Avanza el verano otra vez a pasos agigantados y parece difícil no darle la razón a los charlatanes de tv que hablan de conspiraciones o profecías –algunos seriamente, aunque para ello copien descaradamente el History Channel– y juran que el tiempo pasa más rápido ahora por obra y voluntad de los illuminati o algún otro poder oscuro en las sombras. Por mi parte, me inclino a pensar que tiene más que ver con lo que planteó Herman Hesse en su obra cumbre “El Juego de Abalorios“: Vivimos en la edad folletinesca, nunca antes hubo tal proliferación de información creciendo de manera exponencial y proporcional al decrecimiento del significado y la capacidad de comprensión.

Nuestras vidas controladas por el mercadeo y el mandato subliminal parecen transcurrir velozmente porque no podemos asir el presente, el instante mismo en que lo significativo salta frente a nuestros ojos invitándonos a atraparlo, mientras nuestra atención se diluye dispersa entre redes sociales, temores, fantasías y “reclames”. Y así lo importante se pierde aplastado por lo superfluo y nadie se sorprende ni se rebela ante, por ejemplo, el espectáculo de los servidores públicos, y el tiempo vuela y se va.

Pienso todo esto hoy que comienzo unas breves vacaciones y recuerdo que hace exactamente un año fue mi último día de trabajo en un canal de noticias. Me tocó editar una nota sobre las escuelas de verano donde miles de niños de condición social precaria pasan sus vacaciones mientras sus madres temporeras trabajan o, simplemente, porque no tienen más opción. Pienso en esos niños que ven en televisión toda suerte de reportajes amateur y sosos sobre destinos turísticos paradisíacos, chicas en bikini, llenos de imágenes de familias sonrientes en tenida playera cuyo reclamo básico es el costo de los peajes o estacionamientos. Cuántas generaciones inocentes expuestas año tras año, día tras día, al bombardeo de ofertas caramelo-anzuelo tipo “compre”, “corra”, “apúrese” que instalan en sus cabezas la idea de que la felicidad es algo que está en alguna parte destinada para otros, mientras ellos padecen un calor del demonio tratando de mangueriarse en el mismo patio en que han estado todo el año, a cargo de gente que con dificultad puede entender por qué el Caso Penta es un crimen moral deleznable, menos cómo se calculan los intereses de sus deudas o ajuste sencillo de sus cuentas, que hace como que los cuida mientras se auto hipnotiza mansamente jugando Candy Crush o espiando a otros en Facebook.

Recuerdo que con la autora del reportaje en cuestión reflexionamos sobre qué hace especial un verano y concluimos que ciertamente para que sea inolvidable se necesita solo conocer un nuevo amigo, leer un buen libro, tal vez para algunos con más suerte vivir un lindo romance aunque no pase más allá del magnetismo y el coqueteo. Pero si están despiertos, a todos puede bastarle con los colores del cielo en la puesta de sol o con sentir la brisa en una noche cálida de luna llena o cielo estrellado. No importa dónde.

De modo que, finalmente, ¿quiénes son los dignos de lástima? ¿Quiénes son los pobres con más probabilidades de que sus vacaciones sean un fiasco? Porque una cosa es tomar hartas fotos y cervezas, acumular millaje, gastar a manos llenas, otra un verano inolvidable. Y otra, muy otra, la vergüenza patética de tener en tus manos la posibilidad de cambiar un poco, un grano de arena aquí, otro allá, la injusticia del mundo, y limitarse a votar como esbirro de algún poder, illuminati o no, decenas de leyes que no mejorarán en nada la vida de nadie.

Finalmente, un verano inolvidable es aquel en que uno se duerme cansado sonriendo, pensando en que mañana llegue luego, para seguir compartiendo con alguien es un regalo en nuestras vidas. Todo lo demás es desechable.

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