“Mamá, ¡no tengo vida!”, me dijo mi hija mayor con un tono irónico pero muy decidido de voz. Acaba de cumplir 15 años y venía llegando de una semana de “práctica” laboral que es parte del programa del colegio. Su declaración me sorprendió y le pregunté a qué se refería. “Me lo dijeron unos chicos que estaban en la práctica porque no tomo alcohol ni voy a fiestas de amanecida. Pero no te preocupes –me dijo con cara de condescendencia– les dije que no sabían de qué hablaban y que no me interesaba amanecer una mañana sin saber lo que había pasado la noche anterior”. Un suspiro de alivio y un escalofrío nervioso me recorrió el cuerpo.

En Dinamarca hay una discusión latente sobre lo que llaman la “cultura de los jóvenes y las fiestas”, donde el alcohol tiene un papel fundamental en todo tipo de actividades desde recitales a eventos deportivos. Lo mismo ocurre en el mundo de los adultos.

A mí me preocupa que, de una manera casi inadvertida, el alcohol sea una especie de “entrada” al grupo social y se transforme en una presión dura de llevar. De ahí, por ejemplo, comentarios como el que recibió mi hija al decir que no bebía alcohol.

Personalmente me da rabia la actitud de padres que permiten que sus hijos se vayan en viajes que tienen como fin emborracharse por una semana en Praga en la República Checa o en Sunny Beach en Bulgaria. ¡No logro entender a los papás que se prestan para comprar alcohol a sus hijos menores de edad, ‘porque es mejor que beban en un ambiente controlado’! Tampoco entiendo la actitud de aquellos que demonizan el alcohol y una copa de champagne convierte a un adulto casi en un alcohólico.

En un país donde a los 16 años los jóvenes pueden comprar licores de baja graduación, me encantó ir a la reunión anual de curso donde vi papás dispuestos a suscribir acuerdos colectivos para no permitir el consumo de alcohol, tabaco o cualquier tipo de droga en las fiestas de la clase. Aunque parezca extraño, no siempre es fácil lograr esos acuerdos y hay muchos padres que, a mi juicio, temen poner reglas claras en casa… por la razón que sea.

Conversando con amigos chilenos hay dos cosas que les llama la atención: una, que las reuniones escolares sean “anuales” (hay un par de reuniones personales extra durante el año sólo para tratar el tema académico) y dos, que la discusión en torno al alcohol, tabaco y drogas sea tan abierta. Al parecer, hay bastante preocupación pero no siempre el apoyo de los apoderados es consistente. Coincidimos en la importancia de las redes de papás –especialmente con hijos en edad escolar–, en la importancia de conversar con ellos, poner reglas claras y explicarles por qué. La presión del grupo de amigos es dura y debemos mostrarles que emborracharse no es una broma, no los hace más cool ni glamorosos y que es perfectamente posible divertirse a lo grande sin grados alcohólicos circulando por las venas.

Nuestra casa no es una casa libre de alcohol y una copa de champagne en un cálido atardecer estival o de un buen cognac una fría tarde de invierno se disfrutan a morir. Nuestras hijas nos han visto gozar de un buen mosto, mientras ellas apagan la sed con agua, y tienen claro que ni su cuerpo ni su mente están preparados para la ingesta de alcohol. Saben que al beber lo hacemos con moderación, que jamás vamos a conducir si hemos tomado una copa –así de absoluto– y que no necesitamos del alcohol para disfrutar de la vida y socializar con los amigos.

Pero el medio dice otra cosa y la publicidad te muestra un mundo distinto; es allí donde como papás debemos mostrar carácter y responsabilidad. Como dijo mi amiga Vero: “La pega de padres no tiene vacaciones ni feriados; es 24/7 de puro amor”. Y paciencia, agregaría yo. Quisiera escuchar esa frase también de más papás daneses y con más frecuencia.

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