Jacqueline van Rysselberghe no modificó sus palabras en el programa El Informante. Esa noche el debate fue el matrimonio igualitario y el Acuerdo de Vida en Pareja que se evalúa en el Parlamento. La senadora trató de justificar, con dificultad, sus dichos sobre la supuesta “inestabilidad” y “violencia” en matrimonios gays. Sentado junto a ella, Claudio Alvarado se restaba del punto de la representante UDI, mientras que al otro lado de la mesa Felipe Harboe y Kena Lorenzini le rebatían desconcertados por su certeza. En paralelo, el exitoso guionista José Ignacio Chascas Valenzuela —vía Twitter— la invitaba a pasar unos días con él y su marido. 

A ella nada le hacía cambiar de parecer. Y estaba claro, al menos por televisión. Pero ni Juan Manuel Astorga ni los otros tres invitados veían el signo —clarísimo por pantalla— que ella no retrocedería: su cuello era adornado por una cadena de la que “colgaban” todos sus hijos en miniatura. ¿Sería posible que una mujer que usaba de adornos esos ‘niños premios’ considerara modificar los temas en discusión?

No soy ni tan vieja —menos acaudalada—, pero siempre vi a mi alrededor que los maridos regalaban un anillo u otra joya significativa a sus mujeres cuando se convertían en madres. No entregaban ‘minihijos’ de liviano oro.

Quizás hay un culto femenino del que estoy obviamente excluida, donde los pares se reconocen por los “niños premios” en sus gargantillas. Ya me hablan de abuelas que tienen ‘árboles genealógicos’ colgando del cuello.

Ni siquiera las odiadas calcomanías familiares que ponen en los autos —y que incluyen hasta las mascotas— me intrigan tanto. Esa es sólo una moda fea, kitsch. No existe algo misterioso que una a todos los que manejan esos vehículos (más allá de la altura en la vara del gusto).

Es claro que las figuritas no son sólo dijes, comunes entre quienes los coleccionan para sus pulseras. Hay algo más. Un orgullo que excede a la privilegiada maternidad.

Entré a Google y revisé las imágenes de la senadora Van Rysselberghe (en gran parte de ellas aparece con los ‘niños premios’) y me di cuenta de que gran parte de las mujeres que usan el mismo colgante se parecen a ella. Se visten igual, maquillan igual, alisan igual… Parecía que la película The Stepford Wives estaba más cerca que una ficción. De puro prejuicio, no me imagino a ninguna de esas madres apoyando el APV.

Cada uno con sus códigos. Los futbolistas se tatúan el nombre de sus guaguas. Al menos, el ‘niño premio’ se puede guardar o fundir.