Rodrigo y Tiago Correa. La nobleza.

De niño, Tiago recuerda haber visto a su papá, Rodrigo, ideando una serie de objetos para amoblar su casa de Florianópolis, en el estado brasileño de Santa Catarina. Eran mesas, sillas, un balancín, un columpio, paletas de playas, los que pasarían a ser parte del cotidiano de este actor de cine y televisión, que ahora debuta en las tablas como director. Cuando Rodrigo —de profesión arquitecto— decidió que era tiempo de volver a Chile, diseñó junto a su hijo de siete años un ajedrez de madera, para que éste jugara con su hermana Itaci. Como el regreso iba a ser por tierra —un viaje de dos días— dispuso que el tablero tuviera encajes para mantener firmes las piezas. Ese trabajo primigenio, donde la nobleza del diseño se asociaba a lo emotivo, fue el germen del recién estrenado proyecto Homofaber, destinado a la creación de muebles de autor. Mientras Rodrigo se encarga de pensar desde la utilidad hasta la materialidad de cada producto, Tiago difunde y se responsabiliza de la venta e instalación. Aunque cada uno tiene roles bien específicos, coinciden en el hecho que el rigor de los dos —heredado por sus propias profesiones— es fundamental a la hora de trabajar juntos.

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Roberto Y 
Clemente Merino. El rock.

Clemente apenas tenía 15 años cuando llegó a la sala de ensayo de la banda de su padre y, sin aviso previo, se puso a tocar. Corría el año 2014 y los dos daban rienda suelta a su amor por la música. Roberto, su progenitor y escritor de libros como “En busca del loro atrofiado” y “Todo Santiago. Crónicas de la ciudad”, se había decidido pocos meses antes a explorar esa veta. Cumplían así un viejo sueño, de los días en que Roberto se sentaba al teclado y juntos cantaban temas como “If I fell in love with you”, de Los Beatles. Aquellas fueron las primeras incursiones de papá e hijo en el rock. Ahora, su banda “Ya se fueron” —conformada también por Nicolás Letelier, Juan Ariztía y Felipe Correa— los tiene a ellos como guitarra y bajo, alternadamente, componiendo canciones de larga duración. Lejos de la literatura, Roberto está en constante aprendizaje musical compartiendo conocimiento con Clemente. Juntos han podido abrirse a nuevos sonidos y a las infinitas posibilidades que ofrece el rock.

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Christopher y Francis Carpentier. El disfrute.

Los Carpentier se dan licencia para ser padre e hijo a la vez. La poca diferencia de edad y el haber compartido viajes y proyectos —incluso el de vivir juntos por un tiempo— ayuda. Por lo mismo, la base de la relación entre Francis y Christopher siempre ha sido la honestidad: el valor de decirle al otro incluso lo que no quiere escuchar. La confianza y la complicidad también saltan a la vista.
El proyecto que hoy reúne a los Carpentier es el restorán El Barrio, en Vitacura. Aquí, Chris se preocupa de cada detalle en el salón y en la cocina, mientras que Francis aporta desde su experiencia en las finanzas. Es la cosecha de cada uno y el punto de encuentro entre un rostro televisivo con una agenda vertiginosa y el director ejecutivo de la empresa que trae a Chile marcas como Jean Paul Gaultier y Carolina Herrera.
La relación entre ambos ha crecido con el tiempo, sobre todo ahora que Chris es padre. Están a punto de emprender un viaje a Europa, a veinte años de su primera vez en el viejo continente, cuando quizá no imaginaban qué tan partners podían llegar a ser.

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Hugo e Ignacio Franzani. El running.

Un día, Ignacio Franzani decidió seguir los pasos de Hugo, su padre. Y lo hizo de manera literal, no como abogado. Se fue detrás de él a lo largo de la línea del tren, en los tiempos en que vivían en Calama. Con apenas veinte años, el locutor radial y conductor del estelar Mentiras verdaderas, de La Red, descubría que trotar era una buena forma de desestresarse. Y aunque volvió a Santiago y la fama le llegó de golpe, no abandonó la dinámica. Por el contrario, siguió corriendo junto a Hugo, mejoró su capacidad pulmonar e incluso pasó a ser él quien, entre zancada y zancada, contaba historias a su padre.
Ahora entrenan juntos o por separado, pero apenas se acerca una competencia la sed de victoria los contagia a ambos. Ignacio es la liebre, que en la jerga de los runners alude al corredor que va por delante motivando a su compañero para que no decaiga su ritmo de carrera. Gracias a esto, Hugo ha obtenido el primer lugar de su categoría durante cuatro años consecutivos en el Maratón de Santiago. Incluso, el último año, Hugo debió partir de cero fruto del desgarro de uno de sus gemelos. Y a pesar de esto, volvió a ganar. Ignacio lo grafica en una sola frase: “Partió entrenando como Rocky, pero llegó como Usain Bolt”.