Soledad Onetto: ‘Una mujer con autoestima es sinónimo de seguridad’

La conductora del noticiero central de Mega se siente en una situación pública de privilegio, por la posibilidad que tiene de tomar un micrófono, fijar posiciones e influir, lo que —asegura— la obliga a tener una responsabilidad social mayor que el resto. Por ello, Soledad Onetto (40) no dudó en sumarse al proyecto de CARAS, de visibilizar las causas e historias de mujeres anónimas y hacerlas propias, en un contexto donde, estima, la realidad femenina es otra en comparación a unas décadas.

“Hay una nueva mujer más independiente, más liberal en la crianza de los niños, en lo sexual. Lo veo en mi generación y qué decir de las que vienen; no hay miedos, son más libres, dueñas de sí mismas, que dan menos explicaciones. Mujeres que conocen sus derechos y que quieren alzar la voz, pero desde el respeto, honestidad y profesionalismo”. Aun así, Soledad cree que a su género todo le sigue costando el doble: “El doble de pega por la mitad de paga. Socialmente es la que cuida a los niños y a los ancianos; su labor es mucho más grande. Y lo que sigue pendiente es la culpa constante por trabajar y no estar con los hijos. La crianza-trabajo solo se resuelve cuando el sistema social te permite estar más tranquila, cuando hay un entorno que contiene a tus hijos y tú puedas llegar más temprano para estar con ellos. Se requiere un cambio cultural en la mirada masculina hacia nosotras; ¡ese es el gran cambio! Nuestra sociedad está dominada por hombres, donde prima su mirada de la competencia, el logro, de alcanzar objetivos y metas. Que no es malo, pero distinto a la mirada femenina —que es lo que falta hoy—, que se da más tiempo en la reflexión, se da la vuelta más larga, que observa en 360 grados”.

Desde que animó el Festival de Viña con Felipe Camiroaga (2009) partió su lucha pública por el salario igualitario. “A igual trabajo, igual paga; no me vengan con cosas, y lo dije. Me acuerdo que en ese momento me llamó la ministra del Sernam para agradecerme. Son causas que deben visibilizarse, y al fin las conductoras dejamos de ser el arroz graneado de estos hombres y hoy somos una voz importante en la TV, periodismo y las comunicaciones… Aunque faltan mujeres en directorios de empresas, en cargos gerenciales”. Una mujer con autoestima es sinónimo de seguridad, estima la periodista. “Un aplomo que recién yo tuve a los 37, que tiene que ver con la madurez, experiencia, un camino recorrido y ciertos logros para que tu autoestima sea sólida. Porque hoy las chilenas batallan con mensajes contrarios a lo que ellas quizá son o representan, como esos mensajes publicitarios que muestran mujeres de 1.80 metro, de 45 kilos y con un estereotipo distinto a nosotras. Hay una exigencia externa de ser regia, rubia, flaca, exitosa, sin arrugas, feliz; ojalá casada y con niños. Muchas caen en el intento y lo más probable es que no lo logren y terminen frustradas. Qué maldita esta sociedad, cuando en TV ves a todo tipo de hombres, partiendo por don Francisco, que engordan, envejecen en pantalla, pueden decir lo que quieren ¡y se visten todos los días igual!”. Una realidad injusta para Soledad. “Como me dijo el padre Felipe Berríos en una entrevista, estamos presos del consumismo, del qué dirán los otros de nosotros. No somos libres, porque no somos capaces de realizar nuestros proyectos personales”. Por eso su mensaje siempre apunta a la normalidad, naturalidad, tú puedes hacerlo, tú puedes lograrlo. “Es lo que creo y lo que veo. Soy jurado de distintos concursos de mujeres en materia de tecnología, emprendimiento, donde ellas son felices con su propio desarrollo, que puede ser desde un cultivo de abejas hasta un máster en Londres. La realización personal es la misma, y ésta parte y se construye en gran medida en la seguridad personal”, dice la periodista.

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Javiera Suárez: ‘Si ya fui mamá con cáncer lo seré dos veces más’

Sigue dándole la batalla a un cáncer agresivo que le detectaron en mayo del año pasado, a pocos meses de haberse casado con el doctor Cristián Arriagada y embarazada de su primer hijo. El panorama no era muy esperanzador para ella ni para su guagua, tratándose de un melanoma grado 4 que afectaba su pechuga, huesos, pulmones e hígado. A pesar del miedo que la invadió, Javiera Suárez lejos de rendirse, se hizo cargo de su enfermedad. Cambió radicalmente su alimentación a una dieta alcalina y sin gluten (recetas que comparte en su página www.liveat.cl), se sometió a la inmunoterapia y en marzo nació Pedro Milagros, convirtiéndose de paso en el primer niño en el mundo que nace con tratamiento de inmunoterapia en un embarazo de siete semanas. Esto sienta un precedente para muchas mujeres que ante un cuadro similar, suelen abortar por las altas probabilidades de que el menor nazca con metástasis. Se trata de un milagro para la periodista, que celebra y agradece todos los días. Por eso repara en lo negativas que se han vuelto las personas, que no suelen detenerse en las pequeñas y grandes cosas que le ocurren a diario. “Cuando agradeces lo bueno y no lo das por garantizado, empiezas a disfrutar la vida de otra manera. Por ello hoy mi causa es aportar para que la gente sea más agradecida. Me tuvo que dar cáncer para pensar así y, literalmente, éste se ramifica porque hoy mi marido y familia tienen esa misma mirada. Agradecemos estar juntos, aunque igual pienso que no me quiero morir, que me funcione el tratamiento”.

Aunque decreta una y otra vez que le ganará a la enfermedad, reconoce que muchas veces debe luchar contra su propia cabeza que la invade con supuestos como ¿y si no funciona?, ¿y si me muero?, “hasta que tomo conciencia que lo único real es que ahora estoy sentada contigo en una entrevista. Obvio que me encantaría que en mi próximo examen de cáncer no aparezca nada, pero ¿qué saco con darle vueltas al tema? Estoy nerviosa, pero apelo a que estoy sana porque me siento bien y miro amenazante para arriba a la virgencita de que la voy a ir a chasconear si no es así. Tengo fe… Mi marido hace unos días me dijo que lo que sea, va a estar bien (se emociona). Ojalá sea lo que yo quiero, que es vivir muchos años y envejecer junto con Cristián. Y si sale malo, igual va a estar bien. Dios ya me regaló un milagro; mi hijo y yo somos un milagro”. “Me he vuelto una mejor persona —asegura Javiera—. Podría haberle agarrado odio a la vida, a Dios, a la gente sana, pero no; estoy más agradecida, al punto de decir con convicción: se puede ser feliz con cáncer; la felicidad depende de uno en cualquier escenario. Me he hecho cargo de mi enfermedad para que las cosas cambien y tomen la dirección que yo quiero. No se trata sólo de decretar, hay que actuar para generar cambios. Sé que los tratamientos para sanar los melanomas son muy recientes, por tanto, aún no hay evidencias ni experiencias que demuestren que te puedas sanar, pero sí que se puede controlar la enfermedad. Y aunque sé que Pedrito es un milagro, no quiero renunciar a tener más hijos, independiente de que esté en tratamiento toda mi vida. Encontré a mi príncipe azul, mi sueño es tener dos hombres y una niñita. La gracia de la vida es que puedes decretar lo que quieras en base a uno y a sus circunstancias. Y si ya fui mamá una vez con cáncer en etapa cuatro, lo seré dos veces más, ¡de todas maneras! No tengo idea si será en mi guata, con vientre de alquiler o adoptando, pero lo haré y esa será una próxima portada de CARAS”, advierte la periodista, quien asegura que el amor, en su caso el de su marido —que ha estado siempre a la altura, dice—, la mantienen optimista. “Pedrito también fue mi luz dentro de mi guata; me dio esperanzas, porque por un lado tenía un cáncer que me estaba matando, pero, por el otro, estaba formando una vida, ¡¿no podía estar tan enferma?! Estoy segura de que si ahora quedara embarazada, esa guagua nacería sana, sin embargo, es algo que debo planificar muy bien. No puedo jugar a doblarle tanto la mano al destino y apelar todo el rato a los milagros, ¡pobrecitos!”.

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Erika Olivera: Abuso y deporte Sus dos grandes batallas

El 23 de junio de 2016, Erika Olivera decidió terminar con su mayor pesadilla. Ese día fue hasta un cuartel de la PDI a denunciar un secreto que le pesó toda su vida: su padrastro, quien le dio su apellido, había abusado de ella entre los 5 y 17 años. A más de un año de esa revelación, la maratonista de 41 años dice que hoy se siente orgullosa de su valentía. “Más tranquila y más feliz de lo que era. Fue liberarme de muchas cosas que no me hacían bien”, comenta. Esa liberación la motivó a dar dos luchas en su condición de mujer.

La primera, invitar a las víctimas de abusos a “perder el miedo a hablar, a decir las cosas. Es difícil contárselo a alguien, alzar la voz. Cada uno tiene sus tiempos y espacios. Pero cuando se sientan preparadas, ¡háganlo!; se liberarán de un gran peso. A mi familia la veo más feliz y yo más aliviada. Hace muchos años comencé a rearmarme como persona, tanto en lo mental como emocional, para conseguir una tranquilidad desde el alma”, dice la atleta. La deportista —quien por estos días se prepara para los Juegos Olímpicos de Londres—, cuenta que muchas mujeres se le acercan para contarle sus experiencias: “Agradezco la confianza. Muchas veces me transformo en ese oído que ellas no tienen y las aconsejo. Y si bien nunca tuve terapia ni tampoco la busqué, les recomiendo que busquen apoyo profesional para que las guíen de mejor manera y tengan herramientas para salir adelante. Yo hablo desde la experiencia, pero no tengo la receta”. Su otra batalla y donde Erika concentra sus energías es en seguir fomentando el deporte a nivel masivo. “Hoy vemos a muchos niños que no tienen los espacios ni los tiempos para poder desarrollarse. La idea no es solo conseguir campeones; soy una convencida de que el ejercicio es una herramienta para surgir y prevenir la droga y delincuencia. Si a los menores les entregamos espacios donde puedan desarrollarse libres, los sacamos de un círculo y flagelo que ataca fuerte a nuestra sociedad”, señala.

Para las mujeres también es de gran ayuda, asegura Erika. “A través del deporte pueden empoderarse más en el trabajo, con su físico, mente y emociones, en una sociedad donde el género femenino seguimos teniendo grandes obstáculos, como por ejemplo, la falta de tiempo. Hoy cumplimos muchos roles… Pienso en esa jefa de hogar de barrio, que no tiene quien le cuide a sus hijos, que debe trabajar para mantener su casa y no cuenta con lugares donde ella ni sus niños puedan realizar actividad física. Ojalá pudieran contar con algún espacio, porque insisto, el ejercicio es fundamental para un desarrollo integral. Lo pasan bien, despejan su mente; conocen y comparten con otras mujeres que están en las mismas condiciones que ellas”.

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Daniela Vega: ‘Si no hubiese sido artista hoy no estaría viva’

Daniela Vega quiere ser libre. Una palabra o sensación que nada tiene que ver con estar presa dentro de un cuerpo o en una cárcel, sino con tener las herramientas para moverse sin ataduras. “Mientras más libertad sintamos como mujeres, más vale la pena la vida”, comenta la actriz transexual y cantante de 28 años, protagonista de Una mujer fantástica, premiada con un Teddy como Mejor Largometraje y con el Oso de Plata al Mejor Guión en el festival de Cine de Berlín. Ella comenzó su transición de hombre a mujer a los 14 años. A los 18, ya estaba lista. Y si bien era lo que estaba esperando y preparando por años, cuando llegó el día algo le faltaba y se hundió en una depresión.

“Sentí que se me acabaron los proyectos, que no tenía nada más por hacer. Con una sensación de estar remando sola en un océano gigante; no veía tierra firme. El error fue creer que ese era el final y no entender que tenía mucho por vivir”, recuerda. Ahí fue cuando su mejor amigo, el actor Matías Infante, la sacó de la cama y la invitó a cantar en una obra de teatro de la Universidad Arcis donde él estudiaba. “Cuando subí al escenario, sentí que ese era mi lugar. Fue como volver al útero de mi madre y no quise salir de ahí nunca más. El arte fue como un viento poderoso que me llevó a tierra firme. Si no hubiese tomado la decisión de ser artista, hoy no estaría viva”, dice.

Comenzó a ir de oyente a clases de teatro en la Arcis, donde tomaba notas e intervenía. “No pido permiso jamás. A lo más te van a decir que no, pero por último, ¡inténtalo!”. Recuerda que en esos días empezó a correrse la voz en la escuela de que “había una pendeja trans patudísima, que quería actuar”. Esto llegó a oídos del director Martín de la Parra, quien el 2010 la llamó para hacer una obra sobre la transexualidad. Desde entonces, nunca más se bajó de los escenarios. En 2015 debutó en el cine con La Visita y este año tocó el cielo de mano del director Sebastián Lelio y de Una mujer fantástica, al punto que el sitio norteamericano especializado Indiewire la puso entre las favoritas al Oscar 2018. Las reglas están hechas para romperlas, dice convencida.

“Cada una de nosotras está en esta vida por un motivo y eso lo vamos descubriendo en el camino. La rebeldía es fundamental en las personas, el cuestionarse esos espacios morales que te entregan cuando chica. Siendo muy pequeña, me di cuenta de que era transexual, pero no sabía cómo comunicarlo. Esa rebeldía de la que hablo, tiene que ver con decir un día: ‘¡no aguanto más!, tendré que abrir la boca para vivir más dignamente’”. Y así lo hizo, al punto que afirma que ni su familia ni ella recuerdan que es transexual hasta que da una entrevista o en instancias de exposición. Daniela pasó malos momentos antes de transicionar porque no sabía encajar: “Mi mensaje para cualquier persona que esté pasando por una situación de cambio, más allá de refundar el género, es que sean lo más rebeldes y dignos que puedan. Lo único imposible es vivir eternamente, el resto puedes construirlo de la manera en que tú quieras. La vida te pertenece. Estamos viviendo un proceso refundacional en Chile donde nos estamos cuestionando todos esos espacios que antes eran intocables. Siento que vamos en camino hacia algo. Si vamos bien o no, el tiempo lo dirá”.

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Gloria Münchmeyer: ‘Aprendí a separar lo que soy de lo que hago’

Hija de una familia tradicional de Viña, se suponía que Gloria Münchmeyer se casaría con alguno de sus amigos hijos de gerente de banco y repetiría el patrón familiar. Nunca nadie imaginó que, terminando el colegio, partiría a estudiar teatro a Santiago, entre medio se casaría con el actor Jorge Guerra (famoso por su personaje infantil “Pin Pon” que creó en 1965), se separaría, criaría sola a sus dos hijos Jorge y Catalina —de entonces seis y cuatro años— y viviría de las tablas. Pero lejos de paralizarse, Gloria arremetió con más fuerzas. “Estaba en la edad precisa para creerme el cuento. Tuve miedo, lógico; sin empleada ni redes de contacto para dejar a los niños, pero no podía detenerme a pensar en mí, sino en pagar los colegios, que tuvieran que comer; ¡había que echarle para adelante!”, recuerda.

Fue una buena etapa, creativa, de mucho trabajo, donde hizo de todo; desde títeres hasta maquillaje teatral. “El primer punch, el atreverse, es difícil porque no sabes cómo van a salir las cosas; pero una vez que funcionan, viene una satisfacción enorme y de ahí es muy fácil seguir. El resultado con los niños se palpa a diario. Hasta hoy tenemos una relación impresionante. Eran los únicos que tenían una mamá como yo, tan presentes en sus vidas. Más que una heroína, tomé el destino en mis manos; me hice cargo de mí y de ellos”, dice. El teatro, que describe como una vocación; una fuerza interior que empuja a hacerlo aunque esté todo en contra, ha sido su trampolín hacia la libertad más absoluta. Por ello, su persistencia y permanencia de ya casi seis décadas. Esos días de máxima adrenalina quedaron atrás. Tras unas semanas en la India, hoy Gloria está en una etapa de paz y desapego con lo material, alejada de la idea que se suele tener del trabajo, de la necesidad de dinero que marcó su trayectoria. “Estoy tratando de irme por un camino más espiritual; seguir haciendo mi quehacer, pero con mayor tranquilidad, donde ya nada importa tanto. Aprendí a separar lo que soy de lo que hago, entendiendo que si no quedo para un papel no es un rechazo a la persona”, dice la actriz.

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Sostiene que así vive más tranquila, empatiza más con el resto al no estar tan ensimismada. “Con esta postura se gana bastante en relaciones humanas, y si te sientes sola, ¡sale de ahí!, para qué encerrarse; hay muchas cosas que hacer por lo demás. Ya dejaste de ser la mujer o la mamá de. A esta edad, eres una herencia, que a veces toman o no, pero no puedes vivir pendiente de eso. Porque si no te toman en cuenta, ¡te vas a la cresta! Hay que soltar. Uno se hace la necesaria, pero con eso solo perjudicas el desarrollo de los demás al creerse imprescindible”.