Mindfulness es un don precioso de tu mente, dice el monje budista sentado frente a nosotros. ¡Tengo tantos problemas! Al inhalar, digo: “¡Hola, problemas!” Al exhalar: “¡Les sonrío!”

Esto de sonreír siempre, cuesta un poco, pero con esfuerzo se puede lograr. Hay que hacer que los extremos de la boca se deslicen hacia arriba y que de los ojos brote una chispa amable.

Resumiendo: Al inhalar, me calmo. Al exhalar, sonrío. Estamos solos. No hay nadie por ahí. Al inhalar: “¡Hola, mi soledad!” Al exhalar: “¡Te sonrío!”.

Lo importante es no huir de la soledad. No escapar de la tristeza. “Me voy a hacer cargo de ti, mi tristeza”, está diciendo el monje budista frente al Patio Bellavista. Y, de esta manera, encuentro a mi ser; encuentro a mi alma perdida.

Después, se refirió a conceptos específicos. Algunos, bien conocidos, como el “dejar ir” (let go), o la importancia de no aferrarse a cosas que igual se van a ir. Nos aferramos demasiado a las cosas, y pensamos demasiado. El ejercicio es el siguiente: al inhalar, me siento calmado. Al exhalar, dejo que las cosas se vayan.

Al exhalar, dejo que se vaya ese juez que me está analizando todo el tiempo. No estoy aferrado a nada. Todo se va, todo se va…

El siguiente capítulo es aprender cómo amar…

Lo primero es amarse a sí mismos. Casi todas las religiones se estructuran sobre el “ama a los demás como a ti mismo”, pero si tú no te amas a ti mismo, no pasa nada, porque esa falta de amor se proyecta a las personas que te rodean: a tu hijo, a tu pareja, a tus padres.

“Si no te amas a ti mismo, no puedes amar a otros”. Tú eres el responsable. Tú puedes hacerlo. No esperes un salvador, ni un gurú. “Los sicoterapeutas sólo escuchan tus problemas, pero eres tú el que te debes sanar”, concluyó el monje, siempre sonriendo. “Ningún salvador va a salvar tu vida. Eres tú el que se tiene que salvar”.

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