Siempre tuve problemas con la historia. Con la de Chile y a medida que fui creciendo, con la de Argentina. Los profesores me hablaban del “Desastre de Curalaba” y yo pensaba; ¿Por qué desastre si fue la mayor victoria de nuestros antepasados? ¿Acaso el abuelo Alberto Millaqueo era un mentiroso?

Aprendí leyendo viejos manuales escolares que las machi eran brujas; el pillán, un demonio; y nuestros ancestros una banda de cazadores-recolectores, situados un peldaño arriba de zorros y pumas en la escala evolutiva. De civilización mapuche, ni hablar. Nuestra espiritualidad, supersticiones; nuestra medicina, cosa de brujos; nuestro arte, baratijas de feria costumbrista; nuestra lengua, un dialecto menor, ya casi desaparecido y de nula utilidad en la vida moderna. Aprendí que los mapuches, perdón, quise decir los “araucanos”, habíamos habitado entre los ríos Biobío y Toltén en el sur de Chile. “Habíamos habitado”. Así bien en el pasado, en pretérito pluscuamperfecto.

Muchas cosas la verdad me hacían ruido. Algunas me causaban risa. Siendo un niño nunca vi en mi lugar de origen, allá en Ragnintuleufu, a ningún lonko cargando días enteros un pesado tronco para ganarse el puesto. Caupolicán, contaban mis profesores, lo hizo por 3 o 4 días. Así les ganó a todos y fue nombrado toqui en la Guerra de Arauco. Aquella imagen siempre me pareció surrealista, algo torpe, una burda caricatura de don Kalfulikan. Todavía, cada vez que me cruzo con su estatua en la céntrica avenida que lleva su nombre en Temuco reflexiono sobre ello. Sobre cómo la historia oficial nos retrata. Y también sobre cómo nos miente. Amankay, mi hija de 12 años, un día paseando por Temuco preguntó quién era ese musculoso Tarzán con el tronco al hombro. Un obrero forestal, le respondí. Mi respuesta le hizo sentido. Es lo que hubiera esperado yo de mis profesores cuando tenía su edad. Una pizca de honestidad intelectual. Y de pensamiento crítico. Aquello no sucedió.

Recuerdo nos hacían recitar los versos de Alonso de Ercilla y Zúñiga en su poema épico La Araucana. Sí, aquellos de “por rey jamás regida ni a dominio extranjero sometida”. Con el tiempo entendí que La Araucana no era más que una bella pieza de propaganda, escrita para justificar ante el rey de España la inoperancia de sus soldados en los confines del mundo. Hoy creo fue el primer libro de ciencia ficción escrito en América. Una versión local de los X-Men de Stan Lee. Lo cierto es que en La Araucana hunde sus raíces lo más rancio del nacionalismo chileno, aquel que se disfrazó de araucanista para combatir a los realistas españoles. El mismo que tras pactar nuestra autonomía con el lonko Mariluan en Tapihue (1825), no dudó en retratarnos más tarde como una tropa de salvajes buenos para nada. Algo similar acontece allende los Andes, en Puelmapu, la tierra mapuche del Este.

Olvidos y silencios caracterizan su historia. Y una que otra mentira no tan piadosa. “Desierto” bautizaron los historiadores al extenso y rico territorio de las pampas y Patagonia, habitado hacía siglos por tribus indígenas. Y cuya principal lengua franca, la lengua del comercio, la diplomacia y de la guerra, consta fue el Mapuzugun. Pero no. La versión oficial dice se trataba de un desierto inhóspito y deshabitado, ocupado por “tribus salvajes” dedicadas al pillaje y el robo de haciendas en el patio trasero de Buenos Aires. Expulsarlas, o someterlas fue un acto patriótico. Los argentinos, repiten hasta hoy, son nietos de gringos y europeos; descienden de los barcos. Eso creían al menos hasta la Guerra de las Malvinas. Allí los ingleses les recordaron su verdadero lugar en el mapa. La historia, desde la antigua Grecia, la escriben y relatan los vencedores. Incluso cuando no ganan. Y es que si bien la Corona española perdió la guerra con los mapuches, sus descendientes chilenos nos vencieron. Lo hicieron en la Pacificación de la Araucanía y en la Conquista del Desierto, vaya eufemismos para maquillar dos guerras que duraron décadas y más tarde borradas de la historia. Sorprende lo poco y nada que chilenos y argentinos saben hoy en día de ambas. Se insiste que el conflicto trata de los tiempos de Colón. Nada más equivocado. Sus orígenes son recientes. ¿Se podrá resolver algún día el conflicto si lo que prima en la sociedad chilena es la ignorancia de que pasó con las tierras mapuche? ¿Se podrá poner fin algún día a la violencia? El Far West sureño tiene una explicación. Y una salida política y pacífica. Créanme que aún no es tarde para ello.