Los vendedores de mi ‘farmacia amiga’ lo confirmaron: las ventas de ansiolíticos y antidepresivos aumentaron desde hace un par de meses en los sectores ABC1.

Y todo por culpa del nuevo enemigo público número uno de Chile: ‘el portonazo’.

Mi primera reacción por este aumento del consumo fue responsabilizar a la maldita primavera que, según entiendo, se asocia a un alza de ciertos trastornos, especialmente bipolares. Después pensé en los remezones telúricos y hasta se me ocurrió culpar a la mala racha de Alexis.

No relacioné tanto malestar psicológico a lo aterrorizados que andan algunos chilenos con este tipo de ‘cogoteo’ 2.0.

Como yo no tengo auto, la verdad, el famoso ‘portonazo’ me resultaba algo ajeno a mi realidad, a pesar de que vivo en un barrio del sector oriente. Es lo mismo que a mi vecina, que se lleva despotricando contra la delincuencia, le conmuevan las balas locas que matan bien seguido a niños en las poblaciones marginales. A ella le da más o menos lo mismo.

Cada vez que alguien me contaba de sus estrategias para evitar caer en desgracia frente al portón (dar una vuelta a la manzana, hacer cambio de luces, importar drones espanta flaites) yo ponía cara de marciana y cambiaba de tema.

Hasta que un día, una señora a quien casi le quitan el auto en su antejardín (afortunadamente salvó ilesa) me acusó de fría y hasta de cómplice pasiva del crimen organizado por no tener un odio parido contra los ‘amigos de los ajeno’. Incluso me deseó que algún día me convirtiera en una víctima y empezara a empatizar con quienes han sufrido un ‘portonicidio’. Fue como si me echarán una maldición. Recién en ese momento, cuando vi sus ojos vidriosos y una mueca de pánico en su rictus, me hizo sentido el aumento de psicotrópicos por estos lados de la ciudad. Y, claro, se me pegó el miedo, porque la paranoia es contagiosa sobre todo si a una le echan encima una maldición gitana.

La otra noche, cuando la profesora de yoga nos pidió que realizáramos un ejercicio para visualizar la luz cósmica que caía sobre nuestras cabezas, hice un esfuerzo extraordinario de concentración, cerré los ojos y repetí el mantra señalado. Tanto empeño le puse que juré que había entrado en un estado de paz tan, pero tan superior que por mis párpados entraba una luz intermitente como el latido del mismísimo universo. ¡Nada qué ver! Cuando abrí los ojos y retorné a la realidad, comprobé que las luces de paz sobre mi alma, no eran otras que las balizas de un auto de Paz Ciudadana que rondaba el sector. Porque, debo reconocer, desde que los vecinos andan con el sobresalto, en las calles abundan carabineros y guardias varios.

Claro, así una se siente más acompañada mientras camina un par de cuadras de regreso a casa, ¿pero que hay del miedo del alma?

Por eso, a pesar del yoga, la meditación, mi conciencia plena y la inmortalidad del cangrejo, esa noche igual me tuve que tragar una pastilla para dormir mientras, en lugar de ovejas, contaba carros policiales.

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