¡El vikingo llegó! Ya está de vuelta y hemos vuelto a ser una familia de 4 … en realidad de 5, porque nuestro buen “Balder” no cabía en él al ver a Thor -como bautizaron al vikingo en Kabul-. Y mientras disfrutamos del reencuentro, de la alegría de poner cuatro puestos en la mesa a las horas de comer y de pensar que cuando nos inviten ahora saldremos como “padres e hijas” y no solo “madre e hijas”, me sigue dando vuelta el anuncio que con tanta soltura hizo nuestra hija mayor: se muda en un par de años, al terminar la secundaria… y la chica agregó “¡yo, también!”.

Esto de cuándo se va uno de casa lo hemos conversado muchas veces con el vikingo, de hecho, desde que nos conocimos. Él se fue por un año a estudiar a Estados Unidos a los 16 años y a la vuelta se fue a vivir solo. Y aquí eso es “literal”: a los 15 años él se había inscrito para acceder a unos departamentos para jóvenes, con arriendo más bajo y controlado, y allí se mudó al regresar de su año en el extranjero.

Estudiaba, trabajaba, se cocinaba y se financiaba todo. ¿Dinero de sus padres? Kr. 0, cero coronas, al mes. Así de independiente. Y no, no es porque tenga unos padres desnaturalizados -como me pareció la primera vez que escuché la historia- sino porque acá se valora muchísimo y se incentiva aún más la independencia de las personas desde que son niños: es importante que aprendan a valerse por sí mismos.

Yo me fui a los 17 de Curicó a Santiago a estudiar a la universidad, pero me fui a vivir con mi hermana mayor y mis padres seguían financiándome. Cada fin de semana estaba de vuelta en casa y había cambio de ropa limpia y mi mamá me mandaba de vuelta con comida preparada. La historia continuó cuando salí de la universidad y comencé a trabajar. De hecho, honestamente creo que salí de casa recién cuando me fui a Seúl, al final de mis 20s, allí me casé y me mudé a Dinamarca. Al vikingo le cuesta entender mi experiencia y a mí la suya.

En medio de ambas experiencias están las mini vikingas, que ven que sus primos en Chile repiten la historia de su madre y que sus amigos y compañeros de clases, la de su padre.

Hace un tiempo atrás recuerdo haber visto un artículo en un periódico danés que decía que los jóvenes están viviendo más tiempo con sus padres. Grande fue mi sorpresa cuando leí que el cambio observado se refería a los jóvenes de 18-20 años ¡De más está decir que me parecía una obviedad estar a esa edad en la casa paterna!

Entre las razones de que aquí se estén quedando unos años más, aparece la dificultad de encontrar una vivienda pues la migración a las grandes ciudades es permanente y por lo mismo los precios se han ido a las nubes. La brecha generacional entre padres e hijos se ha ido suavizando, el estilo de vida de unos y otros se parece un poco más y hay un nuevo tipo de “amistad” entre ellos más “igualitaria” quizá, concepto que tanto les gusta.

Aún así, en general, los daneses, finlandeses y suecos son los jóvenes de la Unión Europea que se van más temprano de casa, entre otras cosas por los beneficios sociales existentes. En Dinamarca a los jóvenes se les paga por estudiar. Tal como lo leen, con más de 18 años y cursando una carrera reconocida por el Estado, éste da un apoyo económico que actualmente es de 6.015 coronas (aprox. 550.000 pesos) -antes de impuestos- durante el tiempo que dura la carrera, dependiendo esto de reglas y normas que deben seguirse.

Así las cosas, mi Anna saca sus cuentas, considera el apoyo del Estado, todo lo práctico que ha aprendido en el colegio y con su “handy” padre,  y cuando hace unos días cocinó un exquisito pollo teriyaqui con arroz y brócoli no perdió oportunidad de decirme: “cuando viva sola te vienes a comer conmigo si no quieres hacer comida, mamá”. Y, con la mano en el corazón, creo que es un lujo que los jóvenes aquí tengan esa oportunidad de ser autónomos.

Ahora mi propia historia de familia hace que nuestras hijas sean conscientes de que hay otras formas de ser familia y de crecer, y creo que van tomando un poquito de cada una, seleccionan, prueban, comparan, mezclan y van haciendo su propia historia, personal y ecléctica también.

Yo, entre tanto, miro, suspiro y disfruto a nuestras “niñas”, cuando las veo en realidad como nuestras “mujercitas”, recordando a la querida Louisa May Alcott de mi niñez… ya les contaré más cuando llegue el momento ¡Hasta la próxima!

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