Sólo quisieran retroceder el tiempo para haber podido detectar que algo le estaba pasando a su hija; algo que la afectó y la bloqueó de tal manera, que empujó a la joven a terminar con su vida ese fatídico martes 22 de mayo en un café de Providencia. “¿Por qué no nos dijo qué le pasaba?, ¿pudimos haber hecho una intervención y evitar su muerte?”, se preguntan sus padres Evanyely Zamorano (abogada) y Emanuel Pacheco (colombiano, ingeniero de una transnacional), una y otra vez. No tuvieron cómo darse cuenta, aseguran, porque ese fin de semana largo Katy actuó como siempre: entusiasta, comunicativa, escuchó y grabó canciones encerrada en su pieza como solía hacerlo.

Evanyely, además de dolor, a lo largo de la conversación expresa una profunda frustración e impotencia por el abandono que dice sufrió su hija por parte de su entorno. Emanuel, aunque tiene una perspectiva más amplia de los hechos, coincide con su mujer sobre la malentendida lealtad de los jóvenes de hoy. Con molestia y tristeza no entiende cómo los amigos de Katy no les dieron alguna alerta si la vieron deprimida.

Ese sábado 19 de mayo, asistió a una fiesta en la plaza San Enrique donde —supuestamente— tuvo un flirteo con un joven que la buscaba hace un tiempo y ella no sabía que pololeaba con otra niña; rumor que se esparció rápido y que habría desatado una ola de insultos en contra de la adolescente en un grupo cerrado de Facebook, el cual —aseguran— fue creado para atacarla. Un acto de ciberbullying que está siendo investigado por la Fiscalía de Ñuñoa y que sus padres estiman fue —junto a otros factores— el detonante final para que la adolescente tomara la drástica decisión de suicidarse. Por ello han alzado la bandera antibullying como propia, con la que pretenden hacer el mayor ruido mediático para que sea tipificado como delito o —al menos— tenga alguna sanción legal. Quieren darle un sentido a la muerte de su hija. Por eso, a pocos días de su partida, aparecieron en TV dando su testimonio, que pocos comprendieron. “Si no lloramos tanto y no nos ven tirados en el piso, es porque intentamos darle un significado a todo esto. Con el dolor que representa, vemos que Katy tomó una decisión motivada por una presión, por una sensación, por algo que solamente ella entendió y que no tuvo el espacio para levantar la mano, trabajarlo y defenderse”, sostiene Emanuel.

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Su mujer agrega: “Una mano que no pudo levantar por ella, pero que sí lo hizo por otros, porque era defensora de todo el mundo. Claramente, la atacaron fuerte, en un momento en que se encontraba débil, vulnerable. Eso lo sabremos algún día o quizá nunca”… Aunque ahora, confiesan, manejan nuevos antecedentes que podrían dar pistas claras de lo que ocurrió esa noche. “Nos contactó una alumna del Nido que acaba de egresar —la generación de cuarto medio egresa en junio— para contarnos de una especie de modus operandi que viene ocurriendo, en que chicos más grandes del colegio invitan a niñas menores a fiestas, en la cual seleccionan a algunas, les dan un beso; luego, llega una tercera supuestamentre celosa, le pega a la menor y la tira al suelo. El chico la consuela, la lleva a un lugar más privado donde le propocionarían algún tipo de sustancias con la que pierde voluntad, y ahí comenzarían a grabar videos para subirlo a una página de confesiones, que se presta para que a la víctima la molesten y denigren en los días posteriores a la fiesta. Esta joven nos compartió el texto de una invitación a una nueva fiesta, que se hizo el sábado 9 de junio en El Arrayán, donde habría alcohol y marihuana y se incluían datos de contactos para que las menores —incluidas en el grupo cerrado de Facebook— asistieran”, relatan.

Agregan que no tienen certeza ni evidencias de lo señalado por la joven, pero que sí la vieron muy afectada al momento de entregarles su relato por temor a que se repitiera lo ocurrido con Katy. “La vimos tan mal, que le sugerimos a ella y al adulto que la acompañaba, hacer la denuncia a la Fiscalía y a la Superintendencia de Educación con las evidencias correspondientes; porque si es real, consideramos que amerita se investigue”.

Aseguran que no quieren que otros jóvenes repitan la historia de la adolescente. En nombre de Katy, están trabajando junto con la Seremi de Educación y varias fundaciones para armar un plan que combata el bullying. Ya crearon sus propios afiches con imágenes de la joven que van acompañadas de la frase Stop Bullying. “No sabemos en qué terminará esto, pero nuestra idea es aprender qué no hicimos, qué faltó, qué podríamos haber hecho distinto; observar otras experiencias y cómo actúan las fundaciones en los colegios”, cuentan.

UNA PARTIDA SIN EXPLICACIÓN

Evanyely y Emanuel llevan once años de relación y hace cuatro se casaron, luego que él se bautizara por las leyes de la religión evangélica que profesa la familia de su mujer. Juntos tienen a Máximo (3), que se suma a los dos hijos del primer matrimonio de ella, Alan (20) y Katy (16). A pesar de no ser su padre biológico, cuentan que la joven lo consideraba como tal. “Eramos muy cercanos, la peinaba, la llevaba al colegio. Compartía conmigo sus cosas más íntimas como su gusto por la música, porque sabía que la apañaba en todo. Al concierto de Taylor Swift —a quien admiraba— fue conmigo; cuando la cambiamos de La Maisonnette al Nido de Aguilas porque quería cantar en inglés, fuimos juntos a orar a la entrada del colegio para que nos resultara”, cuenta Emanuel.

Su madre, por su parte, recuerda que siempre fue una niña especial, desde chica con las cosas claras. “Yo quería meterla a ballet y ella no quiso porque quería cantar. Tenía un poco más de cuatro años cuando la llevé a la academia de Alicia Puccio, quien esa vez nos advirtió que no recibía a menores de siete años. Katy dijo que tenía cinco, le hicieron un casting, no sé que habrá cantado que la dejaron al tiro y desde ese minuto se convirtió en la estrella de la academia, la con más personalidad. Desde ese día empezaron las clases, los shows y nosotros a girar en torno a ella”.

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De hecho, ya tenían comprados los pasajes para ir al concierto que Taylor Swift dará en agosto en Nashville, donde —cuentan ellos— Katy se había contactado con productores y negociado precios para grabar allá un par de temas. En agosto pretenden lanzar un disco con las canciones que componía. “Ibamos a ir los dos —señala su padre—; en febrero dejamos todo listo. Ella estaba muy entusiasmada. Siempre vivimos con una niña alegre, con quien trabajábamos juntos para cumplir sus sueños. Que se ponía un norte y se sacaba la cresta hasta conseguirlo; que estaba contenta, realizada… ¡¿Y nos termina pasando esto?!”.

Emanuel recuerda que ese martes 22, tras una llamada del colegio que alertaba que su hija no había asistido a clases, tipo 13:30 horas pasó por su casa para ingresar al computador de Katy y desde alguna cuenta de ella activar la aplicación de búsqueda de su celular. Fue entonces cuando se encontró con una carta que decía: “Leer cuando me muera” —hoy en manos de la Fiscalía—, en la que no se detuvo en detalle por buscar rápido alguna pista, lugar o referencia donde encontrarla. Al rato, llamó a su mujer para advertirle sobre la carta y a Carabineros para interponer una denuncia de búsqueda por presunta desgracia.

Evanyely cuenta que horas antes, tipo 10:30 de la mañana, Katy le habría enviado un snapchat al amigo con que estuvo el sábado en la fiesta, avisándole que estaba en la plaza donde ella celebró sus 16. “El pidió permiso para salir del colegio a buscarla, pero cuando llegó, no la encontró”.

Los padres cuentan que hoy siguen en shock. “Desde ese día que nos avisaron que en el Starbucks de Lyon encontraron las pertenencias de Katy y a ella sin vida, porque no se trataba de alguien que tuviera —de cara a nosotros, al menos— una depresión, que estuviera yendo al sicólogo o sin tratamiento, y su muerte fuera el paso lógico, ¡no! Katy era súper determinada, intensa; lo que quería, lo conseguía. Una adolescente como todos, que se ponen un poquito más agresivos, irritables, que quieren su espacio, que no te metas mucho, que le gusta ir a fiestas. Nada fuera de lo normal en una joven de 16… Por eso no entendemos nada, ¿cómo llegamos a eso?, ¡¿por qué una niña toma una decisión así?!”.

Es la interrogante que pretende resolver la Fiscalía, que por estos días tiene en su poder el computador y teléfono de la joven para determinar las razones que gatillaron su decisión y si hubo algún tipo de asistencia en el suicidio. “En su carta de despedida, Katy cuenta qué pasó al final, y habla de una página de Facebook —con 139 integrantes, que estaba abierta en su computador— donde, anónimamente, le decían improperios, cosas bastante fuertes”, relata Emanuel.

Evanyely agrega que ese chat tiene relación con la fiesta a la que asistió el sábado 19 de mayo en la plaza San Enrique. “Ese fin de semana estuvimos todos los días con ella, el sábado se veía contenta, después fue a la fiesta, volvió tranquila. Abrió la puerta: “Mamá, llegué”… El domingo, bien; y el lunes en la tarde algo puntual y muy fuerte debió haber pasado”.

—Especialistas coinciden que un hecho específico no lleva al suicidio, y según antecedentes entregados por el colegio a la superintendencia de Educación, Katy no era víctima de bullying

—Emanuel: Efectivamente, aunque Katy sí sufrió dos o tres episodios en donde le atribuían cosas que no había hecho. Recuerdo que para la asamblea de generación, que fue el 8 de mayo, no quería cantar como siempre lo hizo, por miedo a que la molestaran y criticaran por sus canciones. Nosotros ahí la envalentonamos y le dijimos que debía estar tranquila, que parte de ser cantante era que no a toda la gente le iba a gustar su música. Al final, cantó y la aplaudieron… Como adolescente, quería ser aceptada por distintos grupos, le estaba dando mucha importancia a lo que opinaran de ella. Pero más que eso, no había nada raro… Tuvo un pololeo poco sano también…

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—¿En qué sentido poco sano?

—Había una agresión sicológica fuerte, varias veces la vimos llorando —cuenta Evanyely—. En una oportunidad le dije ¿Cuántos días faltan para irte a Nashville?, ¿cuántas canciones tienes que preparar?, ¿y vas a perder tiempo llorando por eso? “Tienes razón mamá”, me dijo. Lo bloqueó de todo y se puso a cantar.

—Emanuel: Ella era música, componía, por tanto, muy sensible; sino, de dónde sacan para crear. Los artistas tienen una lectura distinta, viven sus alegrías al tope y sus tristezas al piso. De pronto, mi hija tuvo una mezcla de emociones que no supo manejar. Estoy seguro de que no fue una, sino una suma de cosas —que se dieron en un período muy corto— que la llevaron a tomar esa decisión. Un grupo de personas invisibles la agredieron, por otro lado la debieron estar atacando sentimentalmente y sintió, además, que ninguna amiga saltó a salvarla como ella muchas veces sí lo hizo con ellas.

—Su entorno coincide que la veían algo deprimida.

—Emanuel: ¿Por qué no lo dijeron entonces? Me duele el alma cuando leo y escucho eso. Cabros, si tanto la querían, ¡¿cómo no dijeron algo al colegio, a sus papás, a nosotros?! Si me preguntan qué le diría hoy día a los jóvenes, es que si ven a un amigo deprimido, haciendo algo que no debe o comportándose de manera distinta, por mucho que ellos les pidan que no les cuenten a sus padres, ¡háganlo! Katy lo hacía y si veía a una amiga mal nos pedía que contactáramos a sus padres, pero nadie pudo devolverle la mano en esto.

—Evanyely: Si nos hubieran dicho algo, habríamos hecho todo por tenerla hoy con nosotros.

—También los padres deben estar atentos a las señales.

—Emanuel: Es una red de trabajo en conjunto. Por mi parte, no sé qué señales buscar. Con la información y las interacciones que teníamos con Katy, era una joven común y corriente. Nada fuera de lo normal que me haya hecho pensar otra cosa. Al final, ser papá de un adolescente es un balance complejo, porque ellos quieren su espacio y uno busca meterse para marcar territorio, guiarlos y educarlos, pero tampoco puedes acercarte tanto, porque termina siendo una declaración de conflicto y más se alejan y más hacen tonteras. Nosotros hablábamos con Katy, le pedíamos que confiara en nosotros.

Evanyely, en tanto, tampoco tiene claro si hubiera hecho algo distinto. “Teníamos unos fines de semana súper ricos en que desayunábamos juntos; la iba a buscar todos los días al colegio, conversábamos, llegaba a la casa y se metía a la cama con nosotros. Nunca se quedó encerrada en su pieza sin hacer nada, siempre llena de actividades”, cuenta.
Su marido complementa: “Siendo hiperautocrítico, ese fin de semana estábamos enfocados en sacarle el pañal a nuestro chiquitito, tal vez, ella sintió que perdió su pedestal —por ocho años fue única, ya que su hermano mayor vivía con su papá— y justo entró en la adolescencia… No sé, son conjeturas; cargaremos nuestra cruz y nos cuestionaremos toda la vida qué nos faltó decir o hacer. Qué ganas de poder preguntarle: “¿qué te bloqueó a decirnos?”.

—En la carta que les dejó, ¿no hay indicios de ello?

—En tres cuartas partes habla de lo ahogada que se sentía; que la vida había dejado de ser una bendición para ella, por lo que prefería dejar el espacio a otra alma… Terminó su carta pidiéndonos disculpas y puso textual: “No se castiguen, no hay nada que ustedes pudieran haber hecho para evitar que yo hiciera esto”. Qué ganas de hablar con Katy y preguntarle ¿si fue tan así o pudimos haber hecho algo? Si ese lunes en la noche hubiéramos entrado a su pieza e intervenido, ¿habríamos podido cambiar las cosas?

—¿Qué hay de cierto que Katy durante ese fin de semana vio varios capítulos de 13 Reasons Why?

—Evanyely: La escuché cantando todo el tiempo. Ahora, estos niños son tan multitasking, que hacen varias cosas a la vez, puede ser… Ella vio la primera temporada y la conversamos bastante. Y su mirada era: “mira las consecuencias del bullying”. Solía decir que no se sentía como la protagonista, que ella era distinta.

EL VASO MEDIO LLENO

—¿Por qué se han centrado en el bullying cuando reconocen que pudieron influir muchos factores?

—Porque es acoso al final. El bullying es la punta del iceberg de la falta de empatía de las personas. Si nadie fue capaz de decirnos que Katy estaba pasando por un período de depresión, es porque no son empáticos. Eso significa ponerme en tus zapatos, entender lo que estás sufriendo y pensar cómo ayudarte. En ese sentido, el ciberbullying es cero empatía, porque al no haber interacción física, no ves lo que tus palabras —casi siempre anónimas— provocan en el otro. Si hay gente capaz de crear chats para destruir a otro, también pueden hacerlos para salvar vidas de manera anónima.

Por ello aseguran que no quieren que otros jóvenes repitan la historia de la adolescente. En nombre de Katy, afirman, están trabajando junto con la Seremi de Educación y varias fundaciones para armar un plan que combata el bullying. “No sabemos en que terminará esto, pero nuestra idea es aprender qué no hicimos, qué faltó, qué podríamos haber hecho distinto; observar otras experiencias y cómo actúan las fundaciones en los colegios”, cuentan.

Agregan que el remezón mediático que generó el suicidio de su hija debiera hacer replantearnos qué tipo de sociedad queremos para nuestros jóvenes y niños, que —insisten— hoy crecen en una donde no existe la empatía, centrada en lo negativo, en descalificar al otro, donde lo importante son los resultados y en la cual ni los colegios ni nadie se preocupa ni considera las emociones o el reconocimiento a las personas.

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—¿Buscan darle un carácter de delito al bullying?

—Tiene que estar legislado, que existan sanciones y mayor responsabilidad de los padres —sostiene Evanyely—. Y los colegios poner más atención y corregir sus protocolos porque no están funcionando. El bullying cibernético es aun más feroz, porque son puros encapuchados que te atacan con las groserías más grandes y de manera amplificada. ¿Qué buscamos?, que más quisiera que me devolvieran a mi niñita…. No te imaginas la cantidad de mails que nos llegan de niños pidiéndonos ayuda porque sufren, que seamos la voz de los que no pueden sacarla. ¿Qué hago?, ¿me callo, vivo sola mi duelo o le busco un sentido? ¿Qué haría Katy? Ella defendería a sus amigas que no se atreven a pedir ayuda.

—¿Por qué creen que Katy no pidió esa ayuda?

—Emanuel: Debió haberse sentido tan ahogada… A veces peleo con ella y le digo ‘¡¿por qué no hiciste algo?!’. Y la respuesta que siento es que por mucho que la hubiéramos contenido, apoyado y levantado, no habríamos podido cambiar nada y el acoso por las redes se habría mantenido. Prefirió no dar la pelea. Andrea Henríquez de la fundación Volando en V y víctima de bullying cuando niña, lo superó a punta del cariño de su familia, bajando al mínimo su perfil, a la espera de que pasara el tiempo y su entorno madurara y diera vuelta la página. Si para Katy, que amaba la vida social, cantar y componer canciones, la solución era callarse y bajar el perfil, no estuvo dispuesta. Ella jamás pasó inadvertida en su vida, no era una opción.