Hace dos blogs atrás les dije que les comentaría sobre una tentación absoluta que pensé que había dejado en el Viejo Mundo. Hablaba del chocolate y el punto es que jamás he sido chocolatera. Es más, mi pasión total son los helados, debilidad que es compartida por mi familia, en cualquier época del año. Pero mi pasión chocolatera comenzó de una manera “extraña”.

Cuando vivía en Hirtshals, en el norte de Jutlandia, disfrutaba enormemente cuando mi vecina islandesa Johánna, volvía de sus vacaciones en casa de su familia en las cercanía de Reykjavik. Ella es una magnífica experta en terapia craneosacral, siempre inquieta por nuevos tratamientos, gracias a lo que probé, por ejemplo, el masaje de piedras volcánicas calientes -una maravilla- … y el masaje de chocolate. ¿Qué quieren que les diga? Un verdadero placer. Cuando tras una exfoliación completa te esparcen una exquisita mezcla de chocolate y aceites esenciales sobre el rostro y cuerpo, y la sensación de las manos en movimientos circulares pareciera quitar de tu vida toda huella de preocupación, tensiones y hasta las malas ondas.

Cuando terminábamos, además de sentirme claramente renovada y con la piel humectada e hidratada, y feliz de otros cuantos beneficios saludables que tenían que ver con el efecto de los antioxidantes, mi humor solía estar en un nivel superior. Mi amiga me decía que la producción de endorfinas era estimulada por el chocolate y he ahí que yo me sentía de maravillas. Al llegar a casa, recuerdo que las niñas eran la primeras en gritar “mami, que rico hueles!” y el vikingo -un goloso que no puede resistirse a una barra de esta delicia- era bastante generoso con los cumplidos acerca de los resultados en mi piel y mi ánimo. De más está decir que sigue en el tapete el tema del efecto afrodisíaco del chocolate en cuestión.

Ya entusiasmada con este milagro de sabor de la naturaleza, de la mano de otra amiga, esta vez mi querida belga Erika, descubrí el mejor chocolate que había probado en mi vida y caí perdida en sus redes de sabor y placer casi culpable. Se trata de los chocolates Leonidas, una de las marcas belgas de mayor renombre… y creo que no peco de entusiasta si digo que es la número 1. El sabor, el aroma, la textura de sus diversas variedades son un sueño y casi te deja al nivel del vicio. Comerse “sólo 1” es sencillamente imposible; no hay voluntad que se resista. En Dinamarca no se les encuentra, de modo que mis tentaciones sólo debían satisfacerse con la compra online o cuando Erika volvía de sus viajes a casa. Y bueno, al mudarme a Chile pensé que quedaba atrás, al menos por un año, esta pasión oscura e irresistible.

¡Pues no! Casualmente, pasando por Las Tranqueras mi sorpresa fue enorme y gloriosa al ver el conocido letrero con la palabra mágica sobre fondo azul: Leonidas. No lo podía creer. Ahí estaba la chocolatería de mis sueños y además con un café en el que cualquier mal-rato del día se olvida nada más sentarse en una de sus mesas y la cotidianidad se saborea con un placer diferente. Con la vikinga chica acá y acusando los efectos del frío invierno que nos recibió, Leonidas ha sido un lugar para pasar el frío y las nostalgias de la separación de los que quedaron en el reino escandinavo. Lo mejor es que me gusta que mi hija esté rápidamente internalizando algunos hábitos de vida profundamente chilenos y me encanta cuando me dice “¿no crees que hoy es un día para “una once” en Leonidas?”. Eso de que ya asuma el tema de la once es todo un avance de identidad local, digo yo.

En fin, si encuentran un lugar para darse un masaje de chocolate, decídanse a probarlo, y si tras él se sientan a disfrutar unos chocolates belgas de los que ahora tenemos en Chile… no se pierdan la experiencia.

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