Si mi memoria no me falla, esa serie de retratos se los tomé en 1992 en la casa de La Reina de Nicanor Parra, quien en pocos días cumple cien años. Puede ser una de las últimas con el consentimiento del antipoeta.
En aquella época, él traducía afanosamente Lear, Rey & mendigo y yo preparaba una exposición en la sala Gabriela Mistral del consulado chileno en Nueva York, en la que lo incluiría. La exposición finalmente nunca se hizo.
En esa oportunidad conversamos de muchas cosas; entre ellas, los gustos por ciertos autores de la imagen, pero recuerdo particularmente un comentario que me hizo pensar mucho en relación a mi oficio.

Nicanor dijo: “Tú sabes que yo soy físico y cuando un físico quiere fotografiar un electrón tiene que iluminarlo. Con lo cual, ya no es un electrón, sino más bien un electrón iluminado… Lo mismo sucede con el sujeto, porque tú miras a través de un objetivo y la cámara obtura a una determinada velocidad, que no necesariamente gráfica lo que el receptor de esa imagen está queriendo transmitir, pero ante esta problemática vamos a hacer un ejercicio”. Salió de la habitación, demoró unos minutos y cuando regresó traía en sus manos un espejo de cierto tamaño. Lo dejó encima de una cómoda y retrocedió. Después de sentarse se miró fijamente en él mientras yo enfocaba la cámara en ese adminículo; y se produjo lo esperado por Parra: La tan ansiada reciprocidad de la imagen.

Pasaron más de veinte años sin que nos volviéramos a ver. A principios del mes de julio hice una copia grande, la enmarqué y lo fui a visitar a su casa en Las Cruces para saldar esa deuda. Conversamos largamente sobre diferentes temas; entre ellos, las fotos del año 1992 y que hoy ilustran las portadas de sus libros Hojas de Parra y Temporal. Estaba encantado con el resultado de esa sesión y me agradeció haber conservado esa serie de retratos. Después de un par de horas de conversación me dijo: hoy ya no poso para los fotógrafos.