En cierta ocasión, una señora muy elegante y distinguida se apersonó en la consulta de Pedro Engel. Abrió la puerta e ingresó a aquel recinto rebosante de incienso, libros, iconos, duendes, brujitas, amuletos, y, por supuesto, cartas de tarot.
La mujer se sentó con mucha delicadeza. Puso una pierna sobre la otra y dijo con cierta solemnidad: “Don Pedro, yo vengo a que usted me vea”. Él la observó detenidamente durante muchos minutos, guardando silencio absoluto. “¿Y las cartas?”, preguntó ella.

“Usted me dijo que la viera a usted y eso estoy haciendo”, contestó él. “No, yo quiero que me vea el pasado, el presente y el futuro”, replicó la dama. “No sé, le juro que no sé eso que usted me pregunta”, dijo Engel.
No lo hizo con afán irónico, bromístico ni lúdico: le dijo a la dama la verdad. El taro, según el modo de ver las cosas que posee Engel, es un oráculo que merece todo el respeto de las personas: para invocarlo y consultarlo hay que tener dudas o conflictos concretos que requieran Las orientación de las cartas.

Pedro Engel lleva muchos años dedicados al estudio de este saber que aprendió de niño y que aún no deja de producirle asombro y emoción. Atiende a sus múltiples clientes en su oficina -una suerte de choza barroca y hechizante- y además participa en el programa matinal RTU. Este año lanzó el libro Tarot básico (editado por Zig-Zag), que arroja luces prácticas a la vez que envolventes acerca de esta práctica.

La capacidad de contactar a la gente con lo primitivo, con algo profundo e inexplicable, es lo que le gusta del tarot. No lo galla para nada un reemplazante del diván psiquiátrico y lo ve mucho más como un juego que como una terapia.

¿Qué le parece a usted el boom que actualmente tiene el tarot en este país?

– A mí me gusta que el tarot esté de moda, que se conozca, que ya no esté escondido bajo siete velos en las escuelas esotéricas. Es lindo que la gente lo use de forma cotidiana: que esté junto a otras cosas. Aparentemente hay una frivolización del conocimiento oculto, y eso me gusta. Es rico que, así como podemos jugar a hartas cosas, podamos jugar también al tarot.

Tiene, entonces, una dimensión muy lúdica esta práctica.

– Claro, es como un juego. Y con el tarot los adultos hemos vuelto a jugar. Hay que pagar, claro que sí, pero no importa tanto eso, porque a veces pagas lo mismo por hacerte rayitos. La cosa de la plata es ambigua. Y lo más importante es tener actitud de juego. Es muy interesante que, de repente, gerentes o presidentes de grandes industrias vengan aquí como a jugar; que dejen su racionalidad y se enfrenten a unas cartas, a jugar, a preguntar. Detrás de eso hay una sabiduría un poquitito perdida en la civilización de cemento.

¿Cómo así?

– El tarot de pronto te conecta con mitos, con símbolos y arquetipos que te hacen recordar otra época, en la que el ser humano  vivía como con más contacto con el amor, con la diosa, con la naturaleza, con símbolos. A mí me da lipiria cuando veo en las revistas qué hay cinco mil quinientos tarotistas, pero también lo encuentro rico: es como el boom de las peluquerías. De repente en todos los barrios empezaron a aparecer peluquerías donde tiñen, hacen rayitos y todo. Y la gente aprendió a soltarse mad trenzas, a jugar con su pelo y a ser más sensual. Que todo el mundo lea el tarot es beneficioso, porque es como que se pudieran de moda las lapiceras Mont Blanc y, gracias a eso, la gente aprendiera a usar cosas buenas.

O sea que lo de la moda es algo ambiguo.

– Claro. A mí el tarot me lo enseñaron de chico y vengo de una familia como bien esotérica, si tú quieres, de raíces muy profundas en lo místico, y el tarot era una posibilidad más de autoconocimiento y de encontrarse.

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¿DE QUÉ TE SIRVE?

Usted trabaja en la televisión, además.

– Sí y me gusta que el tarot esté entre el shampoo Linic, la revista Caras y el pollo King; que el tarot sea parte de la vida de las personas, que no esté un señor por allá arriba leyéndolo. Yo creo que el mundo necesita un poco de magia. Sin la magia, esta civilización estaría destruída. Hay que devolver al mundo al oráculo. El oráculo es algo tan antiguo, que tiene que ver con la sanación, con conocerse a sí mismo, con jugar…

Con creer en algunas cosas…

– Sí, pero más que con creer, tiene que ver con jugar. Es un momento. Muchas veces llega gente y me pregunta si puede grabar la sesión. Yo le digo que no le va a servir, porque la sesión es el juego que tenemos ahora. Es como grabar una sesión del casino. ¿De qué te sirve? El tarot es una magia que se produce en un momento, y quizás alguna noche conectes eso con otra cosa que has pensado y reflexionas.

¿Y usted le adivina cosas a la gente?

– No, yo nunca le leo el tarot a los que me dicen “dígame algo”. Yo no coopero con la flojera espiritual del ser humano. Si tú quieres leerte el oráculo, me traes anotadas tus preguntas y me tienes que decir para qué quieres abrir el oráculo. Nada de eso de echarlo para ver qué nos dice. Porque el oráculo es como una brújula, una orientadora, un amigo antiguo y sabio, un modelo del cosmos que sirve para orientarte dentro de lo que te está pasando en ese momento. Pero primero uno tiene que ubicarse y saber dónde está, y eso se hace a través de las preguntas.

Pero supongo que hay personas que vienen para preguntarle qué va a pasar pasado mañana o si se van a resbalar con una cáscara de plátano; o sea, con vaguedades.

– Si la pregunta es precisa, le puedo responder. Si no, no. Y les digo que no les puedo contestar. Más que adivinar, me doy cuenta que las personas, cuando toman contacto con los arquetipos, los monos, los dibujos del tarot, les van pasando cosas, y la respuesta no es lo importante. La respuesta final la entiende la persona. Van pasando cosas y el tarot te va orientando. Es como una conversación contigo. Es un mapa que te muestra que si te vas por ahí te pasa esto, y si te vas por allá te pasa esto otro. Es como pagar una hora de tu tiempo, que quizás, si no la pagas, no te la das para reflexionar sobre qué hago frente a tal cosa.

SECRETOS DE ALMOHADA

¿Qué tipo de orientación es la que brinda el tarot?

– Yo creo que es como consultar con la almohada. Como cuando a veces tienes una duda y sientes que no has actuado bien frente a tal situación o sientes que estás en la duda de si lo que te ofrecen te interesa. Es como si mañana te llamaran de otra revista y te ofrecieran el triple de tu sueldo. Seguramente, quedarías en ascuas. Si juegas con el tarot, te va a mostrar algunas cosas, y así puedes ir viendo qué va a pasar si tomas ese camino y te arriesgas. El tarot te orienta en cosas que son útiles. Por ejemplo, yo tengo varios clientes que son de grandes empresas y parece que el tarot es un buen asesor de negocios, incluso de la Bolsa. Otros llegan con problemas espirituales o religiosos. O viene una empleada que quiere saber si se cambia o no de trabajo, o un taxista que quiere saber si se compra el Lada o no, etc. Ahora, como dice Jung, los oráculos no se ofrecen acompañados ni de pruebas ni de demostraciones ni de alardes de nada. A la gente que le interesa el autoconocimiento, que lo use. El que lo halle una idiotez está en todo su derecho.

¿Cuáles son, a su juicio, los espíritus más reacios a entrar en diálogo con el tarot?

– Tuve una experiencia hace poco que me da harta pena. Yo trabajo en el Canal 11, que lo quiero harto, y me invitó Ricardo Israel, a quien también aprecio mucho, al programa Domicilio conocido. Estaba ahí este pelucón, Fernando Villegas, con una amargura impresionante, haciendo este papel de enfant terrible: fíjate que me cometió una falta de respeto tan grande. A mí me invitaron para una sección que va al medio y que es como para amenizar un poco el debate político. Cuando me tocó a mí, Villegas me dice: “¿Se gana plata vendiendo la pomada a las viejas ociosas?”. Yo me tupí, porque yo no había ido para eso. Yo no tengo ningún interés en defender nada. No creo que haya verdades absolutas. La verdad no existe: para cada cual hay una propia. Y me di cuenta que Villegas es el prototipo de personaje de la sociedad de hoy: amargo, no cree en nada, se ríe de todo; como que tiene  una amargura tan grande en el alma. Esa gente es imposible de reencantar, como que ya la magia no tiene nada que hacer ahí.