Nos hemos acostumbrado a escenas muy raras. Una sobrina nos manda la foto del sándwich que aún está masticando en Londres, un amigo llega de Hong Kong y parte a Vietnam, pero no nos interesa (cruzamos los dedos para que no nos cuente el viaje). Sacamos órganos de un cuerpo —riñones, hígados, corazones— y los colocamos en otro, todos los días (hay listas de espera). Hay 25 robots recorriendo el sistema solar, picando piedras y tomando fotos sin que siquiera aparezcan en el diario. Es tan normal que nuestros padres lleguen a los 90, que se nos olvida llamarlos para su cumpleaños. Por no mencionar trivialidades como la distribución masiva de empleados a sus lugares de trabajo mediante conductos subterráneos. Nos acostumbramos a todos los inventos, sólo la minifalda nos sigue llamando la atención.

Recibimos la tecnología con entusiasmo, aunque sepamos que la solución de un problema acarreará otros nuevos. La aparición del auto permitió vivir lejos del trabajo, lo que hizo crecer las ciudades hasta que el auto dejó de ser una opción para volverse una necesidad; lo que obligó a ampliar calles, inventar semáforos, estacionamientos subterráneos, tags. Nos apretamos un poquito y seguimos adelante, animosos.

Como todo el mundo, me acostumbro a los cambios, a todos menos a uno: a la convergencia de la telefonía portátil con la internet, conocida como ‘la nube’. A la conexión permanente, la consulta permanente, el registro permanente, todo ocurriendo fuera de nosotros. La internet era un montón de cables y satélites que nos comunicaban con discos duros llenos de información útil; éramos nosotros y la internet. Ahora somos nosotros los que ocupamos esos arrays de discos en subterráneos de Oklahoma y que preferimos imaginar como una nubecita blanca en un cielo azul.

Nos entregamos a la tecnología con infantil abandono. Me confunde el impacto de estas tecnologías sobre aspectos muy íntimos de nuestra experiencia, en particular sobre nuestra memoria. ¿Con qué amoblaremos esas piezas vacías que quedan en nuestra cabeza cuando hacemos outsourcing de nuestros recuerdos? La compulsión con que veo jugar en sus celulares a los pasajeros del Metro me hace pensar que esos dormitorios desocupados no se están llenando con nada, son buhardillas polvorientas donde no queremos entrar, son el aburrimiento.

Ya Sócrates miró con recelo esa novedosa tecnología de registro que fue la escritura y que hacía creer a los jóvenes atenienses que anotaban ideas que de alguna forma las poseían, cuando el único conocimiento que de verdad se posee –decía– es el que forma parte de nosotros, el conocimiento que se entreteje con nuestra memoria; no sólo fácilmente accesible, sino formando parte de nosotros, conformándonos. No nos confundamos: lo que acarreamos en la cabeza no son datos, porque cuando un dato está impregnado de una emoción que es exclusivamente personal, de un sentido propio, deja de ser un dato para volverse un recuerdo.

Como los niños que juegan en la pradera de centeno de Salinger, bailamos junto a un barranco donde nadie va a morir, pero donde rodarán nuestros recuerdos entre la zarzamora del olvido.