En la radio suenan los tambores y los chiflidos de protesta que marcan el ritmo de la marcha del día. Hoy es convocada por los trabajadores. “Para los abusos, para la desigualdad, para el lucro, yo paro”, dice la consigna.
¿Por qué tanto descontento? ¿Cómo se explica que este país que nunca en su historia había vivido tiempos tan largos de bonanza esté así de insatisfecho?

“Para los abusos, para la desigualdad, para el lucro, yo paro”, dice la consigna.

¿Cuál es su diagnóstico sobre Chile hoy?, le pregunté a Karoline Mayer, misionera alemana, quien desde hace 45 años trabaja entregando dignidad, amor y bienestar a miles de chilenos pobres.
“La mitad del país no conoce a la otra mitad”, me respondió con dulce acento. “No nos relacionamos. Chile es un país más rico, pero cada vez más pobre en vínculos. Hoy veo hijos que abandonan a sus padres porque su prioridad es pagar el auto”. Y sentencia, sin perder suavidad: “Nos falta humanidad”.

Miro por la ventana y veo la recién inaugurada nueva área del mall más concurrido de Chile: ‘Distrito de lujo’, dice en letras gigantes en su fachada. En la radio, vuelven a sonar los tambores. ¿Dónde estamos? Puede que no haya mejor metáfora de los tiempos que vivimos que la caída de los números. En una sociedad en que todo se mide —la imagen, la marca, la fidelidad, el desempeño— no sabemos cuántos chilenos somos. ¿Quince millones? ¿Dieciséis? Quizá, diecisiete. La catedral de la estadística, el INE, se vino abajo con su principal herramienta de conocimiento: el Censo. El Indice de Precios del Consumidor, que define nuestros sueldos, arriendos, deudas, el año pasado fue de uno como algo, pero parece que en realidad es de 3 y algo más. El porcentaje de chilenos pobres también es asunto de ardua discusión. Y la cantidad de personas con posibilidad cierta de votar quedó en duda con la dificultad del Servicio Electoral para eliminar a los muertos de sus listas.

En una sociedad en que todo se mide —la imagen, la marca, la fidelidad, el desempeño— no sabemos cuántos chilenos somos.

Si lo que no se puede medir no existe, o no se puede gestionar, como dicen las máximas que han determinado las decisiones sociales, culturales y económicas en los últimos cuarenta años, estaríamos en serios problemas. O al menos en estado de incertidumbre.

No es sólo en Chile. Es en el mundo. Soplan vientos de cambio. Nos guste o no, ya no podemos negarnos a cuestionar lo que hasta hace poco eran certezas. El crecimiento de una conciencia nacional es un hecho político sin marcha atrás. Debemos aceptarlo y adecuar las políticas nacionales a la necesidad de humanizar la vida y las relaciones entre ciudadanos.
Las cifras económicas hablan de un país modelo. Las de salud mental, de un país enfermo. De la riqueza del dinero debiéramos pasar a la riqueza de los vínculos. Y empujar para que todos —los quince, dieciséis o diecisiete millones— vivamos en el mismo país.