La escritora francesa Anne Bert murió el 2 de octubre de 2017. Dos días después salía publicado su libro póstumo El último verano. No fue casualidad, porque la muerte de la novelista no ocurrió de manera natural. Afectada desde hacía años por la enfermedad de Charcot o Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), que paraliza el cuerpo de los pacientes hasta morir por asfixia con su propia lengua, en sus últimos meses clamaba con desesperación poner fin a su vida. Para ello dio numerosas entrevistas a los principales medios de comunicación franceses, donde defendió sin éxito el derecho a una muerte asistida y consciente, emplazando a los candidatos presidenciales de las elecciones de 2017.

Pero Francia prohíbe la muerte asistida, por lo que terminó haciendo lo mismo que tantos otros franceses y decidió organizar su muerte en Bélgica, donde la eutanasia activa es legal desde hace 15 años.  El caso de Anne ha remecido los cimientos de la sociedad francesa, donde en un mar de derechos sociales, ni la muerte asistida ni la inseminación de mujeres solas o lesbianas están permitidas. Una de las reformas propuestas por el actual gobierno de Emmanuel Macron corresponde al código de bioética, que en Francia por ley debe ser revisado cada siete años. Por eso, entre enero y abril de este año, todo ciudadano francés pudo participar de los Estados generales de la bioética para aportar sus propuestas a la nueva ley, que en los próximos meses deberá ser discutida en la Asamblea Nacional.

Mientras tanto, muchos franceses y francesas seguirán obligados a cruzar la frontera para dar vida o morir dignamente en Bélgica. Françoise Griso es una mujer alegre, rayonnante (“radiante”) como se dice en francés. Pocos notarían, al verla, que su rostro ha sido sometido a nueve operaciones como consecuencia de una seguidilla de cánceres y tumores que le han descubierto. Hace 17 años, cuando tenía 41, se le diagnosticó un tipo de cáncer muy agresivo que ataca los órganos de la cabeza uno tras otro: la mandíbula, la oreja, la garganta, el cráneo y ahora el ojo izquierdo. Aunque al principio mantuvo controlada la enfermedad, hace cinco años sufrió una recaída con metástasis en el pulmón y a partir de ese momento supo que la enfermedad iba a ganar la batalla. Con la experiencia previa de haber cuidado a su padre moribundo, Françoise tomó una difícil decisión: “Me dije que debía pensar en el final de vida y como no quiero morir igual que el 80% de los franceses, me informé e hice una solicitud en Bélgica”.

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Griso ha elegido, como antes lo hiciera Anne Bert, someterse a una eutanasia activa, es decir que un médico le inyecte, mientras ella está consciente, una sustancia letal que le evite sufrir los peores momentos de su enfermedad.  En Francia, la legislación más relevante sobre el fin de la vida data de 2005. Ese año fue promulgada la “ley Leonetti”, que establece que los tratamientos médicos a personas en fase terminal de una enfermedad no deben ser administrados por una “obstinación irracional”, sino ser sustituidos por “cuidados paliativos”. Además permite aplicar tratamientos antidolor aun cuando puedan resultar en una muerte más rápida y, en algunos casos, deja el poder de esa decisión al propio enfermo.  En 2016, la ley Lionetti fue “perfeccionada” con una reforma que autorizó a personas con enfermedades graves e incurables recibir un tratamiento sedativo hasta la muerte, lo que implica obligatoriamente detener la hidratación y la alimentación. “¿Dormir a un enfermo para dejarlo morir de hambre y de sed es más respetuoso de la vida que inyectarle un producto letal?”, se preguntaba Anne Bert a comienzos de 2017.

Françoise Griso tampoco cree en este sistema francés, que a su juicio es sólo para enfermos terminales que, llegado el momento, ya ni siquiera pueden decidir: “La eutanasia activa permitiría reducir el costo de la seguridad social, porque la gente que quiere morir se queda mucho tiempo en los hospitales. Creo que el lobby de farmacias, hospitales, laboratorios y religiones, que se llenan de dinero con el fin de vida, mantiene atrapado a los políticos”, reclama. En la vecina Bélgica, la eutanasia activa está muy controlada. Su aplicación exige la visita a un médico que revisa el historial clínico del paciente y sólo la autoriza si el sujeto “está consciente de lo que pide; si lo hace de manera voluntaria y repetida; si su enfermedad es incurable y padece un sufrimiento físico y psicológico insoportable”. Françoise dice que tener arreglada su partida a Bélgica le ha permitido luchar en Francia contra el cáncer y hacer todo por llevar una vida tranquila. “Si no tuviera la decisión tomada”, dice, “quizá buscaría por todas partes la forma más suave de suicidarme”.

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La muerte no asusta a Françoise Griso. “Más miedo me da no llegar a Bélgica como yo quisiera, porque podría caer en un coma o sufrir un ataque cerebrovascular y terminar en manos de la medicina francesa”. Françoise ha previsto que algunos de sus familiares la lleven a Bélgica si ella ya no está consciente. Entre ellos, sus tres hijos: “Ellos piensan como yo. Intentamos compartir lo máximo juntos y están tristes porque su madre no tiene una esperanza de vida como quisieran, pero prefieren verme morir con una sonrisa”.

Inseminación asistida: misma canción  

Camille Clerc (42) siempre supo que quería ser madre. La primera vez que sintió estar con la persona indicada, tenía 24 años, pero ambos se dijeron que eran muy jóvenes. La segunda vez, Camille tenía 38 y con su pareja lo intentaron naturalmente, pero no funcionó. Entonces comenzaron con las inseminaciones artificiales: cuatro en un año y medio, sin resultado. Luego pensaron en la fecundación in vitro, pero en el intertanto la relación terminó: “Estos tratamientos pesan mucho en la pareja. Mi novio me dijo que se sentía solo como un progenitor, que nuestra vida estaba centrada en mis reglas, mis tratamientos y en la posibilidad de que funcionaran o no”.

Al mismo tiempo que se quedaba sola, Camille se enteró de que sus trompas de falopio estaban obstruidas. Eso significaba que en ella las inseminaciones nunca iban a ser exitosas. Tenía 40 años y aún soñaba con ser madre, pero no quería irse de fiesta y embarazarse de cualquier persona, o pedirle a un amigo el favor de convertirla en madre. Su opción era ser fecundada de manera artificial y allí se topó con un problema: en Francia, las mujeres solas o las lesbianas no pueden ser objeto de procreación médicamente asistida (PMA).

Fue entonces que decidió ir a ser madre en Bélgica, donde “hay hospitales especializados en el tema. Yo fui a dos. El primero me hizo un cuestionario psicológico y me rechazó, porque consideraba que mi ruptura de pareja era muy reciente y temían que el bebé fuera un consuelo. El segundo me citó a una entrevista directamente con la psicóloga. Estuve dos horas con ella y me explicó que en general no consideran los expedientes cuando hay un quiebre reciente, pero a mi edad aplicar ese criterio era penalizarme. Como yo ya me estaba haciendo acompañar por una psicóloga en París, la especialista belga convino en que yo estaba equilibrada, segura de mi decisión y acompañada de un entorno que conocía mi proyecto, entonces me validó”.

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Pero además de estar segura de su decisión, en Bélgica a Camille le exigieron un último requisito: “Me preguntaron quién iba a hacerse cargo de mi hijo si a mí me pasaba algo. Es un punto muy serio del sistema belga: no quieren que los niños sean lanzados a la naturaleza así como así. Yo no lo había pensado, pero esa persona era mi hermana”.  En total, Camille visitó cuatro veces el hospital en Bélgica: para la cita con la psicóloga, otra con el médico, otra para que le retiraran sus óvulos (punción) y la última para la transferencia del huevo fecundado. Se gastó unos 5 mil euros en hoteles, transporte, atención médica y el laboratorio de punta que tomaba las decisiones. Tuvo suerte, porque apenas 4 meses después de enterarse de sus trompas obstruidas, Camille quedó embarazada al primer intento. Su hija ya cumplió un año. “Es aberrante que en Francia esté prohibida la inseminación de mujeres solas o lesbianas, sobre todo porque hay muchas mujeres que quedan embarazadas y luego el hombre las abandona. O parejas que se separan y el hijo no ve nunca más a uno de sus padres. O mujeres que quieren tener un hijo y se embarazan de cualquiera”.  Según una encuesta publicada este año, el 64% de los franceses está a favor de la inseminación para solteras y lesbianas. La opinión es más favorable que en el caso de la muerte asistida, por lo que el presidente Macron se comprometió a poner el tema en debate. Sobre la eutanasia, en cambio, advirtió que “no es prioridad”.

Hoy Camille dice estar feliz. “Aunque hubiera preferido hacerlo bajo un modelo convencional, de saber que tenía un problema en mis trompas habría intentado tener un hijo más temprano. Me inseminé sola porque el reloj me presionaba y no había elección. Pero estoy muy, muy feliz”.