Asegura ser reacia a hablar en público y dar entrevistas para no quedar en un primerísimo primer plano. A diferencia de los famosos de su familia, intenta siempre quedarse detrás de las cámaras porque reconoce que lo pasa mejor siendo reportera busca noticias… Pero a sus 39 años la fama pulverizó su bajo perfil. Jimena Wanda Morgana Vargas Llosa, la hija menor de, quizás, el intelectual peruano más famoso, Mario Vargas Llosa, igual rompió el molde. Y es que su proverbial timidez contrasta con la locuacidad de sus fotografías y el impacto de las campañas sociales causan controversia en la tradicionalmente conservadora alta sociedad limeña.

Se ha pronunciado abiertamente contra el racismo y la discriminación, a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo…

Se ha pronunciado abiertamente contra el racismo y la discriminación, a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo, por el esclarecimiento de los desaparecidos en su país y la libre elección de las mujeres en torno al aborto.
“No encasillo a las personas. Me acerco al liberalismo y si uno es un auténtico liberal no puede serlo solo en lo económico sino también, como cualquier demócrata, en el aspecto social y en temas como los derechos humanos”, dice Morgana a CARAS, mientras prepara su último y más renombrado proyecto: “Mírame Lima”, para exhibirlo en Cartagena (Murcia, España).

Pocas palabras, muchos clic

La menor de los Vargas Llosa habla a través de sus imágenes que son, generalmente, tan ensordecedoramente testimoniales como para provocar distintos sentimientos, menos indiferencia. Sus fotos esquivan el típico reduccionismo de los conflictos que señalan apenas a los buenos y los villanos para mostrar lo que se esconde o trasluce detrás del amor, el esfuerzo, la compasión, el oprobio, el horror, la truculencia.

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Aprendió desde muy pequeña el cómo, dónde y porqué de las cosas, lo que ha permitido retratar la historia reciente de su país y de algunos de los más importantes acontecimientos mundiales como reportera gráfica que por más de 12 años publica en El País de España o en la revista Paris Match.

Desde el drama de los refugiados en Kosovo, Albania, hasta la invasión de Irak, pasando por el fin de la hegemonía de 70 años del PRI en México, Morgana ha mostrado a aquellos seres humanos desplazados, torturados, víctimas inocentes de las guerras, como los niños o ancianos que buscaban refugio en medio de las bombas y la violencia generalizada e implacable. Fue la responsable de las fotografías de dos libros que hizo junto a su padre, Diario de Irak (2003) e Israel Palestina. Paz o Guerra Santa (2006).

Hoy avanza galopante en una carrera que parece consolidarla como una de las mejores de América Latina. Sus fotos pueden verse al mismo tiempo en Madrid, Londres, París o NY.
“No me gusta escribir, pero me apasiona el periodismo. Y el periodismo gráfico es una forma de contar historias”, dice, quien antes de optar profesionalmente por la cámara se graduó en Historia en la renombrada London School of Economics.

No me gusta escribir, pero me apasiona el periodismo. Y el periodismo gráfico es una forma de contar historias.

Agitando conciencias

Desde que decidió regresar a Perú después de 15 años —luego de estudiar y trabajar en Inglaterra, España y Francia—, se convirtió en tenaz luchadora contra el racismo, la discriminación, el esclarecimiento de los desaparecidos durante la guerra contra el grupo terrorista Sendero Luminoso, que costó la vida a 70 mil compatriotas.

Hace casi cuatro años, formó parte de un colectivo que puso a tejer a miles de mujeres cuyos parientes desaparecieron. El movimiento —que se denominó la “Chalina de la Esperanza”— despertó encendidos elogios, pero también críticas de los sectores más conservadores. La Municipalidad de San Isidro, uno de los barrios más exclusivos, cerró abruptamente la muestra, como tácita censura luego de las críticas de un grupo que culpa exclusivamente a los subversivos por los horrores ocurridos en los ’80 y ’90.

Sin embargo, la medida restrictiva sirvió de trampolín para la muestra, consiguiendo la solidaridad de la alcaldesa izquierdista de Lima, Susana Villarán, quien la trasladó al Palacio Municipal, en la Plaza de Armas. Poco tiempo después, Morgana decidió emprender una nueva y mediática batalla contra dos exclusivos clubes y restoranes limeños donde se discriminaba abiertamente a las empleadas de casa. Sucedió hace tres años:

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“Fuimos con mi familia y con la hija de la señora que me ayuda en el cuidado de mis niñas al restorán del club. Dijeron que la chica no podía sentarse con nosotros porque no era igual a los demás”. Reclamó airadamente, pero Morgana y todo su grupo fue expulsado. “¿Cómo le explicas eso a una niña de seis años? ¿Qué culpa tenía? ¿Sólo porque tiene el color de la piel diferente?”, se irrita nuevamente.

Denunció el hecho, incendió las redes sociales contando lo sucedido y los directivos del exclusivo club le pidieron disculpas, negando que tengan una política de discriminación hacia las personas que no tienen la piel blanca.

Poco después, le sucedió algo que considera más vergonzoso: llegó con su familia a un restorán campestre en las afueras de la capital y los meseros trataron que su nana no comiera los mismos platos destinados a clientes habituales.
Luego fue a otro club donde su familia es socia y descubrió que existía un baño aparte para las empleadas del hogar…
Su intensa campaña que ocasionó debates a nivel nacional porque ponía en evidencia ese rezago colonial que persiste en algunos segmentos de la sociedad peruana.

Llegó con su familia a un restorán campestre en las afueras de la capital y los meseros trataron que su nana no comiera los mismos platos destinados a clientes habituales.

Discriminación en carne propia

“El racismo nace del temor que uno tiene a lo que no conoce”, afirma, recordando las dificultades que tuvo ella misma como interna en un colegio de monjas de Londres. “Era la ‘peruana’ tratando de integrarme a una sociedad que no entendía. Recibía con besos a las mamás de mis compañeras de estudios y ellas me miraban como si fuera un bicho raro”.
Ahora trata de educar a sus dos hijas —Isabella, de 6 años, y Anaís de 3, de su matrimonio con el reconocido sicólogo Stefan Reich— de manera tal que jamás cometan ese tipo de errores.

Morgana se crió en un hogar de padres agnósticos y por eso cuando quiso hacer su primera comunión en el colegio descubrió a los seis años que no había sido bautizada. “Mis papás trataron de explicarme, pero yo me sentía por eso diferente a las demás”, dice, añadiendo que “me tuvieron que bautizar para luego hacer la primera comunión”.
Ahora como mamá y con Stefan, quien profesa el judaísmo, han decidido que sus niñas decidan libremente, más adelante, acerca de sus creencias.

Pero no sólo sus firmes convicciones sino su participación activa la han puesto en la mira de la opinión pública peruana, donde los sectores conservadores la acusan de apoyar causas propias de la izquierda. “Los liberales deben ser los primeros en defender los derechos humanos, el matrimonio gay, discutir acerca del aborto, impulsar un estado laico. Ese es un verdadero liberal”, concluye.

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En un país que se jacta de crecer económicamente de manera sostenida hace dos décadas, los abismos sociales aún son profundos y principios como la justicia, la igualdad y la libertad dentro de una democracia plena parecen todavía lejanos.

Y Morgana forma parte de la nueva generación que cuestiona aquellas reglas que le exigen apenas sentarse, callar, obedecer y aplaudir. Ella asegura que está haciendo su parte, mostrando a los peruanos que pueden verse retratados no sólo a través de sus fotos sino reflejados como una sociedad cada vez más plural, más desarrollada e integrada.