Valiente. Le dijeron a Densi Ticona (27) una joven aimara del Valle de Chaco en la Región de Arica y Parinacota, cuando le contó a su familia que tendría a su primer hijo de la manera en que lo hizo su bisabuela. Sin miedo y sin escuchar las advertencias de su madre, se informó del proceso y se preparó.

“No conocía mujeres de mi comunidad que hubieran parido así. Sabía de una partera aimara y me contacté con ella. Me contó sobre el programa Jallalla (Parir como en casa, en quechua). Aunque no tuve el apoyo de mi familia, porque les daba algo de miedo, me atreví igual. Quería recuperar la tradición”, dice Densi.

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Desde el año 2009 el programa Chile Crece Contigo creó en distintas ciudades del país las salas de nacimiento ancestral, con el objetivo de recuperar ritos milenarios de parto en diferentes grupos indígenas. Un trabajo conjunto con parteras de la comunidad con las que se ha perfeccionado la técnica desde un enfoque científico, pero sin perder la importancia emocional que significa para la mujer y su hijo este proceso. 

Muchas de estas costumbres se habían perdido, a principios del siglo XX, cuando el Estado a través del Ministerio de Salud combatió la institución de las parteras como forma de prevenir la mortalidad de la madre y de los hijos en el nacimiento. “Esto trajo consecuencias positivas en la salud obstétrica, pues los partos comenzaron a hacerse en mejores condiciones y con estándares de salubridad de acuerdo a los usos occidentales”, comenta Sonia Montecino, antropóloga y académica de la Universidad de Chile.  

Pero a la vez significó que un grupo importante de mujeres perdiera el vínculo cultural con la maternidad tan importante en los pueblos precolombinos.

Por eso Densi siguió adelante con su plan de experimentar el Jallalla. “La preparación comenzó a los dos meses de embarazo junto al doctor y la matrona. Lo más importante son los masajes en la guatita con hierba mate, para botar todo el hielo que puedan tener en el cuerpo”, explica Julia Huanca, partera aimara quien ha asistido más de 40 nacimientos con esta antigua tradición. 

Cuando comienza el trabajo de parto se prepara la sala donde hay una cama con aguayos. “Se realizan masajes y se abriga a la mujer con un poncho para que transpire, porque esto ayuda a mejorar la dilatación y apresura el alumbramiento. No se les administra anestesia, sólo hierbas preparadas por parteros. Tienen dos opciones: dar a luz arrodilladas o acostadas en la cama, ellas eligen, nunca se les obliga a hacer algo que no quieran”, cuenta Huanca.

Este programa es inclusivo para todas las mujeres sin importar su origen étnico.

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Leslie Riroroco (35) también optó por la maternidad autóctona, pero desde su profesión de matrona. A pesar de ser descendiente de rapanuis ella tuvo a sus hijos en Santiago simplemente porque estaba viviendo en la capital. “No me quedó otra, tuve a mis niños acostada y con anestesia”, recuerda. Por eso, apenas pudo regresar a Isla de Pascua hizo maletas y se radicó en su tierra. De eso ya van siete años. Hoy trabaja en el programa de Chile Crece Contigo que en Pascua se llama Pe nei te poreko: así nacen los niños y niñas en Rapa Nui. “Hemos ido puliendo las técnicas. Antiguamente se ponía una soga por encima del vientre y se amarraban las manos en la espalda, dejando a la mujer en posición firme y de pie, mientras las parteras se encargaban de los masajes”, cuenta Leslie. Lo simbólico viene después, cuando se entrega la placenta. “Esta tiene una importancia ancestral muy potente en la Isla. Simboliza la unión y agradecimiento con la tierra. La familia la recibe y la planta con un árbol y realizan una celebración.  

“Árbol y niño van creciendo juntos, mientras padres y abuelos les enseñan a cuidarlo. Porque ahí está el símbolo de su vida y unión con la tierra. Les muestran cómo proteger el entorno, algo muy importante para nuestra cultura. La madre y su hijo estarán unidos siempre, cuando ella ya no esté, habrá algo en la tierra que hablará de ella y del amor por sus hijos”, concluye Leslie. 

La madre de Marisol Martínez Lincopi era la más entusiasmada con la experiencia. Marisol fue la segunda mujer mapuche en recibir la placenta de su hijo el 2014. Un rito ancestral que está recuperando el hospital Kallvu Llanka de Cañete. “Primero la placenta es leída por la peñeñelchefe, matrona o partera mapuche, ella nos dice lo que va a pasar, cómo será la guagua”, cuenta Marisol.

Luego la familia hace una pequeña celebración junto a un canelo, el árbol sagrado. El padre del recién nacido realiza una oración en agradecimiento a la madre tierra por darles la oportunidad de recibir un nuevo integrante y como ofrenda entregan la placenta para que cuide de su hijo, la familia, los ancestros y descendientes. Una vez finalizado el rito, la familia celebra en privado y tranquilamente por respeto a la madre que viene saliendo del parto”, explica Elizabeth Raima, matrona mapuche.

“Este órgano es una extensión de nuestro cuerpo. Si la botamos a la basura o quemamos, se está negando parte de ella y con eso vienen las enfermedades”, explica Elizabeth desde la creencia mapuche. “Muchas personas que llegan enfermas acá es porque se desentienden de su placenta. Los mapuches nos preocupamos y agradecemos a la tierra por lo que nos dio y se la devolvemos como agradecimiento. En ella está nuestra raíz, nuestra historia genética. Entonces nadie quema un árbol, porque eso sería destruir el propio origen, las raíces”.

A diferencia de la costumbre aimara y pascuense, la mapuche no acepta a mujeres de otra comunidad para hacer este ritual. “Debe ser mapuche o estar casada con un mapuche”, sentencia Raima.

La antropóloga Sonia Montecino valora el rescate de la maternidad en los pueblos ancestrales.

“Hay que guardar los testimonios de las personas que vieron nacer a sus hermanos o a sus hijos. Construir una memoria personal y colectiva de las antiguas maneras de nacer. Ese momento es clave para el sujeto, es la marca inicial, por ello cómo se nace, con quiénes y en qué espacio es fundamental para la construcción de un nuevo tipo de sociedad, más humanizada”.