Me considero una escéptica en materia de oráculos. No creo en cartas astrales ni en el Tarot ni en nada parecido. Pero como muchos, no resisto la tentación de leer el horóscopo o que una amiga me tire las cartas si la oportunidad se presenta. Hay algo en todos los seres humanos que busca conectarnos con lo divino.

 Menos todavía me iba a imaginar consultando el I Ching, un sistema de ideas predictivas que los chinos inventaron hace por lo menos 3.000 años. La historia es como sigue.

Un conjunto de casualidades me llevó hasta la consulta de un conocedor de este oráculo en un momento de encrucijada. Es fin de año, tiempo de predicciones, y mi editor me dijo ‘anda y explica de qué se trata’. Y fui y salí con una respuesta. Y, desde ese momento, una cadena de coincidencias —el siquiatra Carl Jung las llamaría sincronías— me han puesto la piel de gallina.

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Ya con las varitas de milenrama en mi mano, Oscar Galleguillos de Feng Shui Chile (ogalleguillosfeng@gmail.com), me pidió que hiciera una pregunta en silencio.

No sabía por dónde empezar. Finalmente, para que mi experiencia fuera de alguna utilidad consulté para mis adentros. ¿Qué debo comunicar este 2015 a los lectores de la revista? ¿Cómo deben —y, por extensión, cómo yo debo— actuar en estos momentos?

La respuesta fue el hexagrama 33:
La retirada (Tun). 

La retirada tiene que ver con replegarse, guardar energías para lo que se viene, pero jamás con la huida desordenada (Ver recuadro).

El I Ching es un oráculo. Es decir, la respuesta que nos da algo más grande que nosotros mismos. Algunos pueblos de la Antigüedad decían que estos consejos los proporcionaban los dioses; otros dicen que es el ‘sabio interior’ o ‘uno mismo’ quien habla. Carl Jung diría que es nuestro inconsciente.

Una de las razones que me arrastró hasta la consulta del I Ching  (podría haberme declarado incompetente en el tema, pero no lo hice) es que Jung, padre de la sicología analítica, fue un ferviente admirador de este sistema de ideas. Tanto así, que por 30 años lo incorporó en su práctica clínica con el propósito de explorar el inconsciente de sus pacientes.

 Es cierto que muchos acuden a este oráculo como un sistema adivinatorio. Sin embargo, sería erróneo entenderlo como una bola de cristal que nos dice qué pasará, entregándonos un sí o un no como respuesta.

 Se trata de algo mucho más sutil e inteligente. Algo que, como en cualquier confesión o terapia sicológica, requiere renunciar al ego que nos pone en el centro del mundo, como dueños y señores de nuestras decisiones.

Lo que el I Ching nos explica es que pertenecemos a un lugar donde ‘todo está conectado con todo’, más allá de ese tiempo y ese espacio que nos muestra la física tradicional y sus leyes inmutables. Por eso se dice que los chinos descubrieron la Física Cuántica tres mil años antes que Occidente, porque se dieron cuenta de que la realidad no es estática sino que muta permanentemente. En efecto, I Ching significa el ‘libro de los cambios’, porque señala que lo único que permanece es la transformación. Esa es su conexión con el principio de la indeterminación o incertidumbre cuántica que en Occidente recién intentamos entender.

Ahora, Jung le agregó al I Ching el concepto de la sincronicidad, es decir, la relación existente entre dos fenómenos donde no puede verse una relación obvia causa-efecto. El siquiatra acuñó este término junto al físico cuántico y ganador del Nobel Wolfgang Pauli en un texto donde intenta explicar los fenómenos paranormales. Esos acontecimientos que la razón no puede comprender. Y ojo que estamos hablando del trabajo de un médico occidental y de un físico.

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Cuando Jung conoció el Oráculo Chino se sintió fascinado por su misteriosa precisión. Lo maravilló cómo el momento en que se manipulan las varillas o las monedas se conecta con el estado sicológico del individuo y con el estado del mundo. En otras palabras, todo está relacionado.

Los 64 hexagramas que corresponden a las 64 respuestas sabias (o 64 pronósticos de adivinación), resumen todas las posibilidades vitales que tiene el ser humano. Son posibilidades sacadas matemáticamente.

En términos junguianos, el I Ching viene a ser el inconsciente colectivo, es decir, el sustrato común o universal que compartimos con los hombres y mujeres de todos los lugares y épocas. Ahora, las respuestas o hexagramas corresponderían a los arquetipos descritos por el sicólogo: imágenes simbólicas o míticas que funcionan como modelos de comportamiento y que llevan implícitas todas las respuestas posibles (o predecibles) que tiene la conducta de un sujeto. 

Si a mí me ocurre algo aquí y ahora y pregunto a mi inconsciente (o a mi maestro interior) manipulando varillas, las respuestas serán predictivas porque ya otras miles y miles de personas han pasado, están pasando y pasarán por lo mismo cíclicamente. Como según esta sabiduría la única ley constante en el universo es el cambio (al igual que en la Física Cuántica), el I Ching nos ayuda a comprender cómo estas transformaciones operan en nosotros mismos y en nuestras circunstancias. De esta forma nos muestra cuál es la dirección natural o sabia que debemos tomar y que es la de menor resistencia al cambio, lo que en ningún caso significa renuncia o ‘tirar la toalla’ porque el I Ching es también un libro de filosofía moral.

Tal como advirtió Jung, se trata de algo completamente revolucionario para Occidente, ya que lo propio es que huyamos de las circunstancias y del peligro que implica cualquier mutación, cualquier cambio. Esto implica un desafío para nuestras mentes racionales porque significa soltar, dejar de controlar y aceptar que el azar (inconsciente) juega un papel clave en cada una de nuestras acciones.

Los pueblos primitivos ya tiraban conchitas o tripas de animales para buscar respuestas. Ahora, las fuentes conocidas del Oráculo Chino se remontan tanto a textos míticos como a los escritos del rey Wen, quien desarrolló los 64 hexagramas. Posteriormente, el duque de Zhou introdujo el concepto de relación entre los opuestos (Yin y Yang) , definiendo las 6 líneas de los 64  hexagramas. Posteriormente se integrarán las dos líneas principales del pensamiento chino que corresponden a Lao Tse y a Confucio.

Pasó un largo tiempo para que llegara a Occidente, siendo decisiva la traducción al alemán que hizo el sinólogo y misionero Richard Wilhem y que publicó en 1923. En una nueva edición de 1948 El libro de los cambios aparece prologado por su amigo Carl Jung. Para entonces, el sicólogo suizo ya había desarrollado su teoría del inconsciente colectivo luego de pasar por una profunda crisis en la antesala de la Primera Guerra Mundial. El mundo estaba convulsionado y entendió el carácter premonitorio de su enfermedad que incluyó sicosis y terrores. Decidió dejar atrás su actitud consciente para arrastrarse por mitos, símbolos ancestrales, siendo el arquetipo del sabio o Filemón quien lo atrapó y lo llevó a convencerse de que había cosas en su alma que tenían vida propia. Según sus propias palabras, lo esencial de todo su trabajo fue “la prueba de la prefiguración histórica de las experiencias internas”.

Como dijimos, en esos momentos de crisis fue el arquetipo del sabio el que Jung debió encarnar. Un símbolo que, por supuesto, también tiene en el I Ching su equivalente porque las respuestas son las mismas ya sea en la Alemania de comienzos del siglo XX  o en la China de hace miles de años.

También para mí que primera vez manipulaba las 50 varitas. Oscar Galleguillos, quien actuó como facilitador, me hizo manejarlas con la mano izquierda, que es la mano del inconsciente, hasta construir las 6 líneas que conforman un hexagrama. Estas pueden ser continuas, quebradas o cambiantes. En total, 64 hexagramas diferentes, todos arquetípicos como pueden ser El creador (Ch’ien); Lo receptivo (K’un); El conflicto (Sung).

Según me explica, al momento de manejar las varillas de milenrama, una parte de mi microcosmos (que para mi mente occidental puede parecer insignificante) entra en contacto con el todo o macrocosmos. Son justamente estas manipulaciones de los palitos o monedas, según sea el método escogido, las que permiten que mi inconsciente se active de la misma forma como podría operar el yoga o la meditación. Se trata de algo que cuesta asimilar, pero que coincide con los últimos estudios sobre el cerebro que confirman como vivimos dominados por nuestro inconsciente. De hecho, la neurociencia ha llegado a la conclusión de que menos del 10% de nuestras decisiones son conscientes.

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Como ya dije, el hexagrama de mi consulta fue el 33, La retirada (Tun). Oscar Galleguillos me lo informa y me pasa un libro donde yo debo leer su significado.

Pero además de todo el sentido que me hizo este arquetipo, lo que marcó mi experiencia fue el tema de las sincronías.

Hasta el momento de escribir esta nota, el I Ching era, literalmente, chino para mí. Por esas cosas de la vida, me encontraba buscando un nuevo hogar y había dado con la dirección de una casa sólo porque me llamó la atención la presencia de un jardín zen en un aviso de internet que pronto desapareció. Ahora entiendo que lo que yo buscaba era una especie de retiro, de paz. Pues bien, el día en que me reuní con la dueña de la casa, me contó que ella había consultado el I Ching —al que considera su maestro— para orientarse sobre mi posible llegada. Esto ocurrió un día después de que yo, por primera vez, había recurrido a este oráculo.

¿Sólo coincidencia? ¿Sincronía? ¿Señales?