Acciones que se repiten año tras año y generan la identidad de nuestro clan: personas unidas por un lazo sanguíneo y que, indefectiblemente, deja todo para última hora. Así es mi familia, así soy yo y así han sido todas nuestras navidades.

Partamos por el menú, siempre a cargo de mi mamá, que desde que la conozco, o sea hace 30 años, ha tenido la ilusión de que será la cena navideña el inicio de su descollante carrera como banquetera profesional. Se prepara con anticipación y es un arrebato de entusiasmo: en octubre comienza a recortar recetas de revistas, comenta lo buena que estará, se imagina realizando complejos platos de lentas cocciones, sorprendiéndonos con postres dignos de Le Cordon Bleu.

Pero el tiempo pasa demasiado rápido y el peso de la costumbre supera a tan alentadores propósitos. De repente ya es 24 de diciembre y no ha comprado ningún ingrediente, el supermercado es un caos, las ganas se van desvaneciendo, el calor es insoportable y todo es corre-corre. Así que terminamos deleitándonos con su receta secreta navideña tradicional: papas duquesas —congeladas en el centro— y carne al jugo. De postre, helado.

En el ítem regalos también desplegamos ciertos rituales. Mi abuela, que año tras año me entrega el pack de calzones de algodón en tonos pastel y un “billetito para que se compre alguna cosita”. Mi cuñada, de la que no soy santa de su devoción, que se ‘toma la molestia’ siempre con el pack de cremas, esas de dos por cinco lucas. Un derroche de generosidad que atribuyo a que no quiere que la pele.

Mi tía es un poco más impredecible: un año me regala ropa de gatita sexy dos tallas más chicas y en la Navidad siguiente me sorprende con blusas con flores estampadas y mangas globo. Sospecho que este año recibiré un lindo atuendo para jugar a La pequeña casa en la pradera. Lo que más valoro de sus regalos son los tickets de cambio.
El 25 de diciembre solemos almorzar juntos y luego pasar la tarde tomando cola de mono y comiendo pan de Pascua, entre papeles de regalo desparramados por todas partes y los infaltables 33 grados de calor a la sombra. Porque familia que transpira unida y comparte unida en medio del despelote, permanece unida.

Y ni hablar del árbol de Navidad, que cada año guardamos con mucho cuidado en una caja, pero siempre cuando volvemos a armarlo tiene una ramita menos, así que nos vemos en la obligación de desplegar toda nuestra creatividad tapando los sectores despoblados con luces, estrellitas y ángeles. Al final, el árbol termina siendo una maravillosa metáfora de la familia. No es perfecto, pero igual queda bonito.