Hay mañanas en que una se mira al espejo y no hay forma de dar con un ángulo favorable. Simplemente, una amaneció porfiada de cara; como olvidada de la mano de Dios.

En uno de esos días me encontraba tomando un café con amigas (que estaban igual de feúchas) cuando una conocida se unió al grupo: el efecto fue el mismo que si una mariposa de colores brillantes se hubiese posado en medio de un montón de arañas fumigadas, insignificantes.

La recién llegada no sólo era linda, regia, estupenda, sino que además andaba como tocada por un hada madrina porque ningún hombre pudo evitar mirarla mientras hacía su entrada triunfal.

De inmediato sentí tensión en el ambiente.

No fue exactamente envidia lo que la recién llegada provocó, sino algo más atávico, primitivo y animal. Fue como si las menos favorecidas por la madre naturaleza (al menos ese día) hubiésemos olisqueado una especie de peligro en el ambiente; como si un grupo de vacas sintiera el olor de una loba y, en consecuencia, se pusiera en alerta.

Por la noche, reflexionando sobre este episodio me acordé de los estudios realizados por el doctor Jon Maner (sicólogo de la Florida State University) sobre lo animalescas que podemos llegar a ser enfrentadas a los ciclos biológicos. Resulta que bastaría una brizna del olor de una mujer en sus días más fértiles (cerca de la ovulación) para elevar los niveles de testosterona de sus pares, desatando —en consecuencia— el deseo de competir.

Ya sabíamos que, como mamíferos, nuestras vidas están gobernadas por una serie de pistas corporales de las que no somos conscientes. Los olores, por ejemplo.

Existe mucha literatura sobre cómo la presencia de una mujer en el tramo del calendario en el que puede quedar embarazada, dispara en los hombres sus niveles de testosterona asociados a la agresividad, competencia y deseo sexual. Y no sólo por alguna molécula imperceptible que vuela por los aires hasta sus narices de Neanderthal, sino que también porque las hormonas femeninas mejoran la piel, ponen el pelo más brillante y otorgan una inmejorable ‘manito de gato’ a sus portadoras.

Lo que el doctor Maner y su equipo descubrieron entonces es que las mujeres además somos capaces de rastrear estas señales en nuestras congéneres, elevando nuestros propios niveles de testosterona (hormona ‘masculina’), pero como una forma de advertir sobre la presencia de potenciales ‘rivales’.

Claro, todas estas teorías sobre la competencia sexual femenina tienen, desde mi punto de vista, algo de machismo trasnochado. Sobre todo cuando pienso que ninguna de mis amigas jamás se rebajaría siquiera a discutir por la posesión de sus maridos que, a estas alturas de la vida, no son precisamente ejemplares por los que arriesgarían el pellejo o la dignidad.

Sí, es verdad, hay días en que una anda tan fea que es casi un pecado, pero ante todo una es digna —dignísima—, así que ni se imaginen que cometería la ordinariez de pelear influida por el olor de una molécula misteriosa.