Si tuviese que enumerar la cantidad de formas de estar en pareja que existen, creo que no me alcanzarían ni diez blogs. Lo cierto es que, con las transformaciones permanentes de las sociedades, las formas de ser en público van de la mano con esos cambios. Con esto, resulta inevitable, entonces, que también “el ser parejas” se vea afectado.

Lejos de querer caer en lugares comunes como el dilema del matrimonio o no matrimonio de dos seres humanos que están juntos; sí quiero contarles una situación que me llama mucho la atención, y que lamentablemente para mí, cuesta todavía saldar la discusión a nivel social.

Muchas parejas, más que nada por una cuestión religiosa, social y cultural, de la única manera que se van a vivir juntos, es mediante la tradicional unión legal. Otras en cambio, optan por probar primero un tiempo la convivencia. Esta última decisión, puede tener muchísimas naturalezas, como la anterior: por cuestiones religiosas, culturales, de personalidad, entre otras miles.

Lo cierto es que, aquí radica mi dilema, porque en realidad lo que observo es que existe un prejuicio, y no me refiero sólo a las personas que han sido criadas en sociedades de tipo más conservador sino a muchas otras de edades parecidas a la mía, en donde “la unión legal” es sinónimo de responsabilidad para con el otro y para con el proyecto de vida, que se asume, se toma de esa vez y para siempre.

Entonces, así, como si fuera “por obra de firma y ostia” se deja por sentado que la responsabilidad de la que hablábamos antes viene de la mano. Así, tras todo este preámbulo, me pregunto que si de verdad somos sociedades que podemos convivir con uniones de “papeles out”, en donde las parejas, asumen responsabilidades lejos de las firmas y las ostias.

“Yo de verdad creo que soy una personas afortunada por la persona que tengo al lado, no necesito firmas para reafirmar mi amor por Diego todos los días y lo comprometida que me siento con él”, me contó María, de 30 años y 3 de convivencia.

El problema quizá está en pensar que si nos alejamos de los viejos estamentos tradicionales, entonces nos alejamos de verdades absolutas que lo han sido desde que las culturas son culturas. Y me pregunto, ¿a quién no le da miedo alejarse de estas verdades? ¿Por qué debiéramos sentirnos alejados? ¿Estamos tan inmaduros socialmente?

Entonces, me trato de responder estas preguntas, mientras converso con Pía, que tiene casi 40 años y que lleva 20 de convivencia. Y, me dice: “Agus, mira, te cuento una anécdota de una situación que viví cuando recién me había mudado con Mario: Me acuerdo que estábamos todos en la terraza del departamento, y que alguien dijo que Mario no estaba casado entonces podía seguir formando parte de un grupo de solteros que se juntaba todas las semanas. De fondo escuché a alguien que dijo: ‘Tú estás soltero, que yo sepa no te has casado’. Entonces, ahí, mi única reacción fue responder en voz alta: ‘Es verdad no está casado, pero está en pareja, y éste es nuestro proyecto de familia, y es lo que nosotros queremos tener’”.

Mi reacción ante esta historia fue bastante buena, porque me pareció que sería algo que yo respondería si hubiera estado en ese caso. Y me respondo a mí misma, en función de mis dudas iniciales, que en realidad la madurez social no pasa por si creemos o no en el concubinato, sino por la capacidad que tenemos para comprender como quiere vivir el resto.

Quizá entonces, el miedo de sentirnos alejados de lo “culturalmente normal” es tan grande y tan profundo que nos hace autoconvencernos de que si el resto se aleja, entonces pierde el camino. Y nosotros no queremos perderlo. Lo más sensato de todo esto, es que si fuésemos un poco más como Pía, y no perdiéramos el rumbo de lo que pensamos y queremos, y lo gritamos a los cuatro vientos sin importar el dónde, cuándo y cómo, entonces se verá más cercano a la naturaleza de una persona, y no a lo “pactado socialmente”.

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