La decapitación en vivo del periodista norteamericano James Foley, en agosto pasado, con un minucioso trabajo de producción, edición y en HD alcanzó a estar sólo un par de horas al aire, pero llegó a un millón de visitas. A pesar del repudio mundial, pasaron sólo dos semanas para que se viera nuevamente a otro periodista degollado. “Todo parece indicar que el terrorismo encontró otras víctimas, una nueva moneda de cambio para ejercer el terror”, asegura Guillermo Holzmann, analista político internacional. 

“Desde la aparición de ISIS los reporteros de guerra se han transformado en objetivos terroristas; son más alcanzables y no tienen el apoyo con que sí cuentan autoridades o políticos. Tomar a un corresponsal no sólo favorece a estos grupos a generar presión internacional, sino que además asegura la cobertura. Esto se debe a que ISIS tiene una existencia de corta data, y busca generar presiones más efectivas en corto plazo, y ahí los ayuda el uso de los medios de comunicación”, agrega.

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Según Holzmann, estas imágenes pueden aumentar después del nuevo anuncio de Obama de mantener los ataques sobre ISIS. “El objetivo es mandar mensajes donde se toma control y la manera más efectiva de hacerlo, es a través de los medios. Si el ISIS mantiene la coherencia de lo que está pasando, es muy efectivo y probable que volvamos a ver en poco tiempo más videos de periodistas degollados, y también del mundo árabe, ya que ISIS aumentará la presión hacia los países que apoyarán a Estados Unidos”.  

Para el periodista chileno Amaro Gómez Pablos la moneda de cambio es un guión conocido. “Recuerdo que con mi equipo estuvimos ahí, justo el mes y en la misma carretera que secuestraron a Steven Sotloff, el último periodista degollado. Podríamos haber sido nosotros. Dimos media vuelta y nos fuimos. Fue una corazonada, un mal presentimiento. En su momento no supe dar la explicación al equipo. Ahora, un año más tarde entendí la razón. Es extraordinaria la vulnerabilidad que podemos tener todos”, explica. 

Cuenta que el procedimiento es el mismo en cualquiera de esos sectores: los periodistas están obligados a ingresar con dinero en efectivo y equipo de cámara a un lugar desolado. “Es un espacio de poder vacío donde no hay amparo y abundan las bandas criminales y las político-terroristas. Si no te atrapan estas últimas, te agarran los delincuentes de turno que te despojan de plata y equipo”.

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Ahí es cuando se multiplica la ganancia y se vende al periodista a la facción terrorista que esté de turno. “Ellos te compran y si no te canjean, te ponen en YouTube para pedir clemencia ante la comunidad internacional. Lo que vemos con Foley es que existe y que todos tenemos esa tremenda vulnerabilidad. A cualquiera de los que estábamos ahí nos podría haber ocurrido”, reflexiona. 

El peligro para los reporteros no es algo que sólo se experimenta en territorios donde hay guerra como Siria, Gaza e Irak, sino que también en lugares de ‘paz’, donde los periodistas que cubren temas como el narco están obligados a vivir situaciones de terror, peores o más fuertes que las que sufren quienes están en el frente en Medio Oriente. 

México lleva la delantera con más de 80 periodistas asesinados en los últimos años, además de una cifra de desaparecidos y secuestrados indefinida, según el Committee for protection of journalist (CPJ).

“El 41 por ciento de los reporteros que cubren violencia en México sufren depresión o estrés, incluso en mayor proporción que los periodistas de guerra”, aseguró el estudio de Méjico Herido de la UNAM. Además, el texto agrega que los profesionales mexicanos en su mayoría viven en las mismas zonas que reportean, a diferencia de los de guerra que viajan o son enviados a las de conflicto y eso genera un estrés y trauma más alto que estar en el conflicto directamente. 

“Cuando supe lo de Foley, no me sorprendió. Aquí vemos estas situaciones todos los días, el terror es algo con lo que convivimos”, cuenta Alejandro Almazán, periodista de Gatopardo

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Almazán lleva más de veinte años cubriendo el narcotráfico, ha escrito tres libros —todos récord de ventas— y ha ganado más de tres veces el Premio Nacional de Periodismo mexicano. Saltó a la fama con El más buscado, una biografía no autorizada del Chapo Guzmán, uno de los capos más crueles y que hoy está preso. 

Para Almazán reportear a los narcos es más peligroso que ir a la guerra, “ya que éste es un espacio donde nadie te proteje. Porque cuando hay poder no hay nada bueno. Ni la policía, ni la autoridad se preocupan de salvar tu vida. Todo el mundo está metido y te quieren ver muerto. El gobierno da una imagen de que ‘acá nada ocurre’, que la violencia se acabó, pero es mentira”. 

Confiesa que durante las últimas semanas él y sus ‘amigos’ como llama a sus colegas que también cubren narco, han estado recibiendo amenazas. “La semana pasada me abrieron las ventanas y las puertas de mi auto. Fui a ver y no me habían robado nada. Estoy seguro de que me están buscando de nuevo”, señala. 

“Los círculos del reporteo en la guerra son tres; el primero es de tus amigos, el segundo, de los conocidos, y el tercero, de los conocidos de los conocidos. Cuando tienes que hacer un trabajo en este último estás perdido y tu vida corre peligro. No te puedes salir del primer círculo”, señala Alejandro Almazán. 

En un viaje a Ciudad de Juárez cuando reporteaba a las mujeres desaparecidas de esa ciudad, Alejandro cruzó ese límite. 

Fue hasta allá para comprobar alguna de las macabras teorías que tenía para dilucidar este caso. La primera, es que a algunas las mataban porque eran entregadas como ofrenda a la Santa Muerte —como le dicen a la muerte en México— cada vez que los narcos cruzaban droga y la segunda, aún peor tenía que ver con el placer. Cuando llegó al hotel, recibió el mensaje de que no podía quedarse en ese lugar. Lo persiguieron hasta que abandonó la zona, y le dijeron que si seguía averiguando lo matarían”, cuenta.

Hoy tiene rabia, confiesa vivir en un país indolente, que no se moviliza con los ataques, desapariciones y asesinatos de periodistas. “México necesita con urgencia la reconstrucción del tejido social, está todo dañado, hay mucha sangre derramada y los periodistas no podemos hacer nuestro trabajo”, cuenta. 

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Ha visto demasiadas cosas, demasiada sangre, historias que suenan a ficción como la de Lino Portillo, un asesino de la masacre más grande que haya tenido Culiacán, donde asesinaron a más de 40 personas con motosierra. “Tengo que conocer al diablo”, pensó y partió a buscarlo a la cárcel, y después de varios encontrones con capos del sector que le advirtieron que no se metiera sintió que debía volver. A la semana siguiente, cuenta que comenzaron a caer los cercanos, los involucrados con la historia. 

Fue entonces cuando un conocido lo llamó, y le explicó que sabía lo ocurrido en ese lugar. Fue hasta donde el viejito, y dos días después se enteró que lo habían matado. 

“Me sentí tan mal luego de eso, ellos querían ir por mí, pero lo mataron a él, y el pobre no tenía nada que ver con eso”, comenta. 

“El muertito sabía a borrego”, decía un titular al día siguiente. 

“La gente me pregunta por qué me dedico a esto, por qué escribo estas historias, por qué llego a hablar con los narcos. Cuando los entrevisto, primero me consigo el dealer, que es la forma más fácil de llegar a ellos, y luego voy por el secundón, y así vas subiendo de categoría. Les pregunto desde sus familias, de lo que piensan de sus hijos, no me interesa saber a cuántos han matado o esas cosas. Lo que me interesa saber es de su vida, qué les da satisfacción. Lo que quiero es entenderlos, no justificarlos, porque la muerte no se justifica con nada”. 

Cree que todo viene de su infancia. Cuando a los seis años vio el primer cadáver. Recuerda que en su barrio había muertos todos los días y que cuando llegaba la policía, lo que hacían era cerrar las puertas. “Fue ese silencio el que me llevó a contar estas historias. La verdad es que yo veo esto como una obligación, como un deber con la patria”. Cuenta que extraña a sus amigos del barrio, que muchos de ellos se perdieron en el tiempo, que quizás algunos son secuestradores o narcos, y a muchos otros los han matado como a su colega Oscar Rivera, asesinado con 200 tiros afuera de la oficina.

“Debemos ser locos para hacer estas cosas, como Foley que quería estar donde se desarrollaba la historia. Los libros te escogen y las historias también y a mí me tentaron las que no tienen un final feliz”.