El sábado pasado fui al GAM a ver la impresionante obra Víctor sin Víctor Jara. Participan cinco familiares de ejecutados políticos, cinco músicos y treinta actores. Me pareció maravillosa.

Conocí a Víctor Jara

Entre 1971 y 1973, estudié en el Conservatorio de la Universidad de Chile. Primero, para profesor de teoría y armonía. Después, para intérprete de Danza.

Cuando estaba en Danza, Joan Turner, la esposa de Víctor, era mi profesora de Moderno. Ella era hermosísima, parecida a Julie Christie, pero más bonita. Se vestía con largas túnicas hippies y hablaba como gringa.

Mi profesor de taller era Patricio Bunster. No nos llevábamos muy bien. Él me encontraba poco versátil: “¡No podís hacer el Hamlet siempre!”.

Bueno, ése ha sido mi destino.

A veces, cuando faltaba don Osvaldo o Pepita para acompañarnos en el piano, Víctor se sentaba en la batería y nos llevaba el ritmo para que nosotros bailáramos.

Él era dulce y gentil; sencillo, como lo recuerda Fernando Álvarez en CIPER Chile.
Una vez, Joan nos dijo: “Va a cantar Víctor a la tarde en el IEM, para que vayamos”.

Allá partimos todos, felices. El IEM (Instituto de Extensión Musical) quedaba en la calle Tarapacá (donde hoy está el Cine Arte Normandie), así que nos fuimos caminando desde la calle Compañía.
Llovía, y la Reina de Danza me pidió que la protegiera con mi paraguas. Yo estaba profundamente enamorado de ella, y me habría encantado decirle miles de cosas hermosas, pero las palabras no me salieron…

Esa noche Víctor se presentó solo en el escenario con un poncho negro y su guitarra. Tocaba maravillosamente. La sala estaba llena y todos estábamos deleitados. El derecho de vivir en paz, esa curiosa mezcla de rock y folklore, era un éxito en esos momentos. Sonaban los primeros curiosos acordes y la sala estallaba en aplausos.

Nadie recordaba que los Blops no estaban allí: Víctor lo llenaba todo con su tremenda voz.

Era la época de las utopías y de las descalificaciones. Uno se encontraba con ellas a la vuelta de la esquina. Tenía un amigo que cuando me veía me decía: “¿Cuándo te vas a decidir a hacer algo por ti mismo?” (como si yo estuviera puro leseando porque no pertenecía a su movimiento).

Me recuerda esa frase: “Sus amigos debían estar de acuerdo con sus arquetipos morales; a los seres distintos de sus arquetipos, les hacía la cruz para siempre”.Wp-Victor-450

En la Sala La Reforma florecían las utopías. Recuerdo haber visto a Silo (eran tres días de conferencias) y a Bautista Van Schouwen en ese escenario.

Con vestón y corbata se presentó el maestro Silo el primer día, “como si fuera igual que los viejos grises y caducos” que estaba combatiendo. Era la época del Poder Joven, que levantaba a cada hijo contra su padre. Demostrando una gran indiferencia por la manera de vestir (que era tan importante en esos años), al segundo día llegó con un terno de blue-jeans y un beatle azul muy juvenil, “pero definitivamente poco revolucionario”. Además, fumó sobre el escenario (lo que fue criticado).

El tercer día la conferencia fue prohibida por alguna autoridad. Afuera estaban todos los siloístas, y uno de los dirigentes, que había sido mi “epónimo” cuando yo pertenecía a Silo en 1970 (la única vez que he militado en algo), se ofreció a devolverme el dinero si le pasaba la entrada. “De ninguna manera”, le respondí yo. “La voy a usar para ingresar al cielo”.

Cuando se presentó Bautista, la sala estaba realmente agitada, llena de gritos, y “El Batri” comenzó a hablar despacito, despacito. Todos se comenzaron a callar para escuchar lo que decía el líder del MIR, y ahí Van Schouwen se largó. Hablaba muy bien.

Era una desesperación por creer fuertemente en un arquetipo, en algún ideal. Un gran amigo mío, que de lolo me acompañaba en mis correrías por la Villa Macul, amaneció evangélico un día. Me acuerdo que un día llegó a mi casa y yo estaba muy ocupado tocando batería en el living con la música de la obertura Egmont, de Beethoven. “¿Cómo suena?”, le dije yo. “Maravilloso”, me respondió, “pero escucha esto”… Y se puso a leerme la Biblia.

Al poco tiempo, mi amigo era maoísta y pertenecía a un partido muy pequeño (menos de diez personas). Incluso se fue a vivir a una población por un tiempo.

Ya estaba de regreso en su hogar, cuando lo fui a saludar para su cumpleaños, y le dije que no me interesaba su propuesta revolucionaria, y me echó de su casa. Hasta ahí no más llegó su “liberalidad”, su amplitud de criterio. Yo en ese tiempo era súper desubicado (y ahora también).

En Danza mi gran amigo era Andrés Pérez, quien se instalaba en la salita de al medio al sol a leer el Ulises, de James Joyce. “¡Todavía voy en el mediodía!”, se reía. Yo estaba leyendo a Virginia Woolf y a Andrés le encantó Orlando. Durante enero de 1973, fuimos a ensayar al Bafona en la calle Morandé con Jaime Quintanilla para mantenernos en forma. Andrés andaba con el Popol Vuh y nos asomábamos a ver cómo ensayaba Rosa Ramírez. El hijo que tuvieron —el famoso músico— nació justo el 11 de septiembre de 1973.

Yo también tenía 20 años, y me acuerdo claramente de esa mañana de martes, caminando desolado por la calle Armando Moock, y encontrándome con don Osvaldo, que tocaba piano en nuestras clases de Danza.

El Golpe de Estado nos tomó a todos por sorpresa. A casi todos. El domingo 9 de septiembre yo estaba almorzando en la casa de un amigo. Su padre era uno de esos empresarios que se había negado a seguir trabajando en Chile cuando Allende salió elegido. Prosiguió negocios en países vecinos. Estaban de visita otros empresarios del rubro automovilístico, y uno de ellos dijo: “Esto se acaba el martes”.

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