Cuando adolescente, Albert Einstein imaginaba cómo sería viajar junto a un rayo de luz. Sus biógrafos creen que fueron estos experimentos mentales los que pavimentaron el descubrimiento de sus famosas teorías sobre el universo. Tan popular fue en su tiempo la inteligencia del científico que, cuando murió, su cerebro fue ‘secuestrado’ con la esperanza de conocer sus secretos. Pero, lo esencial, se lo llevó a la tumba.

El padre de la relatividad creció entre libros, cuadernos, imanes y bobinas. Nada de información al alcance de un click del computador ni de diez ventanas abiertas para comparar datos subidos a la web de todas partes del mundo. ¿Hubiese sido distinto su cerebro si el pequeño Einstein hubiese contado con las actuales tecnologías? 

La invasión de tablets, smartphones e internet en la vida cotidiana, especialmente entre los más jóvenes, tiene a científicos, sicólogos y educadores expectantes ante la posibilidad de que este órgano esté cambiando su manera de funcionar. Un escenario que plantea preguntas relevantes sobre, por ejemplo, cómo será el comportamiento de los individuos una vez que alcancen lugares de responsabilidad en su comunidad. En otras palabras, qué clase de sociedad construirán a quienes se les conoce como ‘nativos digitales’ en oposición a los ‘inmigrantes digitales’ que alcanzaron a vivir en un mundo donde era necesario ir a buscar en las repisas de un vecino la información para una tarea. O, en el mejor de los casos, llamar desde el teléfono familiar al tío más competente.

Tanto para los biólogos evolucionistas como para los neurocientíficos es un hecho que el cerebro cambia. Pueden ser modificaciones estructurales que tomaron miles de miles de años y que hicieron posible que este órgano desarrollara una corteza a cargo de las funciones mentales más complejas, incluida la autoconsciencia. Pero también se transforma a lo largo de la vida o en distintos momentos de manera transitoria. Estos cambios pueden ser tan específicos que, por ejemplo, si los músicos profesionales tienen más desarrollada el área motora, quienes tocan la guitarra mostrarán transformaciones en las zonas donde están representados los dedos de la mano, excepto el pulgar de la izquierda que no usan mientras ejecutan las cuerdas. Así de particular es esta plasticidad, explica el doctor en sicología e investigador del laboratorio de neurociencias del Centro de Investigación Avanzada de Educación de la Universidad de Chile (CIADE), Paulo Barraza. 

Algo parecido  observaron científicos de la Universidad de Zurich. El uso constante de celulares con pantallas táctiles moldea el procesamiento sensorial y deja un mapeo cerebral de los dedos utilizados en esta tarea. Como cualquier otra tecnología, su utilización sostenida en el tiempo termina convirtiéndolos en una extensión de nuestra mente, en este caso, de nuestra memoria.

De haber sido Einstein un nativo digital “seguro que no hubiese tenido el mismo cerebro. ¿Cómo hubiese sido? Cuesta mucho especular”, reconoce el neurocientífico David Bueno i Torrens, quien acaba de publicar Cerebroflexia, libro para cuyo título pidió prestado un concepto del arte de crear figuras tridimensionales con papel. La papiroflexia —origami en japonés— resulta muy útil para explicar cómo este órgano está en constante cambio ya sea por el nacimiento o por ‘la poda’ de conexiones neuronales durante su interacción con el medio ambiente.

nativos2

El biólogo y profesor de genética de la Universidad de Barcelona no se anima a hacer ficción con la biografía del premio Nobel. Sí es entusiasta al explicar lo que ha investigado en jóvenes que usan estas tecnologías desde pequeños: sus cerebros tienen menos conexiones en las áreas donde se gestiona la memoria, pero presentan más actividad en aquellas zonas que permiten relacionar múltiples datos de forma simultánea: “El cerebro de Einstein ya funcionaba bastante de esta manera (como los nativos digitales). Tenía una avanzada capacidad de relacionar diferentes datos y asuntos. ¡Lo que no significa que no contara también con una memoria prodigiosa!”. Hace una pausa y agrega: “Quizá si (Einstein) hubiese  manejado estos aparatos habría llegado aún más lejos … o tal vez no porque se hubiese confiado demasiado en estas tecnologías y usado menos su imaginación. Eso no lo podemos saber”.

Lo que sí es posible conocer es la forma como nuestra mente y comportamiento se modifica a medida de que crecemos e interactuamos con nuestro entorno hasta el momento de morir. 

Nadie recuerda su vida antes de los tres años. Hasta entonces sólo operan las zonas más superficiales del cerebro y por eso es que los niños pequeños son extremadamente susceptibles al ambiente. Ya entre los cuatro y siete años comienzan a madurar las áreas que gestionan la memoria (hipocampo) y por eso es en esta etapa cuando aprenden a leer, escribir y a realizar  algunas operaciones matemáticas. Es la primera ‘edad de la razón’ y son científicos por naturaleza. 

Los adolescentes, por contraste, son francamente emocionales. “El cerebro adolescente lo que busca es encajar en la sociedad . Necesitan hacer muchas interacciones y por eso les gusta tanto andar en grupo y se la pasarían conversando toda la noche. Todo esto las nuevas tecnologías lo favorecen y por eso es que las redes sociales les parecen tan atractivas”, explica el autor de Cerebroflexia.

El neurocientífico dice que todavía está por verse si la falta de empatía de Facebook o Instagram puede ser compensada por la cantidad y variedad de realidades que tienen al alcance de un click. Habrá que esperar que los nativos digitales cumplan 30 ó 35 años y sean ellos quienes tomen el control de la humanidad. 

Lo que sí ya puede observarse son estos cambios sutiles en las redes neuronales que gestionan la memoria (menor actividad) y la capacidad de relacionar distintas ventanas de información (mayor actividad). A diferencia de sus padres, no necesitarían hacer un esfuerzo para recordar, por ejemplo, los números de teléfonos de sus familias y amigos, ya que los tienen almacenados en celulares que funcionan como una memoria anexa.

—¿Los hace más inteligentes o sólo mejor adaptados?

—Más adaptables a su entorno. ¡La inteligencia es de esas cosas tan difíciles de definir, incluso de cuantificar! De hecho, más inteligente es quien está mejor y más adaptado a su entorno.

 Su par chileno del CIADE es más escéptico.

“Los estudios sobre los efectos del uso de internet no muestran evidencia contundente de transformaciones en el cerebro cuando se trata de un uso tradicional. Donde sí hay evidencia es en  adolescentes adictos: observamos una alteración en los circuitos de recompensa que es lo que ocurre con cualquier otro tipo de adicción”, explica Paulo Barraza.

Ya lo explicaba Bueno i Torrens. Una de las cosas que más motiva al cerebro son las novedades. “Y en un tablet táctil tienes una novedad por segundo si quieres. Eso es muy adictivo”. Especialmente para la voluble mente adolescente. Pero es la sala de clases el mejor laboratorio para observar los cambios en los modos de aprendizaje de los nativos digitales.

El profesor Patricio Navarrete habla con propiedad. Durante sus tres décadas como docente del Liceo Experimental Artístico fue testigo de cómo se modificó el comportamiento de los jóvenes: “Hay una gran dependencia de los celulares entre los alumnos, al punto de que el profesor está en una constante lucha para que los dejen a un lado. En la clase de tercero medio estudiamos atención y memoria y ellos reconocen  que sus mentes están sobreestimuladas por un bombardeo de información”.

—¿Cómo los afecta esta sobreestimulación?

—Todo el proceso de aprendizaje se altera. Como es muy difícil motivarlos con algo que no sea inmediatamente significativo en sus vidas, no ponen atención y como no ponen atención no guardan los conocimientos en su memoria.

 Barraza a su vez reflexiona sobre estos ‘jóvenes desmemoriados’: “Quienes están acostumbrados a buscar en internet no se acuerdan demasiado de la información en concreto, pero sí saben muy bien dónde ir a buscarla. Es lo que se asocia al fenómeno de tener una memoria anexa, es decir, dejo de hacer un esfuerzo en retener datos y me centro en cómo buscarla”.

nativos3

Más que un cambio contundente en las redes de neuronas, lo que el científico observa es una modificación en el comportamiento. Sin embargo, para el cerebro no es lo mismo googlear o incluso leer en un e book, que estudiar como lo hicieron sus padres ‘inmigrantes digitales’ en cuadernos y papel. La forma clásica de aprendizaje por siglos.

Como la lectura es una habilidad reciente en la historia evolutiva humana, no hay una zona de nuestra mente especializada en hacerlo: cada vez que tomamos un texto, nuestro cerebro improvisa un circuito neuronal y recurre a áreas como las encargadas de la coordinación motora y la visión (Maryanne Wolf en Proust and the Squid).  Leer (y aprender) es, finalmente, un acto físico.

Existen múltiples investigaciones que muestran como frente a una pantalla, al no contar con la topografía que nos ofrece un libro —para ir hacia adelante y atrás o ubicar cierta información en un lugar específico del espacio— se ve disminuida tanto la motivación como la comprensión lectora (Geoff  Kaufman, sicólogo investigador de Human-Computer Interaction Institute, U. de Carnegie- Mellon).

Un nativo digital acostumbrado a leer archivos PDF o, en el mejor de los casos, en un e book, no estaría entrenando las mismas áreas del cerebro que ejercitaron sus padres  o tatarabuelos, quienes se asombraron con las teorías cuánticas y de la relatividad.

 Y como el hábito hace al cerebro igual que al monje, está por verse qué sale de este origami de neuronas de aquí a unos años más.