7:00 AM, lo primero que escucho es la voz de Susanna Griso anunciando que la gran Cayetana de Alba había muerto a los 88 años. Mientras despierto del todo, pienso en mi amada Sevilla, ciudad en la que viví, pasé grandes momentos y donde descubrí a este personaje que despierta más amores que odios.

Comencé a ver las tristes imágenes que transmitía la tv española y en cinco minutos viajé al 2009, al Festival de Cine Europeo de la capital andaluza, evento que siempre revoluciona toda la ciudad y del cual participé por esas fortunas de la vida.

La expectación ese año era muy alta, Collin Farrel, Paz Vega, Ben Kingsley y el gran Christopher Lee habían confirmado como parte de los invitados de honor. Todo era nervios y la alformbra roja no podría brillar más de tanto que la limpiaban.

El Teatro Lope de Vega era el gran epicentro de la cita cinematográfica, a todos se nos ordenó permanecer con nuestras respectivas credenciales al cuello y de forma notoria, había que estar pendientes de la prensa y de ubicar a diversas personalidades en sus respectivas butacas. Todo el hall estaba decorado con atriles que llevaban las imágenes de toreros, entre las que recuerdo estaba la foto de Pepe Luis Vásquez y Ortega Cano. Era un día de cine y de homenaje a los más famosos diestros españoles.

De forma sorpresiva nos avisan que debemos movernos hacia una de las entradas laterales, los gráficos se desesperan y comienza el disparo incesante de flashes, la confusión es total. Entre empujones y manotazos aparece una pequeña y débil figura de cabello blanco, se trataba de la octogenaria y siempre rebelde María del Rosario Cayetana Fitz-James Stuart y Silva, también conocida como la Duquesa de Alba.

Apenas se le oía, con una gran sonrisa pedía que por favor la ayudaran a sentarse en el lugar que se le había asignado. Vestía una falda negra hasta la rodilla, blusa con toques de animal print, pulseras en ambos brazos, pantys de red negras, largos aretes, unas tiernas ballerinas y un montón de coloridas tobilleras con cascabeles que anunciaban cada paso que daba.

Cuando al fin se logró sentar, le pregunté si necesitaba algo, me dijo “ya estoy bien, gracias”.

Ese día el torero Pepe Luis Vásquez, su gran amor de juventud, como muchos han señalado, era galardonado por su importante trayectoria. Cayetana aplaudía como podía, mientras todo el teatro se ponía de pie.

La contemplé por varios minutos y me sentí privilegiada, a unos metros estaba la mujer que debe reverencia ante el Rey de España, que fue retratada por Zuloaga, que poseía más de 40 títulos nobiliarios, que se casó en tres ocasiones, que paseaba en bikini por las playas de San Sebastián, que marcó infinidad de pautas en las revistas del corazón y que dejó en claro que a pesar del gran pedestal en el que permaneció, siempre fue un alma libre.

Quizás su único anhelo no logrado fue el de haber nacido en su idolatrada Sevilla, lugar que me regaló esta historia.

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