Ximena Betancourt, con solo 18 años, chapoteaba inconsciente y feliz en las acaloradas aguas de la playa de Copacabana, en Río de Janeiro, cuando vio a lo lejos a un joven de 23 bañándose despreocupado y enérgico. Parecía un apuesto brasileño.

No pudo dejar de mirarlo. El, al darse cuenta de que era vigilado con perseverancia, y al examinar mejor quién era la observadora, también se embelesó de inmediato: los profundos ojos negros que insistían en explorarlo no podían dejarse escapar.

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Hassan no era brasileño. Pertenecía a un país muy lejano del Ecuador natal de Ximena: una recién inaugurada confederación de emiratos árabes llamados Estados de la Tregua, unas tierras yermas que, hasta hacía sólo 60 años, sus arenas, jaimas y camellos eran propiedad de seis tribus, casi al igual que hoy.

En estos días el país se llama Emiratos Arabes Unidos y ocupa una pequeña parte de la Península Arábiga enfrentando a Irán en el atribulado Golfo Pérsico. Los más conocidos son Dubái y Abu Dhabi, territorios que están entre los más ricos del mundo gracias al petróleo, el gas, y  a un sabio manejo de una diversificada plataforma de servicios que los hace ser puente entre Europa, Asia y Africa. Un Estado que paga todos los servicios a sus ciudadanos y le regala a cada uno un lugar donde vivir cuando se casa.

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Sin embargo, si bien la riqueza les ha hecho progresar en el bienestar de sus habitantes, aún hay un punto en que los avances son muy escasos: la igualdad entre el hombre y la mujer.

No tardó mucho Hassan en convencer a Ximena de ir a conocer Dubái. Tampoco ella puso muchos obstáculos para ser persuadida. Al poco tiempo de llegar se casaron y Ximena debió convertirse al Islam, religión que  contempla que toda mujer debe ser responsabilidad de un hombre de la familia, marido, padre, hermano o hijo mayor de edad. Desde el momento en que se convirtió pasó a llamarse Amina.

Ximena estaba acostumbrada a una vida acomodada en Ecuador, con una moral religiosa a la latinoamericana en que la mujer tiene una relativa libertad de acción siempre que mantenga ciertas formas externas. Su esfuerzo por adaptarse fue inmenso.

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Para participar en este reportaje debió pedir permiso a Hassan. Y el encuentro fue en su presencia. 

—Al ser una mujer casada con un hombre musulmán eres completamente dependiente de él porque le debes obediencia y yo tengo que hacer lo que él me diga.

Han pasado veinticinco años desde el encuentro en la playa carioca y ya tienen una hija, dos hijos y una nieta. Su hija está casada y su marido no le ha permitido participar en esta conversación.

Sin embargo, todos parecen ser muy felices.  

Para Ximena su hija ya no es su hija. Es la madre de otra familia regida por un hombre. Y ella, como su madre, tiene que pedir autorización a su esposo para todo lo que quiera hacer.

—¿Cómo reacciona la gente en Ecuador cuando te ve vestida así?

—A veces muy enojados… En el aeropuerto llamo la atención porque creen que soy extranjera, ya que voy con pasaporte de Emiratos. Y me dicen qué bien hablas español y cuando les digo que soy de Quito, entonces se enojan. Les parece que me he disfrazado…

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Según Ximena, en Ecuador la mentalidad es completamente diferente a la de su país adoptivo. La mujer puede pensar por sí misma y expresarlo. No necesita que nadie la proteja. Sin embargo en Dubái, la mujer no tiene ninguna autoridad ni posibilidad de tomar decisiones por sí misma. Cuando los hijos hombres entran a la pubertad pierde toda tuición sobre ellos, la que queda en exclusiva para el padre. Ni siquiera puede entrar a sus habitaciones. Sólo tiene una ventaja limitada a lo más íntimo con las hijas mujeres. Hasta que se casan y forman su propia familia.

Ximena viste una abaya, la vestimenta femenina emiratí, siempre de riguroso negro. Es una especie de abrigo que usan las mujeres arriba de la ropa. Debajo pueden llevar vestidos largos de color pero  solo pueden ser expuestos en la privacidad del hogar, jamás ante un extraño. En las familias más religiosas la mujer debe estar, además, con la cara, los pies y las manos completamente tapados.

La jornada normal de una familia musulmana está basada en el ritmo que dan las cinco oraciones diarias obligatorias. La campanada inicial la da la primera, en la madrugada, aproximadamente a las 4 y media de la mañana.

—Es una hora temprana pero te da una pauta perfecta para tu salud, tu religión y vida cotidiana —comenta Ximena.

Hassan va con los hijos a la mezquita y cuando regresa ella tiene el desayuno listo. Luego, los niños van a sus estudios, y él al trabajo. Ximena reza sola en casa. Las mujeres no van a la mezquita a rezar.

Cuando todos se han ido, Ximena se queda en el hogar cuidando a su nieta y cocinando para sus hijos a quienes no les gusta que les cocine otra persona, algo de lo que ella se siente muy orgullosa. Entretanto, tendrá que seguir orando sola en horas exactas: a las 12.12; a las 15.39, a las 18, 21 y a las 19.46; lo que para ella es una especie de ritmo respiratorio que le estructura la vida. 

Hassan es consciente de que la opción de su esposa ha sido mucho más complicada que para él.

—Fue muy difícil para ella tener que vivir aquí. Cuando yo voy por sus tierras, voy por unos días, unas semanas, a lo más un mes. Así que puedo cambiar mi manera de vivir por un cierto tiempo y luego vuelvo aquí para hacer mi vida normal.

En todo caso, cuando visitan Ecuador, Hassan viste como un occidental más. Sin embargo, Ximena debe seguir vistiendo con sus ropas emiratíes.

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Quince años después de que Ximena llegó a Dubái, lo hizo su hermana Doris, quien decidió dejar su trabajo de administradora de un restorán en Quito para buscar un empleo con más perspectivas. La adaptación tampoco le ha sido fácil.

Doris cuenta que las mujeres latinas, en general, son muy sensuales y que ella, entre sus hermanas, es la más exótica. Vivir en este mundo donde siempre, según la costumbre, debe estar cubierta, haciendo poca vida social, sin fumar, y sin asistir a fiestas en que haya hombres y mujeres, para ella es un problema. Se asombró mucho, por ejemplo, cuando se enteró de que los matrimonios se celebraban en fiestas separadas por sexo, un día las mujeres, otro los hombres.

Sin embargo, Doris por ser soltera y no tener  familiares masculinos en Dubái goza de una libertad que no tiene su hermana. Pero como vive en su casa debe atenerse prácticamente a las mismas reglas, salvo en lo que respecta a la ropa.

Así y todo, se ha convertido al Islam. Muchas mujeres de otros credos o culturas lo hacen para casarse, ya que de otra manera la familia del marido puede presionarlo para que también lo haga con una musulmana, a lo que tiene derecho; e inmediatamente esta pase a ser la esposa principal. Doris dice que este no es su caso, que lo ha hecho por convicción.

Ni al colegio ni a la universidad chicas y chicos emiratíes pueden asistir juntos. En la sección femenina de las universidades todas las estudiantes van vestidas de negro y con la cabeza cubierta con un velo. De lejos, parece un convento.

Sin embargo, si uno se fija bien, la mayoría lleva ropas coloridas o jeans debajo de la abaya, algunas van maquilladas y muchas llevan las uñas pintadas y zapatos de taco alto. La presencia masculina provoca una tensión eléctrica positiva que no se nota en una universidad mixta occidental.

Buscando en el catálogo de la biblioteca de la Universidad del rey Zayed, la mejor del país, podemos encontrar libros de Freud, Nietzsche o Sartre, aunque solo pueden ser leídos por las alumnas guiados directamente por un profesor.

Tampoco internet es libre, ni en la universidad ni en ningún emirato. Hay una censura que prohíbe además las páginas que pueden ser consideradas ofensivas por su contenido sexual, religioso o político.

Es sorprendente ver cómo en los libros de arte, las partes consideradas peligrosas de los desnudos son tapadas con postit para ser mostradas en clase.

Sin embargo, en Emiratos está ocurriendo algo que puede hacer que todo esto cambie. Pese a todas las restricciones que el Islam les impone a las mujeres; cuando se abre un espacio, ellas lo ocupan con entusiasmo. En esta misma universidad  las tres cuartas partes de los alumnos son mujeres y ellas estudian más tiempo que los hombres y obtienen mejores rendimientos. Y cada vez son más bienvenidas, por su capacidad, en lugares muy altos de las empresas y del gobierno.

Esto no es óbice todavía para que todas ellas tengan que presentar una carta de no-objeción de parte de su llamado “guardián”, que no es otro que su padre o su marido, para estudiar o trabajar.

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Para las mujeres emiratíes cada pequeño paso es un logro. Y parecen dispuestas a franquear los límites con prudencia y entusiasmo, como Ayesha, de 25 años, que aprendió español siguiendo una gran pasión y no pidió permiso para conversar con nosotros.

—Aprendí español porque… me enamoré del fútbol, soy una gran hincha del Real Madrid. A mi madre no le gusta, me dice que para qué ves el fútbol, es solo para hombres.

Ayesha ha ido cuatro veces a España a ver los partidos del Real Madrid. Cuando va al estadio Santiago Bernabéu solo mantiene cubierta su cabeza con un pañuelo. El resto pantalones y camiseta como cualquier chiquilla europea. Aunque siempre debió ir acompañada de su hermano.

El gobierno de Emiratos Arabes Unidos tiene un gabinete con varias mujeres ministras, altamente preparadas. Al preguntar si ellas también debieron pedir permiso a sus maridos o padres para ejercer, nos respondieron que efectivamente todas debieron presentar una autorización firmada por sus guardianes. Averiguando la razón oficial de tanto control para ellas, la respuesta puede asombrar.

La principal misión de la mujer es atender a su marido, nunca descuidar a los hijos y preservar la familia. La mujer no está restringida sino protegida. “Igual como lo están, o lo estuvieron hace un tiempo, las mujeres cristianas; es lo mismo”, nos dirá poco después, un ulema de la mezquita del rey Zayed en Abu Dhabi.

Ximena está muy de acuerdo con este tipo de protección, aunque tenga que pedir permiso para viajar, no pueda hacerlo sola o tenga que ser autorizada por su esposo para trabajar.

—Todas esas cosas te restringen en la vida, pero es importante, porque está ordenado desde arriba con el fin de proteger a la mujer y a la familia.