En este oficio pasarse de listo es un riesgo que más vale no correr cuando hay decenas de colegas esperando un cupo.

Sin embargo, muchas fuentes sí están interesadas en que la gente sea lo más optimista posible y deambule desde la cuna a la tumba sonriente y satisfecha, saltando de una esperanza de mejor calidad de vida a otra, comprando lo que no necesitan y votando por quien probablemente no va a cumplir su promesa, porque su verdadero compromiso está con quienes pusieron los recursos para sus candidaturas.

A primera vista no parecen tener relación el “Caso Penta” con la cerrada oposición de algunos parlamentarios a la indicación que penalizaba con cárcel el lucro en la educación con recursos públicos. Pero si uno se pregunta por qué a ciertos honorables les parece que un ladrón o estafador disfrazado de educador merece un trato distinto a cualquier otro ladrón o estafador, termina por preguntarse también cuáles y de quién serán los intereses que se defienden. Cuando acaba de destaparse un escándalo sobre relaciones poco claras entre empresarios de accionar tributario cuestionable –por decir lo menos- y aportes de campaña, cuestionar la independencia de quienes no defienden la igualdad ante la ley no solo es completamente lógico: es justo y necesario… No vaya a ser cosa que detrás de eso haya otro “caso” que destapar.

Así las cosas, con tal vez demasiada información, algunos no podemos sentirnos precisamente optimistas con victorias pírricas que poco y nada indican sobre el resultado de la madre de todas las batallas: terminar con la desigualdad  y la esclavitud camuflada en Chile.

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