Marzo aquí en Dinamarca suele ser mi mes más complicado de cambio de armario, porque con frecuencia enfermiza el clima me juega una mala pasada a medio camino y debo terminar volviendo a sacar la ropa de invierno. Aún así imaginen la enorme alegría que siento con el inminente retorno del calor y la idea de cambiar la ropa pesada a la ligera estival… proporcional al bajón absoluto cuando llega el momento de la operación inversa.

Pero obviando a Murphy o con la esperanza viva de que se haya tomado unas vacaciones permanentes de mi mundo, entré en marzo pensando en el famoso cambio de temporada. ¡Por fin ha llegado la hora de guardar los abrigos y recuperar las telas livianas! Lo primero fue avisar a todos en casa de que el pasado fin de semana solo contarían conmigo en situaciones de “extrema” emergencia y eso no incluye “mamá, tengo hambre” o “cariño ¿has visto mis llaves?”.

Honestamente, me carga hacerlo pero disfruto increíblemente cuando re-descubro ese vestido que había olvidado o esa polera que estaba segura que ya no existía. En este intento, en el que a veces siento que muero, he intentado varias alternativas de organización: por colores, tipos de ropa, telas y al final siempre pienso que “pudo haber sido mejor”. Con los años también he aprendido a ser más suelta de manos y lo que veo que hace 1 ó 2 años no he usado o lo que puedo constatar que ya no me queda o no me gusta, va a la pila que revisan las mini-vikingas o a la bolsa para llevar a instituciones de beneficencia, donde pueden ser reutilizadas y tener así una segunda vida.

También me he dado cuenta que ha ido aumentando el número de “básicos” de siempre, esas camisas y poleras blancas y negras, jeans, pantalones negros de “media temporada”, la falda tubo, el trenchcoat y la biker de cuero que me encanta y no pierdo oportunidad de usar. Esas son prendas que están el año entero en mi closet y se van combinando con piezas de temporada y accesorios que les dan el look que quiero según la temporada.

Como no soy de las que tienen suerte con la organización en cajas con etiquetas, prefiero ir haciendo pilas de ropas en el clóset. La idea es saber y ver lo que tengo porque si no, seguro que nunca me lo voy a poner y la creatividad e inspiración se reducen cuando veo menos opciones. Ahora que mis hijas están más grandes, a veces nos animamos a dedicar una tarde a “probarnos” y reinventamos las combinaciones de lo que tenemos y nos fijamos también en detalles que pasan de largo en el día a día: como cuando se dieron cuenta de que mi armario iba perdiendo color y se transformaba en uno sospechosamente tricolor: blanco, negro y gris. Mi “asimilación” nórdica se agudizaba y la reacción fue inmediata… hubo un renacimiento del rojo, el naranjo, el calipso, el verde casi neón y todo el resto del pantone que da vida.

La satisfacción cuando veo el nuevo armario en orden es siempre señal de mañanas con menos minutos de frustración de madrugada a la hora de vestirme: después del “¿qué me pongo? ¡no tengo nada!” el vikingo me mira y se vuelve a tapar mientras se da vuelta porque lo supera la repetición de la escena. O nada peor que acostarse pensando en una tenida que a la mañana siguiente te enteras que no existe. Por eso me gusta ordenar mi armario y saber qué tengo para maniobrar.

Afortunadamente en casa tenemos espacio suficiente así que todo encuentra un lugar en el ático o en el sótano, a donde van a parar las famosas cajas plásticas transparentes de IKEA o las maletas que guardan los tesoros de temporada. Este año, sin embargo, una buena parte de la ropa de invierno se fue solo a maletas porque en medio de la tarea recordé que cuando estemos a las puertas del verano, me mudaré a una nueva temporada invernal en Chile, en el otro lado del mundo… ¡Dos inviernos al hilo!… Murphy NO estaba de vacaciones.

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