El 8 de noviembre de 2016 se celebrarán las presidenciales, pero Barack Obama ha demostrado que, pese a trabajar a contrarreloj, la política no tiene sentido si no se compone por gestos audaces. Lyndon B. Johnson, cuatro días después del asesinato de John F. Kennedy en  1963, se preguntaba: “¿Para qué demonios sirve la presidencia?”. Obama, décadas de retraso, parece responder que para asuntos importantes.

Han quedado pendientes en el camino, como una actuación activa de Estados Unidos en la resolución del conflicto palestino-israelí, como era la intención de Obama a comienzos de su primer mandato. A nivel interno también existen problemas graves: le critican no tomar las riendas del combate contra el racismo y la desigualdad. Pero cuando finaliza su carrera, el presidente parece decidido a ganarse su espacio en la historia del mundo, no solo como el primer hombre negro en llegar a la Casa Blanca, sino como el que desató algunos de los nudos mundiales que parecían sellados para siempre. En política ambiental, Obama consiguió un acuerdo de Estados Unidos con China. Respecto a la inmigración, realizó el primer intento efectivo en décadas y anunció la regularización temporal de casi cinco millones de indocumentados. Luego logró el acuerdo de limitación nuclear entre Occidente y el gobierno de Irán.

Esta quincena, el personaje de CARAS es Barack Obama porque ha terminado de coronar un final de gestión en lo alto. Con la reapertura de las embajadas de Cuba en Washington y de Estados Unidos en La Habana, después de 54 años comienza el principio del deshielo que camina hacia una esperada normalización. Todavía es pronto para hablar de triunfos, pero el presidente demostró que es capaz de enmendar el rumbo a tiempo. Si en 2008 ilusionó con su ímpetu por el cambio y en el camino perdió la fuerza, Obama parece no resignarse a pensar que estar en la Casa Blanca vale poco y nada. En tiempos en que las autoridades chilenas parecen temerosas de tomar decisiones, en descrédito ante la ciudadanía, el ejemplo del presidente de Estados Unidos enaltece la política y su sentido profundo: cambiar el rumbo de la historia y hacer que las cosas funcionen un poco mejor.