“Agradézcale en mi nombre. Es un honor. Si mal que mal con su imitación me he ganado la vida”, le respondió el comediante al jefe de seguridad del ex comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. El humo que emanaba desde el suelo de la sala principal de uno de los saunas más concurridos del centro de Viña del Mar, impedía ver con claridad el rostro de su interlocutor. Sin embargo, por el tono y la firmeza de su voz resultaba evidente que se trataba de un militar.

“Mire donde lo vine a encontrar y sin ropa. Mi general se va a reír mucho cuando se lo cuente. Quiere que le confiese algo. A él le encantan sus imitaciones, si en Inglaterra usted era quien lo hacía reír”. Palta no podía creer lo que estaba escuchando. Mucho antes, en Europa los simpatizantes del régimen militar lo habían insultado y hasta golpeado en su periplo por las calles de Londres, disfrazado como el ex presidente de facto promocionando su show The London Clinic y El paciente inglés.

Meléndez fantaseaba hace años con entrevistar a Pinochet y decidió aprovechar la oportunidad y pedírselo a su interlocutor. “Quiero entrevistar al general pero sólo de temas de humor. Saber de qué se ríe, cuál es su chiste favorito”. El oficial que estaba sentado a pocos metros, se comprometió a hacer las gestiones. En quince días, tenía una respuesta. “Mi general está muy enfermo pero le envía un saludo con mucho cariño”. Meléndez asintió con la cabeza e inmediatamente pasaron por su mente aquellos años en que sus rutinas de humor e imitaciones lo tuvieron bajo cuerdas y pasó los peores sustos de su vida.

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Hacia finales de los setenta, Juan Carlos Meléndez Mackenzie todavía no se había convertido en el Palta. Su fama no salía de su natal Copiapó, donde sus compañeros de curso y los curas del Liceo Sagrado Corazón de la ciudad celebraban sus imitaciones. De hecho, para sacarse el servicio militar un oficial le propuso contar chistes sin ropa en el patio del regimiento zonal. El trato era que si lograba arrancarle risas a las dos compañías que estaban ahí, obtenía autorización para partir. Su improvisada actuación fue recibida con una ovación por la tropa y a los pocos meses ya estaba en Santiago.

Eran los días en que acariciaba el sueño de convertirse en su ídolo, uno de los grandes de la historia del humor político en Chile: Manolo González. Casi diez años después recibirá de las manos del destacado cómico su primera antorcha del Festival de la Canción de Viña del Mar.

Aunque provenía de una familia conservadora y simpatizante del gobierno militar, su sentir estaba con la oposición a la dictadura. “Tenía claro lo que pasaba y no me gustaba. Era la época del despertar de años muy duros, comenzaba a gestarse un sentimiento de rechazo a la autoridad demasiado grande”, sintetiza. Al inicio de 1980, ya había logrado imponerse en el concurso de jóvenes talentos Tres a las Tres que transmite el Canal 11, donde conoce al hombre que le dará su nombre artístico. Alfredo Lamadrid, por aquel entonces gerente de producción de la estación de la Universidad de Chile, vio en él un talento en ciernes. “No quería llamarme Palta. Imagínate un provinciano, nada que ver con lo que significa ser de la alta sociedad y todos esos arribismos”. Sin embargo, el periodista que actualmente conduce Cada día mejor en La Red, insistió y hasta el día de hoy el cómico lo agradece.

Su humor no sólo era una buena radiografía del chileno de esos tiempos, también incluía la contingencia que utilizaba con inteligencia y dependiendo del lugar donde actuara.

“Su humor no sólo era una buena radiografía del chileno de esos tiempos, también incluía la contingencia que utilizaba con inteligencia y dependiendo del lugar donde actuara”, recuerda el cantante Cristóbal, ganador del Festival de Viña del Mar.
Efectivamente, Meléndez repartía sus noches en las peñas universitarias y en el mítico Café del Cerro, en Bellavista, donde ya sonaban los primeros acordes del nuevo canto chileno que se difundían en la popular revista y cancionero La Bicicleta. Los cantautores Oscar Andrade, Pablo Herrera, Isabel Aldunate, Eduardo Peralta y Schwenke & Nilo actuaban ante una concurrencia que el establishment tildaba de “artesa”, “subversiva” y “peligrosa”.

“Ahí andaba yo con mi morral, vestido bien lana”. Distinto al ambiente de otro de los locales en que se presentaba habitualmente: el bar y centro de eventos Confetti´s. Ubicado en Providencia y administrado por Jorge Pino —marido de Patricia Maldonado— era uno de los predilectos de los agentes de servicios de inteligencia del Estado. Ahí se mezclaban con los civiles afines y opositores, a punta de alcohol, baile, humor y toque de queda. Bajo la atenta mirada del mayor del Ejército y jefe de la brigada de la CNI Alvaro Corvalán, actualmente condenado a cadena perpetua en la cárcel de Punta Peuco por el asesinato del sindicalista Tucapel Jiménez y la Operación Albania.

“En el canal ganaba 11.500 pesos al mes y con eso me alcanzaba para pagar los estudios, la pieza donde dormía y la comida y, además me financiaba con las actuaciones. Me hacía dos mil por acá, 2.500 por allá. Como buen provinciano lo único que quería era ganar plata”, rememora el comediante. Un día me llama el coronel que estaba a cargo de revisar los contenidos del canal y me dice: ‘Lo hemos estado investigando y usted es un gran elemento. La patria necesita gente así. Especialmente, en el programa Chilenazo que es donde está toda la izquierda y el comunismo internacional trabajando en forma exhaustiva para desestabilizar a este gobierno. Necesitamos que nos informes de todo lo que pasa ahí. Te podemos dar un Datsun Bluebird —uno de los autos más top de la época— y un sueldo de 25 mil pesos mensuales. Eso sí, vas a tener que tener instrucción militar y te tenemos que enseñar a disparar. Queremos que nos informes de las actividades de todos’, explica el actor.

“No podía creer lo que estaba escuchando. Por la cara me corría el sudor. Sólo esbocé una sonrisa cuando me dijo ‘te vamos a dar hasta marihuana para que tú les lleves a ellos y estreches más aún los lazos’. Salí de la reunión en pánico y corrí a la oficina de Alfredo, con los ojos llenos de lágrimas y le cuento que me pidieron que fuera informante. Y le digo: ¡pero si yo soy de oposición, cómo voy a hacer eso! El se indignó y me dijo: ‘No puedes decir abiertamente que no porque si no te van a echar del canal y van a sospechar de ti. Lo que tienes que decirle es que eres homosexual, los milicos no los pueden ver y ahí puedes decirle que le tienes pánico a las armas. Es tu única posibilidad, actúales’.
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A la semana, ya había preparado su performance. “Fue la peor humillación de mi vida. Llego a la reunión y me recibe con un whisky de entrada. Apenas bebo y le explico que estoy muy orgulloso de que me hayan llamado para servir a la patria pero que tengo un grave problema que nadie sabe y no puedo revelar. En fracción de segundos, estallo en llanto de pura impotencia y le digo: ‘Soy homosexual y le tengo pánico a las armas’. Mi llanto conmovió tanto al viejo que me dijo: ‘Vamos a hacer un trato, lo que conversamos queda entre nosotros, yo no le voy a contar a nadie que usted es raro y usted entiende perfectamente bien que no le puede contar a nadie de esto porque este es un tema de inteligencia y se puede meter en graves problemas’. De ahí en adelante mi vida en el canal fue terrible porque yo veía a este viejo en los pasillos y notaba que no me sacaba los ojos de encima”, recuerda y confiesa que se le eriza la piel.

Para 1981, con las primeras manifestaciones callejeras, Meléndez ataca sin pudor al gobierno con su show ‘Hasta cuándo’ que presenta a tablero vuelto en los escenarios donde el público es de oposición, generalmente universitario. Pero con los partidarios del régimen su rutina es muy distinta. Sus imitaciones de Mendoza, Pinochet y Merino son abordadas con pinzas y extremo cuidado para no herir sensibilidades. Los observaba y seguía sus incursiones en la prensa e intentaba buscarles un lado amable. “Sé que al comandante en jefe de la Armada también le gustaba mucho mi caracterización”.

Pero la luna de miel con los militares terminó una noche de ese mismo año, cuando el humorista olvidó las tácitas reglas del juego de los uniformados. Entonces, una mezcla de egos y abuso de poder se conjugó, cambiando el rumbo de las cosas.
En la televisión, el programa Sabor Latino que dirigía Sergio Riesenberg y conducía Antonio Vodanovic daba cuenta de un nuevo Chile que quería dejar atrás los recuerdos y restricciones de 1973. Una suerte de destape que no gustaría mucho entre algunas autoridades militares. El clímax fue el debut de la exuberante vedette española María José Nieto, más conocida como Maripepa, quien actuó luego de Meléndez y el cantante Lucho Jara, dejando a medio país boquiabierto.

“Ella ya era la novia de Alvaro Corvalán aunque lo niegue y lo reniegue. A mí me consta porque nos tocó hacer muchos eventos juntos”, asegura. Al día siguiente del polémico programa, Juan Carlos actuaba en el Confettis´s, donde los espacios eran muy reducidos y el público apenas podía moverse. “Estaba en la mitad de mi rutina, cuando de improviso aparece un grupo de guardaespaldas, haciendo alboroto. Sin ni siquiera hacer un gesto o pedir permiso instalan una mesa justo delante de donde estaba el micrófono. ¡No dijeron nada!”, recuerda, y en la expresión de su rostro se nota el desagrado que le trae a la memoria ese momento.

Ella ya era la novia de Alvaro Corvalán aunque lo niegue y lo reniegue. A mí me consta porque nos tocó hacer muchos eventos juntos.

“Justo detrás aparece la María José Nieto con Corvalán y dos amigos a los lados. La gente me miraba y yo descolocado. Estaba furioso, en la escuela de teatro me habían enseñado que el respeto era fundamental y me fui calentando cada vez más con el paso de los minutos. Retomé la rutina y empiezo a contar un chiste en el que digo: ‘Llega el ‘dictador’ Pinochet a la escuela de infantería a pasar revista y sigo diciendo ‘el dictador esto, el dictador lo otro’ y la gente aplaudía a rabiar. Miro a un lado de la pista y estaba Jorge Pino, que me hacía gestos que parara, mientras la cara de Corvalán se iba desfigurando. Yo seguía: ‘dictador para arriba, dictador para abajo’. Me tiré tan pesado que seguí y conté puros chistes de Mendocita y contra los milicos… ¡de puro indignado porque me habían faltado el respeto!”.

Termina el show y el administrador lo lleva hacia un rincón, con evidente nerviosismo… Lo mira y le dice: ‘La cagaste Paltita. Tú sabes quien es el que está ahí, ese tipo es terrible, es mi amigo y todo, pero es terrible. Aquí no te van a hacer nada pero ándate inmediatamente’. El mismo Pino llamó a un taxista y le dio las coordenadas por donde irse lo más rápido posible. Lo peor estaba por venir.

Al día siguiente, mientras el humorista caminaba hacia las clases de guión que tomaba tres veces a la semana cerca de la intersección de las avenidas Matta y República, súbitamente ve salir desde una casa tres automóviles marca Opala que se detienen justo frente a él. En uno de ellos aparece Corvalán. “No me voy a olvidar nunca, iba con unos anteojos Ray Ban, se los levantó y me miró con una expresión de sorna e hizo un gesto de saludo. Luego, su auto aceleró y se perdió hacia el final de la calle. En eso, aparece otro auto desde donde se bajan tres personas, me agarran y suben a patadas arriba. Damos una vuelta a la manzana y entramos a una casa”.

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De nada sirvió que preguntara qué pasaba, a todo le respondían con un mismo y seco: “silencio”. A la fuerza lo metieron a una pieza. Desesperado empiezo a gritar pero no sirvió de nada. “A las tres horas aparece un pelado que me ofrece agua y me pide un cigarrillo. Con él hago mis descargos. ‘Ese huevón del Corvalán me está haciendo esta talla porque ayer conté un chiste de tu general y a él no le gustó y por eso me tiene aquí. Dile que si no me suelta voy a llamar a la revista Apsi o Análisis. A cada minuto estaba más asustado, pero tenía la seguridad de que no me iban a hacer nada por la cara que puso Corvalán como burlándose”. “Finalmente, estuve todo el día y como a las once de la noche apareció un tipo y dijo ‘ya te puedes ir’. Me tuve que ir caminando porque no tenía plata y a esa hora no había ni metro”, recuerda Palta Meléndez.

A la semana el episodio se repite. En sus actuaciones del Café del Cerro y en el Festival del Sagrado Corazón de la Alameda sus alusiones al gobierno se vuelven más duras. Se viene el descalabro económico y los días de la plata dulce están por terminar. Nuevamente es detenido. El mismo modus operandi, sólo que esta vez la despedida será distinta. “No sé cuántas horas llevo solo en una pieza de otra casa pero es en la misma calle República, cuando de repente aparece un gorila y me agarra del cuello para azotarme contra la pared varias veces, cada vez más fuerte. Su cara está a centímetros de la mía cuando me dice: ‘mira ‘concha de tu madre’ si seguís hueviando a mi general ‘concha de tu madre’ te vamos a sacar la ‘concha de tu madre’, ¿esta claro?’. Los azotes no paraban. Nunca he visto tanto odio en los ojos de alguien como ese día. Quedé para adentro. Ahí sí que me asuste… no salía ni al patio. Estuve harto tiempo con re poca pega, pero seguía imitando a Pinochet. Claro que sólo en los lugares donde los asistentes eran sus adversarios”.

Al tiempo, Meléndez decide regresar al norte e instalarse en Caldera. Junto a su amigo y destacado músico de jazz Jorge Caraccioli abren un café concert que a poco andar se transformó en el espectáculo top del verano donde sigue haciendo imitaciones a Pinochet y al gobierno.

La transición a la democracia avanzaba con Eduardo Frei como Presidente y el destino lo sorprende con un último encuentro con Alvaro Corvalán.

La transición a la democracia avanzaba con Eduardo Frei como Presidente y el destino lo sorprende con un último encuentro con Alvaro Corvalán. Era el verano de 1997 y Meléndez caminaba por las Termas de Colina, cerca del regimiento de Peldehue, cuando de pronto un auto con chofer y vidrios polarizados se detiene a escasos metros y ve al ex militar descender sin sacarse sus característicos anteojos negros. “Camina, se acerca y me dice: ‘Cómo estás Paltita Meléndez, qué gusto verte por estos lados’ y me da un abrazo. Me quedé helado y apenas le respondí con un ‘hola’, completamente cortado. Entonces, clava sus ojos en los míos y me dice: ‘Sabes que el domingo hay una comida en la escuela de caballería en Quillota y le hacen un homenaje a mi general Pinochet, por qué no le llevas el títere de regalo. Va a quedar loco porque le encantó tu rutina en Viñacuando lo hiciste. Sin esperar mi respuesta, me pide el teléfono, se sube al auto y se va. A los días me llama: ‘Bueno, cómo lo hacemos, ¿te paso a buscar? Me quedo unos segundos en silencio y le digo: ‘No puedo, me salió una pega en Punta Arenas de la Compañía Sudamericana de Vapores y me voy porque me están pagando un tremendo billete. Insiste y tras mi segunda negativa, sólo me dice: ‘Qué lástima, hubieras podido conocer a mi general y además hubiera quedado feliz con su títere’”.

Pese al paso del tiempo, Augusto Pinochet sigue siendo una de sus imitaciones más celebradas y el ex Presidente Salvador Allende es su complemento en las rutinas, aunque suene paradójico. El año pasado partió al Festival de Cannes a buscar financiamiento para un proyecto que se convirtió en su obsesión de los últimos años. La película Allende que dirigirá el uruguayo Adrián Caetano, quien estuvo detrás de la popular cinta argentina que retrataba los vaivenes de la juventud de fines del siglo XX: Pizza, birra y faso.

“Desde que comencé a masticar la idea me volví loco. Y fíjate que lo más difícil fue encontrar gente que creyera en mí. En Chile somos buenos para encasillar y muchos dudaron de mi capacidad actoral para asumir la composición de un personaje tan emblemático en la escena mundial. El se merece una película y yo tengo la suerte de parecerme físicamente y lograr una gran similitud con el personaje”, explica. En la producción, el Palta compartirá créditos con Patricia Rivadeneira y Sergio Hernández.

“Lo único que quiero es que llegue el 2014 para comenzar a filmar”, comenta, caracterizado, a la perfección. Recita parte del emblemático último discurso y no hay lugar a dudas, el talento del copiapino no tiene límites. El espíritu del líder de la Unidad Popular parece habitar en él. Tal como el de Pinochet, que aparece cada vez que él lo llama.