Hace unos días caminando de regreso a mi casa me puse a hacer el quite a los fumadores de la calle. Mientras los esquivaba mire al suelo y reparé en la cantidad de colillas que había en la calle. Pensé que si las vendiera a peso me volvería rica por la gran cantidad que había esparcida, si era prácticamente una alfombra. Mientras sentía rabia por la mala educación y suciedad de esos fumadores, se me ocurrió pensar en las alternativas que existían para esta gran cantidad de basura. Porque eso es basura, y bastante contaminante, ya que pueden demorar en deshacerse hasta unos 10 años, mal que mal cada cigarrillo contiene hidrocarburos y acetato de celulosa, que se deriva del petróleo.

Si consideramos que 5,6 billones de cigarros se fuman al año en el mundo, podemos imaginarnos las montañas de desecho que se acumulan cada día. Aparte de invitar a los fumadores a eliminarlas adecuadamente y no dejarlas tiradas en la calle o, peor, en las plantas, quiero sugerir una alternativa que me pareció sorprendente, la de la empresa Smokebox.

Esta pyme penquista –como se denominan– encontró un método más amigable para tratar las colillas. Ellos proponen instalar en diversos espacios unos contenedores Smokebox que una vez en sus manos tienen un uso. Ellos realizan una investigación que extraen un alcaloide (una vitamina) la que se aprovecha para el crecimiento del cultivo de arándano. También desarrollan un anticorrosivo para minería, una pintura antioxidante hecha con materiales biodegradables que permite reducir los disminuir sus residuos peligrosos. La idea es que las maquinarias mineras usen la pintura y una vez desechadas se puedan tirar al mar.

Una alternativa más amable para este poco decorativo desecho.

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