En el departamento de Pablo Simonetti, con una vista privilegiada a la cordillera y un orden que raya en la perfección, el escritor declara: “Los seres humanos estamos rodeados de ciertos objetos que nos dan seguridad, nos enriquecen, son elementos que están en nuestra órbita. Si yo pudiera agregar un pequeño asteroide y alterar su cosmovisión, sería una gran cosa”.

Se refiere a su quinta y última novela, La soberbia juventud (Alfaguara), lejos su obra más política. Y cómo no, si la escribió casi en simultáneo con su papel como presidente de Iguales. En el camino ambos roles se fusionaron, como dos gemelos en plena gestación, demandando tiempo, exigiendo dedicación, pero con un solo objetivo: el derecho a la identidad, a construirse como cada uno aspira.

“En el fondo este libro es una metáfora de la incapacidad de la elite chilena de aceptar que hoy vivimos un país diverso y pluralista, que necesita ser representado y visto en el espacio público”, declara Pablo Simonetti. Una metáfora que toma forma en la historia de Felipe Selden, un joven arquitecto de 27 años, criado en el rígido círculo del Opus Dei y recién salido del clóset.
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El derecho a ser como uno quiere, liberarse de las tiranteces y los marcos, ha sido la causa que en los últimos años ha desvelado a Pablo Simonetti. Tuvo que dar una ardua batalla para convertirse en el hombre que es hoy. No sólo en sus definiciones sexuales sino también para llegar a ser escritor: “Fue una verdadera epopeya; tuve que luchar muchísimo. A pesar de tener todos los privilegios, a pesar de ser un hombre muy regalado por la vida, a pesar de todo eso, tuve que hacer un esfuerzo gigantesco para convertirme en lo que soy: un hombre gay pleno, un escritor feliz con su trabajo. En ambos sentidos, fue una lucha que recién terminé al llegar a los 40 años”.

Asumir plenamente su identidad no fue nada simple para un hombre que se define como ‘hijo de los convencionalismos’. “Mi origen está en el mundo del trabajo, del rigor, del deber ser, del progreso. Nací en una familia de inmigrantes italianos que buscaban la consolidación económica, el reconocimiento social, la salvación del alma. Mi camino estaba trazado de antemano”.

Reconocer una opción sexual distinta a la tradicional tenía un altísimo costo e implicaba no sólo perder el trabajo, también el rechazo de la familia y, finalmente, el aislamiento social.

Mi misión era ser ingeniero y trabajar en la fábrica metalúrgica con mi padre. Mis compañeros iban a ser mis hermanos y los hijos del socio de mi papá.

“Mi misión era ser ingeniero y trabajar en la fábrica metalúrgica con mi padre. Mis compañeros iban a ser mis hermanos y los hijos del socio de mi papá (suspira). Tenía que ser católico, casarme con una mujer, tener hijos, hacerlo bien, responder a las normas sociales de la época… Todo lo contrario de lo que verdaderamente era. Claramente en mi entorno existía un ansia de pertenecer y para eso había que ser más papista que el Papa”.

—Debe haber sido duro liberarse de todo eso.
—Todavía no me lo he sacado completamente de encima…

—¿De qué cosas no ha logrado liberarse, por ejemplo?
—A pesar de esta apariencia de seguridad, soy profundamente inseguro; el deber ser siempre me está imponiendo una demanda, una barrera o una meta, un rasero con el cual hay que cumplir. Vivo con la sensación de que estoy incumpliendo una exigencia de vida. Incluso ser escritor me costó. Llegué a la literatura con la necesidad de mostrarle a ese mundo que había dejado atrás, que estaba haciendo algo valioso, pero sólo reemplacé un deber por otro.

—Tenía que ser el mejor.
—Claro, pero en la escritura querer ser un buen escritor puede ser traicionero. Tienes que ser tú mismo para indagar dentro tuyo y en los reflejos de las otras personas. De a poco me liberé. Es curioso (reflexiona): estar en la fundación me ayudó: ahí me di cuenta de que por más que te quemes las pestañas y tengas una decena de reuniones al día, nada es suficiente; todo está cruzado por la voluntad humana.

Su rol como presidente de Iguales fue la más dura constatación. La prueba más clara de que nada basta, que muchas veces las cosas tienen su propio curso. “En el fondo maduré. Me di cuenta de que esta mirada de niño aplicado que siempre busca sacarse un 7, en la tarea del activismo social simplemente no tiene cabida; porque es un mundo tumultuoso, demandante, cambiante donde, por más que te esfuerces, no todo sale como lo esperas. En ese sentido, tanto mi rol en la fundación como también los amores me han enseñado a ser mucho menos demandante”, reconoce.

—Una de sus principales luchas fue la aprobación del AVP. La fundación surgió para imponer un proyecto que si bien estaba en las promesas de campaña de Sebastián Piñera, fue ninguneado y bloqueado por los aliados más conservadores.
—Junto a otras organizaciones y el apoyo de muchos en la sociedad civil tuvimos avances muy notorios, como la aprobación de la Ley Antidiscriminación, pero si bien no ha tenido una gran aplicación a nivel judicial fue un aporte importante para ser comprendidos por la sociedad. También hemos dado algunos pasos en el Acuerdo de Vida en Pareja, lo que generó debate al interior de las casas y permitió una disposición más acogedora sobre la diversidad sexual. Aunque esta apertura no necesariamente va de la mano del proceso político.

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—Sebastián Piñera anunció el AVP como uno de los ejes de campaña, sin embargo, a cuatro meses de terminar su gobierno, éste continúa en la bandeja.
—¿Qué quieres que te diga? Siempre creí que el Presidente estaba determinado a sacarlo adelante, pero finalmente sus intenciones se vieron minadas por la férrea oposición de un grupo ultraconservador instalado dentro del gobierno, que participa de las decisiones y que se ha dedicado a bloquearnos.

—¿Se refiere a la UDI?
—Sí, aunque no son todos. Ahí también hay personas que están abiertas ante un Acuerdo de Vida en Pareja, como Hernán Larraín, Edmundo Eluchans. En ese sentido no es un partido monolítico. Pero su directiva está tomada por un grupo conservador que está tratando de ponerle cortapisas al proyecto. Sumemos la cúpula conservadora de Renovación Nacional, con Carlos Larraín, y podemos hacernos una idea.

“Si el Presidente no logra aprobar el AVP durante su mandato y éste finalmente es visado en los primeros 100 días del gobierno de Michelle Bachelet, Piñera no necesitará estar muerto para revolverse en su tumba”, advierte Pablo Simonetti.

—Era un compromiso de campaña.
—Va mucho más allá. Un presidente tiene que ser un intérprete de nuestros tiempos. Los grandes políticos se distinguen porque son capaces de identificar las corrientes más profundas que mueven a nuestra sociedad. Y la posibilidad de tomar decisiones soberanas es un derecho de todos, no sólo del mundo homosexual. Se trata de levantar ideas que la gente identifica como propias. Es una pena que un proyecto que él presentó, que tuvo la valentía de enviar al Congreso, finalmente termine siendo hecho por un gobierno de centroizquierda.

Va mucho más allá. Un presidente tiene que ser un intérprete de nuestros tiempos.

—¿Qué garantías tiene de que el AVP vea la luz en los primeros 100 días del gobierno de Bachelet?
—Los políticos de la centroizquierda están alineados. Incluso Soledad Alvear, antes una férrea detractora de la idea durante el anterior gobierno de Bachelet, hoy se ha convertido en una de las principales impulsoras.

—Fuera de eso, ¿existe algún compromiso concreto de parte de Michelle Bachelet?
—No, no he tenido ninguna conversación ni existe un calendario político, pero en sus declaraciones ella ha planteado una agenda progresiva, que parte con la aprobación del AVP, continúa con el matrimonio igualitario y termina con el derecho a adopción. Además, que el Acuerdo de Vida en Pareja está maduro: fue visto por la Comisión del Senado, los expertos en el tema han dado sus opiniones, las organizaciones de la sociedad civil hemos entregado todas nuestras indicaciones. Sólo falta la voluntad presidencial. Pero Piñera tardó dos años y sólo le dio urgencia… Si yo fuera él (y perdón que me arrogue este título), le pondría discusión inmediata y lo sacaría antes del 17 de noviembre. Así la Alianza tendría al menos una chance de pasar a segunda vuelta, apoyada por el voto liberal, que espera medidas como ésta.

—¿Qué tan cerca ve a Evelyn Matthei de aprobarlo en el caso eventual de ser electa?
—La derecha no tiene un discurso coherente en cuanto a la inclusión de la diversidad sexual. Aún siguen pegados en el mismo argumento de Piñera en 2009. Con los cambios siderales que ha experimentado el país, el gran problema de la Alianza es que no está sintonizada con estos tiempos.