El Mundial es algo que nos fanatiza desde el primer momento. No sabemos muy bien porqué pero, nos interese o no el fútbol, terminamos todos hablando de eso.

Lo cierto es que el mes de la Copa del Mundo nos atraviesa en todos los ámbitos de la vida. Nos pintamos la cara y compramos cotillón para ver cada partido como si fuera el último. Nos vestimos de los colores de nuestros países, y en el momento en que llega el juego no importa nada más.

Si nos toca en horario de trabajo, entonces acomodamos todo para dejar libre el momento del partido, le rogamos a nuestro jefe apelando al sentimiento nacionalista, y hacemos promesas estrambóticas del tipo, “todo estará listo antes del partido”, o “dejé todo arreglado para poder trabajar tranquilos después, ya nos organizamos”.

Así como en el mundo laboral y el mundo emocional, el Mundial es una situación que también nos altera nuestra vida en pareja. Me detuve a observar cuál era la forma de reaccionar de los que estaban de a dos, alejada de ese prejuicio absurdo que sostiene que las mujeres no sabemos nada de fútbol y que sólo molestamos, defendiendo al género como una fanática de la pelota y de la Copa del Mundo.

La pregunta es ¿cómo reaccionan las parejas en momentos de Mundial? Mi trabajo no fue difícil, sólo se trató de observar detenidamente el accionar de cada micromundo, con la premisa anterior de entender que la vida está alterada por esta situación extraordinaria.

La primera me la contaron. Ellos decidieron ver el partido juntos. En ese momento, ambos sabían de las debilidades de cada uno, pero aún así, decidieron verlo de esa manera. Ella muchas veces consideró que su pareja era demasiado apasionada, así que intentó hablar lo menos posible y sólo atinó a abrazarlo para que él pudiera festejar el gol. A él, por el contrario, poco le importó todo lo que no tuviese que ver con el partido, entonces el festejo y el grito de gol, además de los garabatos por el arbitraje, fueron cuestiones súper espontáneas. Lo mejor de todo fue el logro de la mujer: su compañía –meditada y planeada con anticipación– fue tan imperceptible como ella durante los 90 minutos.

La segunda fue en un bar, lugar en donde el clima se vio interrumpido por discusiones en momentos importantes. Él se pidió una cerveza y unas papitas para picar en la previa, ella sólo una bebida light. Conversaron de una manera muy fluida, comentaron sobre lo que decían los periodistas antes del partido y se rieron juntos cuando enfocaban los disfraces más divertidos de la gente que estaba en la tribuna. Empezó el partido y ambos mantuvieron la calma, ella comentó algo sobre una sanción del árbitro y él reaccionó de una manera bastante agresiva.

Comenzó una discusión entre ambos que, en el peor de los casos, uno la tendría dentro de las cuatro paredes de la habitación. Lejos de sentirse desubicados porque estaban en un lugar público, la “pelea” se agravó. Ambos se sentían expertos en el fútbol, por lo que pude escuchar se trataba de dos conocedores natos, las otras mesas observaban atónitos. Estábamos presenciando un pleito entre fanáticos. Nada caótico, hasta un tanto divertido.

La tercera fue en la casa de unos amigos. A ella no le gusta el fútbol pero es fanática de Chile así que, se puede decir que es “su” mes para ver partidos. A él le encanta y los fines de semana son sagrados. Nos invitaron a mí y a cuatro amigos más a compartir el fanatismo (porque el Mundial también es una excusa más para juntarse a comer asados y tomar piscolas).

La situación no fue muy diferente a nuestras “juntas de siempre”. Acá el alboroto no lo protagonizaron, por lo menos al principio, los emparejados. Ella se enojó por un comentario que hizo uno de los amigos, él fue a su defensa y ella se enojó también porque entendía que no necesitaba que nadie la defendiera. Por su parte, el amigo en cuestión se rió casi acalambrado porque él -el emparejado- resultó el perdedor del pleito, por querer defender a su polola. Lo cierto es que, ella terminó roja como un tomate, enojada con su amigo y con su pololo, convencida que había sido subestimada. “No sabes nada de fútbol, dime cuántas copas tiene la U y ahí conversamos”, fue uno de los comentarios que tuvo que soportar.

Mi travesía fue bastante divertida. Mi obsesión por observar el comportamiento de los emparejados se conjugaron con mis ganas estrambóticas de que gane mi selección. Una vez más, la vida de las parejas sobrevivió a mis prejuicios. No existe nada más real que la vida en su máxima expresión: la pasión y el fanatismo se tradujeron también en el comportamiento para con el ser que se tiene al lado, lo que me llevó a concluir que no puede abstraerse de “lo que estamos viviendo ahora”.

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