En un principio, Papá Noel fue Nicolás de Bari. Nativo de Lycia, un pueblo de la antigua Turquía (S. IV. d.C), era un sacerdote, alto, delgado, que en una víspera de Navidad le dejó a su vecino unas monedas para ayudarlo con la boda de su hija. De ahí se heredó la costumbre de entregar regalos cada 25 de diciembre. Pero no fue esa la única herencia de Nicolás de Bari. El tiempo se encargó de hacer perdurable su amor por los niños y la generosidad, pero también supo reinventarlo. Hoy, el viejo de barba blanca y traje rojo vive en Rovaniemi, un pueblo de Finlandia ubicado a pasos del Círculo Polar Artico y a 50 minutos en avión desde Helsinki. Dicen que recorre Rovaniemi y sus alrededores en trineo y que dedica horas de oficina para leer las cartas de miles de niños que le envían desde todos los rincones del mundo.

Pero, ¿cómo Papá Noel pasó de ser un hombre alto y delgado a uno robusto y que habita en un lugar tan frío como el Círculo Polar Artico? La caricatura que dibujó en 1863 Thomas Nast fue decisiva. A partir de entonces, Santa Claus pasó a ser un anciano risueño, regordete, de mejillas rojas y barba blanca; el mismo que con los años alcanzó grado de omnipresencia en los días previos a las fiestas en calles, tiendas y casas. 

 

Wp-finlandia-450

 

Lo de Rovaniemi tomó más tiempo. En un principio, cuando se aludía al lugar donde habitaba el Viejo Pascuero todos apuntaban hacia Alaska o derechamente el Polo Norte. Pero tras una serie de disputas, en 1927 un grupo de finlandeses aseguró que residía oficialmente en Laponia. ¿Qué argumentos sostenían esa tesis? Las condiciones de vida, los renos, la nieve y las casas de madera pintadas de color rojo. Con todo a su favor, se declaró al pueblo finlandés y sus alrededores como el lugar oficial del personaje símbolo de la Navidad y, desde entonces, ésta no dio tregua a Rovaniemi.

 

Sólo la guerra puso en duda su condición. Durante los días finales de la Segunda Guerra Mundial, en 1944, la pequeña ciudad invernal fue destruida por las tropas alemanas de la Wehrmacht, tras el armisticio que Finlandia firmó con la Unión Soviética para continuar con la guerra como aliados. Finalmente y tras años en el suelo, en 1960 el arquitecto Alvar Aalto reconstruyó Rovaniemi, dando la orden de que el plano de la ciudad tuviese la forma de la cornamenta de un reno, todo un símbolo.  

 

Wp-christmas-house-450

 

Desde entonces, la historia es otra. No es requisito que el calendario marque el 25 de diciembre —o su víspera— para que los árboles de Pascua, los duendes y el aroma de las galletas de jengibre inunden sus calles. La capital de la Laponia finesa tiene espíritu navideño los 365 días del año, es decir, allí la Navidad nunca duerme por la simple razón de que su ‘protagonista’ habita cerca de ese lugar.

 

Con los años, Rovaniemi se transformó en un destino turístico, especialmente en los días próximos a la Navidad. A diario llegan miles de personas de diferentes rincones del mundo esperanzadas de conocer a Papá Noel. Existen cabañas y hoteles que lo evocan. Los enanos, los elfos y los villancicos que se reproducen por doquier —y por supuesto, la nieve— se encargan del resto.

 

De cualquier modo, la casa del Viejito Pascuero propiamente tal está en las afueras de Rovaniemi. Para llegar a Santa Claus Village deben recorrerse ocho kilómetros. Este destino turístico se creó a imagen y semejanza de todo lo que nos contaron cuando éramos niños.

 

Santa Claus Village es un verdadero cuento de hadas —de acuerdo con lo que narran turistas en los blogs y páginas de viaje—. El mismo Papá Noel se pasea día y noche en su trineo con renos alrededor de pequeñas casas, rodeadas de bosque, nieve, renos y huskys. La suya es una cabaña de madera, muy acogedora. En el lugar también está la oficina de correos. Allí recibe miles de cartas con las listas de regalos. Por sus pasillos los elfos se pasean con  galletas de jengibre.

 

Wp-viejitos-pascuero-450

 

Aquí los detalles no pasan inadvertidos. En la oficina donde recibe a los niños siempre anda con su péndulo, ese que le ayuda a controlar el paso del tiempo para así poder llegar a todos los rincones del mundo en una sola noche. También cuentan que sus elfos pueden escuchar a niños y adultos para saber si hacen cosas buenas o malas. Así apuntan sus observaciones en un enorme libro de notas que luego Santa Claus examina para determinar a quiénes llevará regalos y a quiénes no. 

 

Pero, ¿qué pasa durante el resto del año? En Rovaniemi la Navidad es parte de su esencia. El Santa Claus Village está abierto durante la época invernal, es decir, ocho meses al año. Pero en el resto del pueblo da lo mismo si es invierno o verano para que los turistas y sus 60 mil habitantes disfruten de ella. 

 

A fines de marzo se lleva a cabo uno de los eventos más importantes de la ciudad: la carrera de renos. Esta consiste en tandas de dos renos con sus respectivos jinetes, quienes van enganchados a ellos por una cuerda y se deslizan en esquíes. Santa Claus es el encargado de dar la partida y animar la carrera que recorre las calles del centro de la ciudad. Según cuentan, es una actividad exclusiva de la Laponia finesa.

 

Más hacia el verano está la Santa Claus Marathon, que parte a las 18 horas con la excusa de que la entrega de premios sea a las 00:00 horas, es decir, bajo el Sol de Medianoche. Y aunque el mismo Santa Claus no es quien da la partida, su recorrido atraviesa cada uno de los lugares en donde este personaje habita; Santa Claus Village, luego el túnel del Santa Park y el Círculo Polar Artico, hasta llegar al centro de Rovaniemi. 

 

Y si viajar a la Laponia finesa pueda ser un poco costoso, desde el año 2000 existe Santa Television, el canal oficial de televisión online de Santa Claus. Aquí a diario se suben videos de qué es lo que hace Papá Noel durante sus días de verano, cómo se prepara para Navidad o sus paseos por el Círculo Polar Artico con sus renos.

 

Con todo, siempre será mejor llegar hasta Rovaniemi, caminar hasta Santa Claus Village, golpear la puerta de la pequeña cabaña roja y que del otro lado aparezca el robusto anciano de barba blanca en quien creímos con una fe ciega en los días de la infancia.