Esta es una historia de caprichos, fechas imprecisas y una buena dosis de comidillo. Cuando Mónica Bellucci anunció que se separaba de su marido Vincent Cassel, el mismo con el que filmó la cruda película Irreversible, todo el mundo vio la ruptura como una de las más tristes en la historia del cine europeo. Juntos parecían formar una pareja estable con dos niñas llamadas Deva y Léonie y que para la actriz representaban un milagro. Siempre dijo estar agradecida de haber sido madre cuando menos se lo esperaba, después de los cuarenta años. Fueron tiempos en que las alfombras rojas y las fiestas en la Costa Azul pasaron a segundo plano, al punto de que toda la familia se estableció en Río de Janeiro como una válvula de escape frente al acecho periodístico. Todo cambió en el 2012 cuando el millonario Telman Ismailov, de 58 años, la invitó como figura protagónica a la inauguración del nuevo hotel Mardan Palace: una joya de diseño en la ciudad turca de Antalya que está en el primer lugar de los resorts más caros y elegantes de las costas del Mediterráneo. Con habitaciones equipadas con Hermès y caminos de piedras preciosas, su interiorismo raya en la antigua estética del Imperio Otomano. Un proyecto que además trajo el enfado de Putin por ser una inversión desmedida en el extranjero y en plena crisis financiera.

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Desde entonces comenzaron a circular las imágenes de Bellucci junto a Ismailov en viajes por el Bósforo y como acompañante en sus reuniones de negocios. Ella con sus vestidos ajustados de flores, anteojos avant garde y su melena negra de madonna que le llega a la cintura. El estallido de la prensa fue inmediato y títulos como ¡A rey muerto, rey puesto! dieron vuelta al mundo. La pasión turca de la Bellucci se había desatado. Y aunque ella entonces negó toda posibilidad de romance, una suma de coincidencias ahora deja en evidencia que la actriz y el magnate estaban juntos desde antes que la separación con Cassel fuera oficial. Como buen amante, Ismailov también fue astuto y guardó distancia.

Poderoso, brillante y con humor de galán que nunca pierde el tiempo, es una figura descollante en las nuevas economías de la Europa Oriental. Con irrefutable fama de mujeriego, el empresario de origen azerbayano es dueño de la inmobiliaria rusa Ast: un conglomerado que ejecuta arquitecturas de lujo en destinos paradisíacos. Su nombre sonó fuerte por primera vez en el 2006, cuando se filtró que había pagado más de un millón de dólares para que Jennifer López le cantara el Cumpleaños Feliz al estilo Marilyn Monroe. Ubicado en el lugar 76 en la lista de Forbes, es dueño de una fortuna que supera los 620 millones de dólares y además es vicepresidente del Congreso Judío Eurasiático. La excentricidad, sin embargo, es su mayor rasgo. En sus mansiones son habituales las fiestas con celebridades como Sharon Stone, Richard Gere o Paris Hilton. Le gusta la música, estar rodeado de mujeres que parecen inalcanzables y, como fanático del fútbol, compró el club Beitar: uno de los más populares de Jerusalén. Su relación con Bellucci, sin embargo, también ha sido un golpe duro entre su círculo cercano. No le perdonan que haya dejado en segundo plano a su mujer de siempre, Samira Ismailov y a sus hijos Alekper y Sarkhan. Junto a ella tuvo el empuje y las redes para conseguir su privilegiada posición.

Casi nadie tampoco cree en las palabras de Bellucci, cuando al momento de su separación con Cassel decía “somos dos individuos que están evolucionando en distintas direcciones, aquí no hay terceras personas”. Y agregaba: “Por primera vez en mi vida estoy soltera. Con Vincent he tenido la relación más larga de mi vida. Y desde el primer chico con el que tuve un romance, a los 14 años, he estado prácticamente siempre con alguien”. 

Ahora su discurso es distinto, aunque igual de efectivo: “La fidelidad del corazón es algo en lo que creo más que en la fidelidad del cuerpo. Traicionar carnalmente es menos grave”.