No hay caso. Mi desorientación es total. De hecho mi vida se divide en antes y después de Google Maps. Pero gracias a este defecto he visto más lugares y he conversado con más gente de la que nunca imaginé.

El año pasado celebré cuando John O’Keefe, May-Britt y Edvard I. Moser recibieron el Premio Nobel de Medicina por descubrir el GPS interno del cerebro. Así pude constatar que el mío, desafortunadamente, vino con algún problema de fábrica. Tanto que hoy mi vida se divide en antes y después de Google Maps.

Me he perdido, al menos una vez, en cada ciudad en que he puesto los pies. Y no se llegan a imaginar cómo lo he disfrutado. Al comienzo me desesperaba. Me hice el hábito de comprar un mapa en cuanto aterrizaba en un lugar. Me gustaba –y todavía me gusta– usar el transporte público para aproximarme de mejor forma a los lugares. Por supuesto, intentaba buscar algunos puntos de referencia –alguna montaña o un rascacielos– lo que me otorgaba cierta seguridad. Sin embargo, era un hecho: me perdería sí o sí, a pesar de esa última edición revisada del mapa que llevaba en mi cartera.

Con el tiempo cambié de actitud: lo asumí como parte de mis viajes, dejé de llamarlo “perderme” y lo transformé en “aventurarme”. La desesperación se transformó en sorpresa, en entusiasmo por explorar.

Eso hizo que mis recuerdos cambiaran de historias grises y agobiantes, a memorias divertidas y espontáneas de encuentros con la gente local. Creo que he visto, gracias a mi desorientación, más lugares y he conversado con más gente que la que jamás imaginé.

Al inicio de los tiempos aparecimos el vikingo y yo en la estación de Xi’an, la ciudad del ejército de terracotas en China, a las 5 de la mañana de un gélido día de invierno. Nos tomó nueve horas, mucho lenguaje de señas, una gran dosis de paciencia, sin desesperar, y una cantidad de lugares de los que ni siquiera nuestros amigos chinos habían escuchado, llegar a las famosas terracotas.

El año pasado corría “entaconada” y desesperada para llegar a una reunión con la prensa de Alexander Wang en París. Escuché un acento español y pregunté rápidamente qué tan lejos estaba de la Rue Commines. Estaba al lado, sólo en la dirección opuesta a la que iba. Corriendo como loca –lo sé, cada una corre como puede- me di cuenta a la media cuadra que le acababa de preguntar ¡a Javier Bardem! Eso sólo ocurre en París y hace que los despistes se transformen en una aventura.

Me di cuenta de que los mapas –los de papel y los electrónicos- tienen otra vida cuando de pronto te muestran esa esquina desconocida en la que te encuentras. Paralelos, meridianos, calles y avenidas cobran otra vida y color.

La aventura, con o sin tacos está a la vuelta de la esquina o 15 cuadras hacia el sur, el punto es no desesperar, sino mirar y grabar los puntos que te traerán de vuelta al punto de inicio. Tal vez jadeando y respirando rápido pero con una nueva historia para contar. Mejor aún si esta vez la “célula cuadrícula” y las de posicionamiento han logrado funcionar para que te desplaces en la dirección correcta. Recomiendo, eso sí, llevar zapatos cómodos: nunca se sabe cuándo te atrapará una nueva “aventura”.

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